Cinque Terre

Julián Andrade

Escritor y periodista.

PRD: La irrelevancia o la socialdemocracia

Quizá la organización que más daño sufrió en la pasada elección, debido al triunfo contundente de Morena, sea el PRD. Sus bancadas en la Cámara de Diputados y en el Senado son pequeñas y están en riesgo de disminuir aún más.

El imán morenista y del presidente Andrés Manuel López Obrador es muy poderoso para quienes pertenecen al perredismo, ya que les ofrece un mejor presente y les dibuja un horizonte sin mayores contratiempos.

El problema es que en esas coordenadas no van a encontrar muchas coincidencias, porque ahí lo que impera es un nacionalismo conservador.

Por eso es interesante la convocatoria, que acaba de hacer la dirección nacional del Sol Azteca,  para formar una nueva organización política en la que converjan quienes creen en el estado laico, los equilibrios constitucionales, las libertades personales, el sistema de partidos y en una política de corte socialdemócrata.

El PRD es el reflejo de su propia historia, la que se remonta a dos tradiciones: el comunismo y el nacionalismo revolucionario.

El PCM obtuvo su registro en los años setenta, producto de la reforma política impulsada por el presidente José López Portillo e instrumentada por su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles.

Fueron años de construcción y moderación ideológica, rompiendo con viejos dogmas y abriéndose a la posibilidad de crecer en preferencias y apoyos. Con la idea de la unidad de la izquierda, avanzaron los comunistas a la conformación del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), primero y al Partido Mexicano Socialista (PMS), después.

La aspiración era la de dar forma a una organización política comprometida con las causas sociales y capaz de aspirar a posiciones de poder, todavía modestas y en donde el triunfo de una alcaldía era visto como una gran hazaña.

Era hacerlo, además, desde la lógica de la democracia y sus reglas, entendiendo que esa resultaba el único camino legítimo de acceso al poder.

1988 cambió todo, porque Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, el candidato del Frente Democrático Nacional, sí tenía posibilidades de obtener un buen resultado y era indispensable el lograr el mayor número de apoyos.

Imagen: @PRDMexico

Por eso, Heberto Castillo,  quien era candidato presidencial del PMS,  declinó a sus aspiraciones para apoyar al hijo del general Cárdenas. Aquella fue una decisión de carácter político y sin consecuencias jurídicas, ya que se tomó semanas  antes de la jornada electoral, pero su fuerza simbólica,  dio paso a una trasformación de la izquierda y puso en la agenda la posibilidad de ganar elecciones y de conquistar el gobierno federal en algún momento.

Por eso se creó el PRD, en una alianza con los grupos que respaldaron a Cárdenas Solórzano .  Iniciaron las tres décadas más exitosas de la izquierda, pero en el camino se perdieron, como suele ocurrir,  convicciones, valores y militantes.

La vida no deja de ser paradójica. En la actualidad el perredismo se debate por no desaparecer, y quien gobierna el país tuvo la posición de presidente de ese partido.

Un cúmulo de errores explican lo ocurrido, y entre ellos el de la alianza electoral con el PAN, donde no obtuvieron la solidaridad de muchos de sus votantes tradicionales y tampoco pudieron impulsar un propuesta de izquierda moderada que se sirviera como un alternativa a López Obrador y a su movimiento.

En los próximos meses veremos si la construcción de esa nueva organización cuenta con respaldos y sobre todo con el espíritu y la fuerza suficiente para insistir en que la izquierda es posible y necesaria.

En este empeño los perredistas se juegan, y nunca mejor dicho, su vida misma.

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