Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

¿Quién cuidará a la humanidad?

A partir de la pandemia entramos en una nueva era para el hombre. Algo se venía cocinando desde hacía tiempo, los cambios tecnológicos apuntaban hacia una vida híbrida entre el mundo conocido y el ciberespacio conquistado. Nuestras tecnologías aceleraron los cambios, pero el virus lo precipitó aún más. Ahora sabemos que somos seres híbridos, no sabíamos navegar y aprendimos, no sabíamos volar y construimos aviones para surcar los aires. Éramos incapaces de comunicarnos a la distancia, y por siglos la ciencia ficción soñó con la telequinesis y la teletransportación; tal vez no pensamos que la capacidad de conectarnos a la distancia comenzaría por la voz, y el sonido viajó en teléfonos fijos, en la radio. Las pantallas son hoy ventanas que acompañan, educan y nos comunican. Seres humanos que se adaptan, que transforman su realidad. La pandemia cambió nuestra relación con los espacios, con el trabajo, con los otros, pero en la educación el panorama sigue mostrando terrenos inciertos.

A grandes rasgos, en el terreno laboral el informe Global McKinsey sobre el futuro del trabajo después de la Covid-19, centrado en países como Alemania, China, España, Estados Unidos, Francia, India, Japón y Reino Unido, los ocho países que representan casi la mitad de la población mundial y el 62 por ciento del PIB, nos dice que por primera vez valoramos la importancia de la dimensión física del trabajo. La pandemia empujó a las empresas y a los consumidores a adoptar nuevos comportamientos, muchos de los que se mantendrán en el futuro; por ejemplo, el trabajo remoto y las reuniones virtuales, que llevarán a las empresas y a los prestadores de servicios a considerar una nueva extensión y geografía del espacio de trabajo, así como a replantear el grado de presencialidad de distintas áreas laborales. McKinsey afirma que entre el 20 y el 25 por ciento de la fuerza laboral en las economías avanzadas podría trabajar desde casa entre tres y cinco días a la semana sin afectar la productividad. Esto ha afectado, y lo seguirá haciendo, a restaurantes, tiendas minoristas y transporte público en las ciudades, para bien y para mal; es decir, mejora cuestiones ambientales y de tránsito, pero afectar, como hemos visto, a comercios que se han visto obligados a cerrar o a replantear el tamaño y condiciones de su oferta.

El trabajo remoto está causando estragos en la venta de viajes de negocios. Si bien los viajes de ocio y el turismo se recuperan después de la crisis, el 20 por ciento de los viajes de negocios, que representa el segmento más lucrativo para las aerolíneas, pueden no regresar.

Muchos consumidores descubrieron la conveniencia de diversas actividades en línea. En 2020, la participación del comercio electrónico creció de dos a cinco veces la tasa anterior a la Covid-19. Aproximadamente tres cuartas partes de las personas que usaron canales digitales por primera vez durante la pandemia continuarán usándolos. Otros tipos de transacciones virtuales, como la telemedicina, la banca en línea y el entretenimiento en streaming seguirán creciendo. Estas prácticas pueden disminuir un poco a medida que las economías reabran, pero es probable que continúen muy por encima de los niveles vistos antes de la pandemia. En suma, la Covid-19 impulsará la adopción más rápida de la automatización y la inteligencia artificial (IA).

En los ocho países seleccionados, más de 100 millones de trabajadores (uno de cada 16), tendrán que encontrar una ocupación diferente para 2030. En general, aproximadamente la mitad de ellos necesitarán habilidades nuevas y más avanzadas para poder sobrevivir en el nuevo marco laboral. En Europa y Estados Unidos, los trabajadores sin título universitario, los miembros de grupos étnicos minoritarios y las mujeres tienen más probabilidades de tener que cambiar de ocupación después de Covid-19 que antes, además de que los trabajadores negros e hispanos tienen 1.1 veces más probabilidades de tener que hacer la transición entre ocupaciones que los trabajadores blancos.

En Francia, Alemania y España, el aumento de las transiciones laborales requerido debido a las tendencias influenciadas por Covid-19 es 3.9 veces mayor para las mujeres que para los hombres. Del mismo modo, la necesidad de cambios laborales afectará más a los trabajadores más jóvenes que a los trabajadores mayores, y a las personas que no nacidas en la Unión Europea más que a los trabajadores nativos.

