Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

Profanación youtuber en El Prado

No es el primer museo del mundo que da el paso herético, pero si el primero en nuestra lengua. Antes la Tate Modern de Londres y el MoMA en Nueva York habían cubierto invasiva y estrafalariamente algunas de sus venerables pinturas de colección, con indumentaria o sobreposiciones a la moda.

Pero El Prado (que es menos ergónomico, una mole enorme inabarcable en una sola visita) tiene en cambio, la gran ventaja de muchos más cuadros donde escoger. Una cantidad de lienzos que admiten experimentos como el que El País (diario español) se propuso para celebrar el bicentenario de la inmensa galería.

Un homenaje inusual, audaz, diríase, desfachatado.

Se leen en algunas redes sociales, mensajes indignados por ortodoxos clasicistas que no conciben como una obra sacra, un bien de la humanidad, pueda sin embargo utilizarse para “una animación de Disney-world”, “una caricatura” un “entretenimiento para adolescentes afectos a los play station”.

Diana y Calisto, PIERRE, JEAN-BAPTISTE-MARIE

Lo que esos tuits critican con vehemencia puede verse aquí https://www.youtube.com/watch?v=h_sq0H1OTeg pero para mi gusto, constituye una de las ofertas más interesantes en esta temporada de festejos en Madrid.

Pero ¿cómo es posible que, mediante técnicas de simple Mac, se intervenga las pinturas más canónicas de su colección para darles sutil locomoción, insulfarles movimiento, animarlas y arrebatarles su magistral quietud durante el lapso exacto de un respiro?

Muchos de esos cuadros ya tenían movilidad desde que fueron hechos (“La Lluvia de oro de Danae”, “El Gran Cabrón” o “El David con la cabeza de Goliat”) pero el intento es ir más allá de la impresión para que los personajes implicados realmente abandonen su reposo. Y el resultado es dichoso y de una gran pedagogía.

Son treinta cuadros, algunos de los más célebres, resucitados por Rino S. Tagliaferro, quien ha estado probando esta técnica desde hace un lustro, patrocinado por la histórica revista semanal de El País, en una exposición virtual denominada “El Prado: belleza y locura”.

No crean ustedes que se trata de pantallotas led luminosas, ni realidad aumentada, ni vistosos efectos en 4D. Son varios de los centenarios personajes, protagonistas, consumando la acción que en el cuadro original había quedado detenida por toda la eternidad… hasta que llegó el señor Tagliaferro con esta composición que, si lo miran bien, a ratos es alucinante.

Miro con envidia el logro visual, escucho la música que lo envuelve todo y admiro su sutil potencial educativo. ¿Por qué no somos capaces de producir estas cosas en México, donde nuestros museos mayores, hasta los más sólidos y pétreos, viven en una permanente zozobra? Allí está el Nacional de Historia, el de Historia Natural, hasta el esforzado Universum que con grandes esfuerzos intentan escapar de los medios e instrumentos expositivos de mitades del siglo XX. La verdad es que –salvo destellos creativos muy loables- no lo logran, y no pasa fin de semana en el que no caigan bajo la sospecha de que Don anacronismo se ha apoderado de ellos.

Pero volteemos de nuevo a ver España. Allá, El Prado tampoco trabaja con la tranquilidad del dinero público, más bien al contrario. Pero no tuvo que rendirse y seducir a multimillonarios locuaces, sino a otra empresa cultural –privada- para presentar este video llamado a propagar una onda de choque que llama la atención entre nosotros, los legos.

Por fin, en medio de tanto refinamiento, técnicas sublimes, sutilezas y clasicismo estricto, uno queda con la sensación de que ese gran Museo no vive más a espaldas a las últimas tendencias, de los usos y recursos técnicos del público nacido en este siglo.

No cuento más, pero vean a Tintoretto, Tiziano, Goya, Murillo, el niño de Manzano, Velázquez, Rubens y el más grande, incluso dentro de este experimento: Caravaggio.

Salvo el abrir y cerrar de ojos en algunos de los momentos menos afortunados (que es lo único caricaturesco), todo lo demás es original, respetuoso, creativo y onírico. Son nueve minutos y no se van a arrepentir ni un milímetro.

¿Y saben que? Esto tiene el poder de hipnotizar a los más jóvenes (hagan la prueba).

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