Cinque Terre

Leobardo Ordaz Zamorano

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Analista político. Egresado de la FCPyS de la UNAM.

República Amorosa o República Maquiavélica del Terror

¿Puede un presidente convocar a la construcción de una República Amorosa cuándo su retórica está cargada de autoritarismo, intolerancia, odio, rencor y hasta de cierta sed de venganza, y cuándo en su gobierno la justicia es utilizada con un ánimo de linchamiento político?

Evidentemente que no.

No puede haber una República Amorosa, con dimensión social y grandeza espiritual como se propone, para regenerar la vida pública de México, si continúan imperando desde el poder las viejas formas de hacer la política y donde la honestidad, la justicia y el amor son sólo palabras vacías.

López Obrador no es un Mahatma Gandhi, un Martin Luther King o una madre Teresa de Calcuta, como para creerle que en verdad busca una República Amorosa. No.

Más bien es un Maximilien Robespierre y un Maquiavelo de la política, que podría dar lugar a una República Maquiavélica del Terror. Me explico y pongo un ejemplo.

La explicación:

En la República del Terror o “Reino del Terror” en Francia, 1793 y 1794, se instauró un régimen autocrático con un Comité de Salvación Pública para concentrar el poder civil y militar; un Comité de Seguridad General para buscar a todos los enemigos de la revolución, y un Tribunal Revolucionario para juzgarlos sin derecho de apelación y llevarlos a la guillotina por traición, sedición y conspiración. Esta forma despótica de gobierno, encabezado por Robespierre, desató el terror e incertidumbre en el ambiente político nacional. En nombre de la Revolución se propuso la purificación de la vida nacional y defenderla hasta con la pena de muerte. Gobernó con terror, autoritarismo y una concentración excesiva del poder, tanto que se profundizó la división política y provocó su propia caída.

Un Maquiavelo de la política es aquel que, en su lucha por conquistar el poder, luego para consolidarlo y ampliarlo, entendido el poder como el fin último de la política, utiliza medios y formas que moralmente pueden ser inaceptables o repudiables. La hipocresía, la falsedad, la mentira, el cálculo político, la traición, el pragmatismo, etc., todo es justificable si de lo que se trata es lograr y mantener el poder. Muestra una obsesiva búsqueda por el poder, sin importar los costos; ya en el poder, ve en la razón de estado y en el mal menor, la justificación ideal de sus decisiones. Así, la mentira recurrente es un mal menor. No es esclavo de sus palabras, pero sí de su propia conveniencia. Es astuto sino puede utilizar la fuerza. Prefiere ser temido que ser amado. Si no destruye a sus enemigos, al menos los neutraliza; pero si ve que tienen posibilidades de disputarle el poder o de vengarse, entonces políticamente los extingue. Tiene la habilidad de convertir lo inmoral en una virtud.

Quienes conocen de cerca al presidente López Obrador saben que en su estilo y formas de hacer la política tiene mucho de este maquiavelismo, y ya en su gobierno estamos viendo que su inspiración principal, en verdad, no son ni Juárez ni el general Lázaro Cárdenas, sino el mismísimo Robespierre, guardando toda proporción, claro está. Porque hoy los tiempos son muy distintos.

Ahora que detenta el poder es muy probable que descargue sobre sus adversarios políticos todo el peso de sus resentimientos acumulados durante su larga trayectoria y haga todo lo posible para conservarlo.

El ejemplo:

El encarcelamiento de Rosario Robles no es un acto propio de una Republica Amorosa, de justicia y legalidad; sino un poco de esa República Maquiavélica del Terror: persecución política, venganza, cálculo político, odio, intolerancia, rencor y control político del poder, para “purificar” la vida nacional.

Si ella, Rosario, en lugar de integrarse en el proyecto de Peña Nieto con el PRI, se hubiera arrodillado ante López Obrador pidiendo perdón por todos sus pecados, como muchos lo han hecho de manera vergonzosa, otra cosa sería.

Seguramente la habría perdonado con el manto protector de su liderazgo divino y ahora estuviera despachando en cualquier Secretaría de Gobierno o formando su propio partido político. Así, desde hace tiempo él mismo le hubiera dicho “no te preocupes, Rosario”.

Si el presidente se conmovió casi hasta las lágrimas por la cadena perpetua del Chapo Guzmán y sus seguidores le aplaudieron tanto amor; entonces, permítaseme también a mí, como un excolaborador de su Jefatura de Gobierno, sentir cierta pena por la situación de Rosario, hoy presa en la fría cárcel de Santa Martha Acatitla, que a mi juicio ha sido víctima de una venganza y un linchamiento mediático desde el poder.

Estamos ante un caso de judicialización de la política y de activismo judicial, porque de forma sorpresiva y apresurada un juez, miembro de una familia ahora en el poder, cuyo patriarca padeció en su tiempo de igual forma un linchamiento político y mediático, ahora tuvo la oportunidad del desquite y la venganza.

Este juez de Control actuó por consigna; según especialistas se saltó al menos 14 medidas cautelares previas a la prisión preventiva; aplicó la ley a secas y de manera excesiva, violentando la presunción de inocencia y el debido proceso.

Si Rosario tiene culpas que pagar que no sea violentando sus garantías legales a las que todos tenemos derecho.

Sólo un ingenuo creería que en este país ya cambiamos y que el presidente no mueve los hilos de la “justicia” según su interés propio y de su gobierno.

Porque lo de Rosario hay que leerlo en el contexto del momento. El presidente está perdiendo rápidamente credibilidad por las formas y resultados de su gobierno. El desencanto empieza a manifestarse en diferentes estratos de la sociedad. Tiene una necesidad de reconocimiento social, tanto que hasta se cuelga logros que no le corresponden.

En este sentido, el encarcelamiento de Rosario Robles es también una medida populista penal que se instrumentó desde el poder para que la población vea que el gobierno sí está trabajando en su compromiso de que no haya impunidad y de acabar con la corrupción, a falta de mejores resultados en otras áreas o ante decisiones que han generado cierto descontento.

¿Quién se beneficia entonces políticamente con el encarcelamiento de Rosario Robles? Para mí está muy claro: el presidente y su gobierno.

En política no hay azar del destino ni casualidades. La FGR, el Ministerio Público y el Poder Judicial, no son totalmente independiente del Ejecutivo. Rosario es un chivo expiatorio y su caso, como seguramente otros también lo serán, se maneja según las necesidades políticas de este gobierno.

El último clavo

En la mañanera del trágico y aciago día para Rosario, el presidente López Obrador se veía contento y con cierta sorna dijo que él no era Poncio Pilatos y que no era su asunto, pero explicó con detalle el procedimiento que llevaría el caso.  No despejó dudas de que en el fondo se tratara de una persecución política y de un encarcelamiento por consigna. Ese día me quedó más claro que no vamos hacia una República Amorosa sino a una República Maquiavélica del Terror. Porque lo que le hicieron a Rosario Robles es un acto de “terrorismo judicial”, como bien dice Jorge Castañeda.

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