Cinque Terre

Roy Campos

Puuuuto

Imagínense las siguiente situaciones, estamos en Europa, en Alemania, en una final de la Champion League entre un equipo alemán y uno francés, estadio lleno y millones de espectadores en el mundo; de repente, al despejar el balón el portero del equipo francés, surge un grito en todo el estadio: “neeeeeegro”, grito que se repite durante todo el juego. Ahora estamos en un país árabe, en la final de su campeonato local, estadio lleno y transmisión a todo el mundo árabe, y en esta ocasión el grito al portero rival es “judiiiiiiiiiío”. De nuevo, un estadio, ahora en cualquier lugar del mundo, en donde la afición local adorna los despejes del portero visitante con un “vieeeeja”. ¿Qué opinan de los casos anteriores? Las porras y aficionados locales nos dicen que es un “grito de batalla” que son “manifestaciones de apoyo”, que es “parte de la fiesta del futbol”, que no son ofensas sino expresiones para unir la afición hacia un equipo, ¿nos convencen?; los comentaristas de esos juegos muestran encantados el ánimo de la afición, lo justifican y ponderan la imaginación de la afición local, que ha logrado un grito unificador que además está traspasando fronteras y empieza a ser imitado en muchas partes del mundo, ¿seguimos pensando que no hay problema con eso?


En todos los casos anteriores, creo sinceramente que hay un claro ejemplo de cultura de la discriminación; que sería legítimo que grupos de comunidades de raza negra, que la comunidad judía y que grupos de mujeres se activaran para mostrar el acto discriminatorio. Estoy de acuerdo que quien grita no está ofendiendo personalmente al portero que despeja, ése no es el problema, no se puede simplificar a un “que no se ofenda”, “no es personal”, etcétera, el fondo de todos esos gritos es que quien lo promueve y lo realiza está aceptando que ser negro, judío o mujer es ser “inferior” a los demás y aquí puse tres ejemplos, pero lo mismo puede alguna afición gritar “indio” a los latinoamericanos; “mongol” a los de raza asiática, o cualquier cosa, que en el fondo no sería sino un acto deleznable, reprobable, y que se debe evitar.


Todo lo anterior, a estas alturas se deben imaginar, se relaciona con “la aportación mexicana al espectáculo”, como algunos han querido denominar a gritar “puuuuuuuuto” al portero rival, esa práctica ya es común en los estadios mexicanos y ahora en una actitud festiva la llevan al mundial de futbol en Brasil y festejan que “ya la usan otros países”, sintiendo un orgullo patriotero. ¡A mi me da verguenza! Al gritarlo, quien lo hace muestra una cultura en la que “ser homosexual” es ser “diferente a mí” y de ahí deriva en débil, inferior y cualquier otro adjetivo similar.


Los comentaristas que lo festejan cometen una falta mayor, permiten la multiplicación cultural de un acto de discriminación, fomentan actitudes intolerantes en lugar de promover las hermandades y la convivencia; las federaciones de ese deporte en el mundo han luchado para desterrar de los estadios a los aficionados que gritan ofensas racistas a los jugadores, pero ahora callan ante esta postura masiva. ¿Cómo acabar con ella? Para empezar, dejando de festejarla, dejar de mencionarla siquiera, y, en la cancha, los jugadores locales, ídolos de su afición, mostrar su posición pidiendo a sus fanáticos un comportamiento distinto; motivar muestras de apoyo “positivas” ,como gritar algo al portero local para mostrar la superioridad deseada, pero no fomentar la discriminación.


El considerar un logro el grito de “puto” que la afición mexicana está usando en Brasil me ofende, nos debe ofender a todos, todos hemos sido discriminados alguna vez, defendamos ahora una cultura de la no discriminación.



Este artículo fue publicado en El Economista el 19 de junio de 2014, agradecemos a Roy Campos su autorización para publicarlo en nuestra página.

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