Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Quasimodo volverá a hacer sonar otra vez las campanas

Víctor Hugo fue el primero en dar la voz de alerta contra los demoledores de Nuestra señora de París y su aviso trascendió al tiempo, casi trescientos años hasta que el crepitar del fuego dio el primer aviso de lo que horas después caería como lava ardiente. Quasimodo nunca no volverá a jalar la cuerda unida al badajo que haría replicar las campanas de la iglesia, su ojo relampagueante no volverá a mirar la expansión urbana, él en medio del señorío gótico y sus amores arrebatados.

¿Perdió la apuesta el escritor que combatió a los demoledores de Notre Dame por ser parte de la arquitectura romana? ¿De nada sirvió el medio año de vida que dedicó a escribir para defender ese espacio, la iglesia, como epicentro para construir la novela donde por primera vez en la historia la vida se mira como un todo, con la crueldad del mendigo y la bondad de quien mira en el corazón, ah el romanticismo, las principales virtudes del ser humano? ¿Habrá quien recuerde que morir de hambre por amor es vivir en los brazos de la amada que ha muerto por culpa del engaño?:

“Quasimodo alzó entonces su ojo hacia la gitana de la que veía, a lo lejos, cómo su cuerpo, colgado en la horca, se estremecía aún, bajo su vestido blanco, con los últimos estertores de la agonía; después la dirigió de nuevo hacia el cuerpo del archidiácono, aplastado al pie de la torre, y ya sin forma humana, y exclamó con un sollozo que agitó su pecho desde lo más profundo. -¡Oh! ¡Todo lo que he amado!”

Sí, habrá quien lo recuerde, como hizo Víctor Hugo: “Los que padecéis porque amáis. Amad más todavía; morir de amor es vivir”. Entonces, como la ha hechos siempre, la sombra de Quasimodo andará las escalinatas de Notre Dame, y va a inspirar la reconstrucción, lo está haciendo ya con millones de personas conmovidas por lo que ha pasado con la iglesia. Es él convertido en polvo, desde que sus huesos quedaron fundidos al cuerpo de Esmeralda.

Ahí están los escombros hoy y junto con Quasimodo, se hallan convertidos en polvo esparcido en París. En el mundo entero de algún modo. Estoy seguro de que sus gárgolas regresarán a descansar ahí, con el señorío de la indiferencia a lo que sucede a su alrededor, como cuando lo hicieron por primera vez gracias a la creatividad de Víctor Hugo, impetuosas y soberbias, y la pregunta es: ¿son la representación del mal que sólo puede ser vencida por la cruz? No lo son, sin duda no lo son, más allá de que sean o no una concesión al arte griego (los expertos aún no se ponen de acuerdo) lo que sí son, Gárgolas o Quimeras, conducto para que surque el agua y ahora un sueño, una esperanza que es, simultáneamente, una convicción: Volverá a refulgir de alegría el único ojo de Quasimodo, entrelazado en la cuerda y desprendido del piso como si bailara la polka, y las campanas de Nuestra Señora de París pronto se escucharán otra vez junto a los cuchicheos del Sena.

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