En terrenos educativos, la investigadora de Harvard Verónica Boix Mansilla, quien acuñó en 2011 el concepto educativo de “competencia global”, considera que:

La pandemia nos permitió entender algunas cosas importantes. La inequidad, por ejemplo… Otro gran descubrimiento ha sido ver que la educación no es solamente una tarea de la escuela. Los museos y los centros culturales se activaron. Compartieron las obras online. Fue una especie de gran milagro trasnacional. Y, finalmente, fue admirable la manera en que los docentes volvieron a aprender a trabajar. No hay ninguna reforma educativa que yo conozca que haya conseguido esto en un mes y medio. Millones de docentes alrededor del mundo entero se pusieron a aprender a manejar la tecnología, enseñándose unos a otros, y, obviamente, lo han hecho mejor en algunos lugares, peor en otros. Pero cuando uno mira la dimensión del compromiso del maestro es impresionante.

En el contexto nacional es imperioso el impulso de estudios de este tipo al margen de ideologías políticas e intereses empresariales.

ONU

McKinsey analizó los resultados de más de 1.6 millones de alumnos de escuelas primarias en más de 40 estados en Estados Unidos. Los estudiantes estaban 10 puntos atrasados en matemáticas y nueve en lectura, en comparación con los resultados del año anterior a la pandemia. La pérdida académica en muchos casos se acompaña de algo más grave: la muerte de familiares o personas cercanas, junto con pérdidas laborales o económicas que, a muchos, les cambió la vida radicalmente. Tras encuestar a 16 mil 370 madres, padres y cuidadores en todo Estados Unidos para conocer cómo el coronavirus ha afectado a los estudiantes, concluyó que aproximadamente el 80 por ciento experimentan gran preocupación por la salud mental o el desarrollo social y emocional de sus hijos, y el 35 por ciento presentan una preocupación extrema en este sentido. El ausentismo crónico se ha visto agravado.

Dos años de encierro aceleraron tecnologías, pero lastimaron a la humanidad, y la necesidad de responder al problema que queremos atender se multiplica. En lo personal, mi gran preocupación es la soledad humana que se reduce a estas preguntas: ¿quién cuidará a los niños? ¿Por qué, si todo el tiempo hablamos de inclusión, excluimos a los viejos o los queremos transformar en jóvenes? ¿Dónde vivirán los desterrados?

Cada innovación cambia las reglas del juego, nos dice Yuval Noah Harari, quien coincide con el filósofo español José Antonio Marina en que la historia debe ser un terreno de exploración para el estudio del cambio, que es acelerado y hace difícil saber lo que es nuevo y lo que es viejo. Cada vez que una nueva información surge, la tecnología cambia las reglas, las instituciones, las formas de civilidad y de comunicarnos. Así, este siglo súbito aún no nos deja ver con claridad sus reglas. Aquello que nos es inédito es la IA, que, a diferencia de toda la tecnología anterior, puede tomar decisiones por sí misma, nos puede analizar, nos puede hackear, es decir, manipularnos en una escala sin precedentes.

Por otro lado, el historiador reconoce que, si siempre hemos sido deficientes para predecir el futuro, nunca había sido tan difícil o más bien imposible saber cómo será el mercado laboral dentro de 20 años; por tanto, es difícil saber qué enseñarles a tus hijos para que tengan una profesión que les ayude a sobrevivir. En el pasado la estructura familiar o el género se mantenían más o menos estables, con cambios paulatinos, lo mismo que nuestro propio cuerpo. El filósofo francés Pascal Bruckner coincide y nos señala que hoy “no queremos estar atados a nuestra fecha de nacimiento, a nuestro sexo, al color de la piel, al estatus: los hombres quieren ser mujeres, y viceversa, o ninguna de las dos cosas, los blancos se creen negros, los ancianos se creen bebés, los adolescentes se inventan sus documentos para beber alcohol o ir a las discotecas; la condición humana está huyendo de todas partes, estamos entrando en la era de las generaciones y de las identidades líquidas”, ALgo que también nos dejó dicho Zigmunt Bauman, quien acuñó el términos de “mundo líquido” para bautizar el tiempo que habitamos.

Es un mundo donde los datos son la divisa para que la gente compre o se transforme en una escultura bella y siempre joven, “ganar, vender, controlar” son la apuesta. Lamentablemente, sentimos hoy un aire de pesimismo ante lo incierto, las amenazas climáticas, los virus que nos secuestran, la economía y el populismo como la peor respuesta de un capitalismo mordaz.

