Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

¿Política mente correcta?

La pasión es una realidad controvertida. Es una emoción intensa, duradera, que puede monopolizar la mente de una persona o de una colectividad y despierta enormes energías. De ahí su ambivalencia. Por una parte, la pasión puede cegarnos; por otra, sin pasión no se puede hacer nada importante.

José Antonio Marina

Mis subjetivas motivaciones

Tal vez tengo una desviación, una oscura manía que me hace gozar de la discusión, aprecio argumentos como quien aprecia raquetas de tenis o zapatos de golf. Y no se crea que me las doy de intelectual, me gustan los argumentos diáfanos y derechitos y también los chuecos y abigarrados, admiro por demás al animal que los profiere, una maravillosa especie que busca la verdad a sabiendas de que es un unicornio, una quimera. Me precio de pertenecer a esta especie, a sus dictums y fantasías, a su alucinada pasión por los abstractos, a subir y bajar de la humildad de saber, por ejemplo, que sólo puede perseguir la felicidad y lo asienta en sus constituciones, con la misma solemnidad de los gobernantes que sacaban a pasear sus momentos mori con correa; o escalar la megalomanía hasta sentirse elegidos de dios y usar capas como las de Walter Mercado.

Es posible que lo que más disfruto de las discusiones es la forma en que el Yo se afrenta convencido de poseer la verdad, y admiro con fervor a esos extraños animales que saben quitarse el ego como Walter la capa y colgarla para escuchar, para aceptar o para negar, comprendiendo a cabalidad el buen arte del debate.

Pero eso sí, si existe una frase que me repatea es aquella de que no debemos hablar ni de religión ni de política, es decir no debemos compartir nuestras pasiones. Condenados a hablar del clima por la omisión evidente de que el yo es sólo una capa, en todo caso la máscara de nuestra imaginación.

Getty Images

“Pensar de manera diferente” articula la posibilidad de encontrar un sitio en el cosmos, al pensar ensamblamos sentimientos o como diría Antonio Damasio contradiciendo con causa a Descartes, sentimos y de ahí pensamos. El único modo de tejer formas de pensamiento “diferentes” es interactuar con pensamientos variopintos, por tanto, a la intolerancia racista, no hay modo de abrirle el espectro. Todo este preámbulo intenta justificar mi interés sobre la mente y la política, además de que me encabrona (así, disculpe usted el vocablo) que nuestras afiliaciones políticas nos dividan.

Acudiré sólo de paso a dos incidentes tristes: uno, a la muerte de mi hermano. Un ser que adoro me llama a darme el pésame y remata con un: “Te quiero, a pesar de diferentes nuestras ideas políticas” (aclaración innecesaria y falaz, porque si buscáramos motivos de división podríamos repudiar a los zurdos, a quienes prefieren posición de misionero en el sexo o a quienes beben Coca-Cola en lugar de Manzanita sol).

Dos: mis hijas tienen un chat con amigos de la infancia, en ellos hay fifis y chairos o partidarios de López Obrador y adversarios; uno de los amigos amenazó con abandonar el grupo y exterminar la amistad por las duras críticas a su amado Peje. Mariana indignada me dice y con razón: “Madre pero no es de su familia ¿Qué nuestra obligación no es la de ser críticos?” Dicho esto les comparto lo que encuentro sobre la mente y la pasión política.

Nuestras pasiones ideológicas

Dice uno de mis ídolos, José Antonio Marina (gran conocedor de las emociones: su Diccionario de las emociones es la prueba) que en su El laberinto sentimental excluye hablar sobre las pasiones políticas y afirma que su origen está en las estructura de la convivencia  como el patriotismo o el nacionalismo.  Parece ser que surge de una potente emoción de pertenencia que nos hace alinearnos con un “nosotros” a diferencia de un “ellos”. Los humanos formamos coaliciones sociales en todas las sociedades de la tierra, sin embargo, sabemos muy poco acerca de cómo los conceptos nosotros y ellos están representados en el cerebro. Los psicólogos evolucionistas han argumentado que la capacidad de afiliación es un subproducto de las adaptaciones que evolucionaron para el seguimiento de las coaliciones en general y poseen un código neuronal común para los conceptos en grupo y fuera del grupo.

La competencia intergrupal resalta la identidad social, las fallas de un miembro del grupo son dolorosas, mientras que las de un miembro del grupo rival pueden provocar, incluso, placer, un sentimiento que puede motivar a causar daño deliberado al oponente. Se han hecho estudios sobre la respuesta cerebral de fanáticos a equipos deportivos (el estudio consultado concretamente fue de espectadores a un partido  de los Red Sox y los Yankees) mientras presencian un partido. Los resultados subjetivamente negativos (fracaso favorecido, éxito rival) activaron la corteza cingulada anterior y la ínsula cerebral, mientras que los resultados positivos (éxito favorecido, fracaso rival, incluso contra un tercer equipo) activaron el estriado ventral. El efecto de éste último, asociado con el placer subjetivo, también se correlacionó con la probabilidad de agredir a un fanático del equipo rival. Los resultados de la competencia de grupos sociales pueden afectar directamente los sistemas neuronales primarios de procesamiento de recompensas, con implicaciones para el daño intergrupal. La síntesis de todo esto es: hacen mal los populistas en exacerbar la división y es peligroso.

