Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Por una madriguera

Debanhi un nombre poco común
Ahora un nombre en muchas bocas
Se fue, y nos dejó su nombre
para rezarlo,
para demandar justicia,
para acompañar el miedo,
para llorar,
para temblar.

Patricia Villareal

Sentarse ante el teclado con la idea de comunicar es siempre el placer de contar letras, historias y claro, contar con la atención de alguien al otro lado de la página. Para los que profesamos el vicio de leer, que siempre es el gozo de viajar por la compuerta del “Había una vez”, todos los días son días del libro. Cada instante es la oportunidad de leer o relatar porque al fin de eso va la vida, una consciencia animal que articula entre respiros su interpretación de aquello que le circunda. 

Un vicio como cualquiera y no más, ni mejor, un vicio sin daño ni resaca, tal vez. Una posibilidad racional que nos habita a todos pero que unos más, otros menos, decidimos celebrar. La fecha puede ser el 23 de abril o el 18 de octubre, la ocasión es revivir el éxtasis que nos procura formar signos, uno detrás de otro, silbar sílabas como arriero, articular pistas para armar el caso, narrando a bocajarro como pivote de la fuente o aspirado como pipa aromática que rebota entre los poros de la piel para viajar en las comarcas de lo posible. 

Pensé entonces en el trance del umbral de la página y me imaginé a Alicia cayendo por la madriguera, flotando con el vestido azul y las enaguas, cayendo hasta el fondo de la fantasía. Narramos para escapar, pero los cuentos reales son una pesadilla intrusiva que transforma el texto de homenaje en un epitafio, porque no logro sacar de mi mente el cuerpo de Debanhi; así, cayendo por la oscura cisterna, seguramente ya sin aliento, por una madriguera más de un país de cráteres repletos de cadáveres que cada día se aleja más de las maravillas. No haré el relato de una pesadilla en boca de todos, sólo diré que ya son muchas las caperucitas. No recitaré las cifras del horror que se pregonan en los noticieros y confirman los policías.

Un rostro y nombre se asomaron por el espejo y revivieron en nosotros la zozobra. Todos los días una joven sale de casa como en la canción de los Beatles “Silenciosa cerrando la puerta de su recámara… un pie afuera y ella es libre”. Los padres, tal vez como yo, susurran sus nombres, orientando su camino, pensando que cada letra es una miga de pan que asegura la senda de regreso, un mantra que las protege de todo enemigo. 

Dicen que el nombre de Debanhi se descompone en oración: Dios Eterno Bendice A Nuestras Hijas. Descreída no ruego a dios alguno, ni proclamo auxilio a una sorda autoridad que se mira entre cifras de popularidad. Aullo como loba para ser escuchada por las bestias sin madre, huérfanos de historia sin hilo y sin trama, quisiera ser Medusa y petrificar su apetito, convertirlos en estatuas impotentes.

Quiero escribir de princesas, de bucaneros y chicos en busca de su sombra, no quiero vivir en Comala ni salir volando entre los brazos de Macondo huracán, ni el infierno dantesco se compara con el lodo sangriento de este México desigual. Sé que esto no es un cuento pero no sé cómo ni cuándo se nos olvidó contar. 

Cuenta conmigo, mi casa es tu casa, anacronismos desgastados ya. Apelo al lector y al contador, al paisano o vividor, aquí no hay más hechizo ni pócima por cocinar. Estamos s0los y sólo ¿volver a empezar?: Debanhi salió de casa… Ya no lo quiero contar otra vez.

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