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Carlos Urdiales

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Regresará el día del informe

La era de hacer programas de televisión con público y transmitirlo en vivo, desde el patio central de Palacio Nacional, llamándole “mensaje con motivo del N informe de gobierno”, ha llegado a su fin.

Durante el sexenio de Felipe Calderón, la modalidad se fue perfeccionando: invitados y escenografía, militares, marinos, embajadores, comunidades autóctonas, gobernadores, empresarios, deportistas y comunicadores conformaron un telón de fondo seguro, amable y predecible.

En los últimos dos sexenios, cada vez más los presidentes se respaldaron en videos que narran e ilustran, de manera aspiracional, una realidad menos brillante o espectacular. Tanta producción terminó por hacer light lo que debería pesar al ser explicado, cuestionado o celebrado.

La polarización de la vida político-partidista, acentuada desde 2006, redujo los informes de gobierno a la entrega formal, por parte del secretario de Gobernación a una comisión del Congreso, del documento, su resumen ejecutivo y anexos técnicos. Rendición de cuentas tan demandada como ignorada.

La glosa del informe y las comparecencias del gabinete ante Comisiones o Pleno del Congreso se diluyeron, al grado de no importarles mucho a nadie. Desplantes e insultos se han incorporado a un circo aburrido, predecible, donde la cuestión sustantiva se oculta tras las fobias y filias de quienes protagonizan un supuesto diálogo republicano.

Con el arribo al poder de Andrés Manuel López Obrador y el retorno, al punto de partida tras tantas batallas democráticas, de un sexenio de mayoría pro-gobierno en el Congreso hará que los informes de gobierno regresen a San Lázaro, veamos menos show y más contenido, debate y diálogo entre poderes.

El tiempo de las icónicas y pesadas palabras: “Honorable Congreso de la Unión” dichas por el presidente al presentar su informe anual de gobierno, regresarán.

Las fracciones legislativas de la atomizada oposición quizá no insulten o intenten tomar la tribuna antes del 1 de septiembre; quizá las discusiones, preguntas y hasta posicionamientos logren recuperar algo del protagonismo perdido.

Menos cámaras y luces, más acción en un gobierno que tendrá que informar y explicar muchos virajes y sus resultados. A más expectativas, mayor interés por saber si las cuentas cuadraron, si los ahorros se alcanzaron y con ellos, la justicia social creció, los costos y beneficios de una transformación que promete no ser cosmética.

En su primer informe de gobierno, López Obrador podrá decir cuántas Secretarías de Estado se mudaron y cómo miles de burócratas alcanzaron a hacer las maletas y ajustes de familia que, por ejemplo, Tatiana Clouthier no pudo.

O en qué acabó el nuevo aeropuerto, si su propuesta de construir dos pistas en la base militar de Santa Lucía y conservar la saturada terminal actual, imperó o el desarrollo del costoso proyecto en Texcoco resultó mejor. Y si el Tren Maya será realidad, sin consulta popular. Los informes de gobierno volverán para quedarse.


Este artículo fue publicado en La Razón el 4 de septiembre de 2018, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

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