La respuesta maniquea e infructuosa sería culpar a la tecnología por los problemas que vivimos, convertirnos en apocalípticos radicales que culpan de todo a la pantalla, pero lo cierto es que todos somos un poco como diría Umberto Eco: apocalípticos integrados que renegamos de la tecnología, abominamos algunos de sus efectos pero, al mismo tiempo, la usamos todos los días. Nuestro problema está en nosotros, en el modo de uso que damos a nuestras herramientas y a la forma ética con la que nos conducimos. A esto volveremos más adelante.

El problema de las nuevas tecnologías es que acentúan las brechas tanto políticas como económicas, incluso se percibe discriminación por edad, lo que resulta en humanos obsoletos. Viejos que no logran aprender cómo usar las nuevas tecnologías porque no hay tiempo para enseñarlos, migrantes pobres sin acceso a papeles, habitantes del offline y del margen que tanto vaticinó Bauman, así como niños conectados a la niñera electrónica. Si a eso sumamos que una generación nació en encierro y conoce la escuela a través de la pantalla, el rezago y la exclusión son inéditos. Así el mundo parece dividirse entre muy pocas corporaciones provenientes de dos países, China y Estados Unidos, los imperios de la data. El ganador se lo lleva todo y cada vez hay menos ganadores. Es lo que tanto insiste el escritor Alessandro Baricco en sus libros Los bárbaros y The Game.

Uno de los temas que más me impresionó de dicho texto es el del infinito en un clic: nuestros hijos, a diferencia nuestra, nacen sintiendo que tienen acceso de forma digital a toda la información, toda la música, todas las películas, y la sensación de poder o de ansiedad distorsiona otra realidad que nos somete a la enfermedad, la precariedad y la muerte. Este simulacro seguramente causa algún efecto en sus mentes que altera el manejo del deseo y de los sentimientos de frustración. Max Horkheimer alude al anhelo de lo totalmente otro y lo relaciona con la nostalgia de una justicia perfecta: “En un pensamiento verdaderamente libre, el concepto de infinito preserva a la sociedad de un optimismo imbécil, de absolutizar y convertir su propio saber en una nueva religión”.[1] El psicólogo social Jonathan Haidt afirma que desde 2015 quedó claro que la “Generación Z” tiene problemas mentales graves, tasas mucho más altas de ansiedad y depresión, autolesiones, suicidios individuales o acompañados de matanzas colectivas. En su investigación aduce que las causas son la sobreprotección, al no permitirles una infancia que permita experimentar el riesgo y el uso de las redes sociales sin saber socializar fuera de ellas. La sobreprotección no es necesariamente amor ni es contraria al abandono, sino un modo de control que no garantiza ni el diálogo ni el aprendizaje.

Por su parte, el historiador judío declara que “no es la red social el problema; se trata del modelo de negocio en que se basa en el secuestro y control de nuestra atención. Encontraron cómo mantener humanos pegados a su pantalla a su plataforma y luego descubrieron que sólo necesitan presionar ciertos botones en la mente: el Botón del odio, el Botón de la ira o el Botón del miedo”. ¿Cómo contrarrestar esto? Parece ser que la educación es la única manera. Pero tomemos datos concretos de nuestro país, donde el rezago educativo y económico es abismal.

Según el Inegi, en 2018 12 millones de personas en este país no sabía leer o no comprendían lo que leen. El número de inscritos en 2019 fue de 33.6 millones en un rango de edades que va de los tres a los 29 años. De ellos, 740 mil (2.2 por ciento) no concluyeron el ciclo escolar: 58.9 por ciento, por alguna razón asociada a la Covid-19, y 8.9 por ciento por falta de dinero o recursos. Para el ciclo escolar 2020-2021 se inscribieron 32.9 millones (60.6 por ciento de la población de 3 a 29 años). Por motivos asociados a la Covid-19 o por falta de dinero o recursos, no se inscribieron 5.2 millones de personas en el ciclo escolar 2020-2021. Las razones para no inscribirse, 26.6 por ciento considera que las clases a distancia son poco funcionales para el aprendizaje; 25.3 señala que alguno de sus padres o tutores se quedaron sin trabajo, 21.9 carece de computadora u otro dispositivo o conexión de internet.

