Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Populistas asesinos

Los gobiernos populistas deberían ser los grandes perdedores de la pandemia del coronavirus, pero eso sería solo si en el mundo imperara la razón, y si las sociedades humanas fueran menos proclives a de dejarse arrastrar por prejuicios, filias, fobias y toda clase de bajos instintos. Son asombrosas las coincidencias en la actitud de los populistas ante la crisis. Estos gobernantes autoritarios, demagogos y falaces reaccionaron tarde y mal, relativizaron la amenaza, despreciaron las advertencias de los científicos, esquivaron sus responsabilidades y, para colmo, ahora impulsan un desconfinamiento a marchas forzadas

Malos líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Alexander Lukashenko, Narandra Modi, Daniel Ortega y, por supuesto, Andrés Manuel López Obrador, entre otros, tienen en común haber despreciado la realidad científica, política y económica de sus países. Hoy, quienes pagan el altísimo costo humano de esta negligencia son los ciudadanos de a pie, su “Pueblo” al que los tiranuelos de marras tanto presumen amar y representar.

La politización recrudece a la pandemia. El virus se aprovecha de la vanidad de gobernantes alérgicos a perder popularidad en las encuestas. Quienes aseguran “pertenecerle por completo al Pueblo” son los más insensibles y egocéntricos. Estaban al tanto de las insuficiencias de sus gobiernos para enfrentar una pandemia, y aun así no se prepararon. “Una simple gripita”, clamó Bolsonaro, “En el verano desparecerá”, pronosticó Trump. Y cuando el problema empezó a crecer, no dudaron en minimizarlo un día sí y otro también. “Ya vamos de salida”, “La curva se está aplanando”, no dice a diario AMLO y su palafrenero López-Gatell.

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Se negaron a hacer más pruebas para ocultar la dimensión del desastre, retrasaron las medidas de confinamiento y mitigación, se burlaron estúpidamente de los cubrebocas, trataron constantemente de silenciar la verdad. Y pese a múltiples advertencias en contrario, ahora espolean a sus países para reabrirse los más rápido posible, reavivando la difusión de la enfermedad.

Se supondría a los dirigentes populistas paternales y benignos guardianes de su rebaño, pero esta crisis ha desenmascarado lo egoístas que en realidad son. Quedó en evidencia su nulo interés en el verdadero empoderamiento de los marginados, su absoluta falta de empatía por los ignorados y los abandonados. Pero la megalomanía, ¡esa sí a tambor batiente! Confiados en su propio conocimiento, comprensión y sabiduría, evitan a ultranza asesorarse con especialistas y expertos. Se explayan en sus intuiciones y en su limitado y muy particular sistema de creencias, por otro lado bien “adaptable” éticamente. Su preocupación por los pobres es meramente electoralista. Al final del día, todos ellos están dedicados en cuerpo y alma a la infatigable promoción de sus adorables personitas.

Durante una pandemia se confirma la importancia de escuchar a la ciencia y acatar los criterios de sensatez y racionalidad de los profesionales de la salud y los científicos; es cuando se hace más necesario que nunca promover la unidad nacional y es la circunstancia donde más se demanda priorizar la eficiencia en el desempeño gubernamental sobre toda consideración politiquera o electoral. Todo esto está en las antípodas de los populistas, cuya vocación de ninguna manera es el buen gobierno, porque ello implica saber organizar, administrar, supervisar, tomar decisiones difíciles muchas veces impopulares. ¡No, no, no, nada de eso! Ellos están para aferrarse al poder por cualquier medio indispensable. ¡Y escuchar a los que saben es para estos devotos a la simplonería y del elogio es un absoluto anatema. De hecho, rehúyen de funcionarios técnicamente calificados como si de demonios se tratase. Obvio, prefieren rodearse se sicofantes rastreros y oportunistas.

Pero una pandemia es asunto muy grave. El coronavirus ha cobrado por todo el mundo cientos de miles de vidas y muchas pueden imputárseles a ineptos demagogos. La negligencia criminal es un delito. La semana pasada, Bolsonaro fue denunciado en la Corte Penal Internacional acusado de crímenes contra la humanidad y genocidio debido a su irresponsabilidad. La acusación fue presentada por una coalición de organizaciones que en conjunto representan a más de un millón de profesionales de la salud, quienes inculpan al presidente de cometer “fallas graves y de consecuencias mortales en su conducta durante la pandemia de COVID-19”. Muchos especulan que pronto se presentará una denuncia similar contra Trump, y tal vez suceda con algunos más. Quizá no prosperen, y quizá -nuevamente- políticos deleznables se saldrán con la suya ante la ceguera y condescendencia de sus escarnecidos súbditos.

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