En 2020, sucedieron 7 mil 818 fallecimientos por lesiones autoinfligidas en el país, lo que representa 0.7 por ciento del total de muertes en el año, con una tasa de suicidio de 6.2 por cada 100 mil habitantes. La tasa más alta es en el grupo de jóvenes de 18 a 29 años, rango de edad en el que se presentan 10.7 decesos por esta causa por cada 100 mil jóvenes. Para 2018, de la población de 10 años y más, 5 por ciento declararon que alguna vez han pensado suicidarse.

Por todo lo anterior mi atención se posa sobre la educación de nuestros niños. Vivimos tiempos de oportunidad, de inventar el futuro. Para ello necesitamos proyectos de ley para reglamentar las redes, pero lamentablemente es un tema intocable. Así pasó con la Covid-19, ya que tuvieron que morir miles de personas para que en Occidente se hiciera caso de la gravedad del asunto.

Así, la educación que pretenda poner un pie en el futuro como alguna vez lo hicimos en la Luna, tendría que educar en comprensión lectora y en matemáticas, como ya sabemos, además del manejo emocional y el respeto de los derechos humanos. Recuperar la ética en las aulas desde temprana edad, como Marina sugiere, y con ello crear el marco adecuado para posibilitar la convivencia armónica de los ciudadanos con base en el respeto por las instituciones, la diversidad humana y la legalidad. Una educación que ayude a regular las emociones respetar a las minorías, y potencie el mejor de los nacionalismos: la conciencia de ser habitantes de un solo planeta que requiere cuidado. Educación que retome el amor por todas las etapas de la vida humana y no un culto a la juventud que, como afirma Bruckner, “es síntoma de las sociedades envejecidas, adultos que quieren acumular todas las ventajas, la irresponsabilidad de la infancia y la autonomía del adulto”.

La cooperación, la compasión y el fomento del altruismo son poderosos recursos que forman parte de lo que el filósofo español denomina “capital social”, que se enfoca a buscar medios para reducir el dolor y la muerte prematura, alcanzar pequeños avances en el bienestar del grupo sobre las ventajas puramente individuales. Lo que sintetiza en:

1. Ayudar a eliminar la pobreza, la ignorancia, el fanatismo, el miedo al poder y el odio al vecino.

2. Cultivo del pensamiento crítico e informado.

3. Fortalecer la compasión, las normas morales internalizadas, las instituciones políticas. Esto es la educación compasiva.

Afirma que la “educación emocional” no basta, dado que el hedonismo contemporáneo rechaza los sentimientos desagradables: la culpa o el remordimiento, indispensables para potenciar el comportamiento moral. Así, el reconocimiento y adecuado manejo de las propias emociones debe ir acompañado de una educación ética, que permite distinguir entre buenos y malos sentimientos. El resultado de lo anterior ayuda a los seres humanos a desarrollar el hábito de la valentía, un comportamiento constante que surge de la repetición continua de las virtudes supremas: amor, magnanimidad, solidaridad, compasión. Y que podemos ejemplificar como lo hace el autor en la frase “no despreciar nunca a un inferior ni temer a un superior”.

El ser humano valiente está obligado a reflexionar y a revisar constantemente la historia, la personal y la colectiva, que le lleve a reconocer la importancia toral de las instituciones políticas para paliar la pobreza extrema, la ignorancia, el fanatismo, el miedo al poder y la insensibilidad hacia el dolor ajeno. Acudir oportunamente a preguntas metodológicas tanto en lo público como en lo privado, en lo individual y en lo colectivo: ¿qué problema intentó resolver?, ¿cómo se ha solucionado en otras culturas?, ¿qué resultados produjeron esas otras soluciones?, ¿se puede considerar que una solución es mejor que otra?

Hacer una comparación intercultural de nuestros problemas comunes para reconocer nuestra humanidad compartida y reparar las diferencias.

 

Referencias

[1] Citado por José Antonio Marina. Biografía de la inhumanidad, Ariel, p. 81.

Bruckner, Pascal. Un instante eterno. Filosofía de la longevidad, Siruela, Biblioteca de Ensayo, Serie mayor núm. 117, p. 69.

https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2021/OtrTemEcon/ECOVID-ED_2021_03.pdf

https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2021/Suicidios2021_Nal.pdf

McKinsey Global Institute https://www.mckinsey.com/featured-insights/future-of-work/the-future-of-work-after-covid-19

https://www.lavanguardia.com/vida/20220226/8054706/mundo-vuelto-complejo-hay-revisar-educacion.html?fbclid=IwAR2LZAV0WfIg_cm5m9w0aK60uZDAP_PWrCcdf9bqF44_kYqxqceJ6t-Prdw

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