Pero volvamos a Marina, él señala que la pasión en política puede convertirse en pasión por el poder y el ansia de libertad en la lucha por la liberación política. La cosa se complica cuando esta pasión se contamina con otras tres: “…la venganza, la sumisión, el miedo, la envidia o el sexo”. Marina nos habla también de la importancia de los estilos de atribución, que es la interpretación individual sobre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Pero vayamos al origen, como hemos dicho en otros textos el “Yo” es una narrativa que emana de los procesos cerebrales, una suerte de fantasma que se va moldeado a partir de la propia biología y la interacción social que desarrollan una historia a la que le damos nombre y apellido. Es indiscutible que la atribución se vincula con nuestros valores y determina, en mucho el modo en que percibimos la realidad. Así los estilos de atribución son fundamentales para nuestra autopercepción, son ellos los que nos hacen sentir que tenemos mayor o menor control sobre nuestros actos. A grandes rasgos podemos pensar en una escala que va entre quienes piensan que controlan su comportamiento, y otros que creen que es el entorno social quien lo determina. Según estudios de Drew Westen, psicólogo político de la Universidad de Emory, publicados en su libro  The Political Brain, los primeros suelen tener preferencias políticas liberal-conservadoras, y los segundos, socialistas. En el 2004 inició una investigación para saber cómo funcionaba el cerebro de los miembros de un partido político y concluyó que pocas personas se afilian tras un proceso racional. Por su parte el psicólogo Daniel Kahneman que ganó el Nobel de Economía sostiene lo mismo en su Thinking Fast and Slow.

Otros estudios más recientes muestran que los liberales tienden a tener una corteza cingulada anterior más grande y / o más activa, útil para detectar y juzgar conflictos y errores, y los conservadores tienen más probabilidades de tener una amígdala ampliada, donde el desarrollo y almacenamiento de recuerdos emocionales tiene lugar. Pero sintetizamos, usando los dos extremos, liberales vs. conservadores, esto sin otorgar toda la credibilidad a algo tan complejo:

Animales sociales

Hemos pues navegado a las profundidades como diría el gran Jacques Cousteau; sin embargo no sólo somos entes biológicos regidos por la morfología y sustancias cerebrales. Pero es innegable que de ahí partimos y que cuando se cuestionan ideas apasionadas como los puntos de vista políticos o religiosos, el cerebro se activa en regiones asociadas con la identidad personal, la respuesta a las amenazas y las emociones. Son ese tipo de elecciones las que creemos importantes para la constitución de esa historia que hemos dado en llamar: identidad. Pero su determinación también se ve afectada por nuestros contactos sociales, es decir con las experiencias que bordean con esas otras identidades, con las historias de otros en las que intervenimos o que nos intervienen. Pero una vez incorporadas, el cerebro las considera parte del sí mismo, las protege de la misma manera que protege un brazo o una pierna. Los expertos parecen coincidir en que una cierta forma de dolor se experimenta cuando se contradice nuestro pensamiento, y claro, nos ha costado años integrar y proteger esa narrativa.

Las ideas políticas desde la perspectiva social se ven influidas desde luego por nuestros grupos de pertenencia, el fundacional es claramente la familia. Tendemos a crecer y votar como lo hacen nuestros padres. Son generalmente la primera influencia, y quizás la más duradera. Cuanto más activa políticamente sea una familia, más probabilidades tendrá de influir en sus vástagos. Otro elemento influyente es el género.

La mayoría de los observadores creen que las mujeres piensan como los liberales puesto que apoyan con mayor firmeza los “problemas de las mujeres”, como la igualdad de trabajo, la igualdad salarial y los derechos legales. Como ya habíamos mencionado, el pensamiento liberal tiende a estar abierto al cambio y precisamente nuestro género requiere de él en su búsqueda por la igualdad. Desde luego otro determinante es la religión.

Las personas más religiosas tienden a ser más conservadoras que los ateos por ejemplo, y hay una tendencia a que los votantes judíos (estudios que data de fines de la década de 1940 en EEUU por supuesto) tienen más probabilidades de apoyar a los demócratas lo que resulta lógico con un pueblo errante que ha debido adaptarse a múltiples cambios. Otros determinantes son el grupo étnico y la posición económica, la región geográfica, el nivel de estudios y desde luego asociaciones universitarias y otro tipo de grupos o clubes. De esto último hay pocos estudios, sin embargo, es importante apuntar que la identidad colectiva confiere una serie de valores que por afinidad se adoptan más allá de un condicionamiento puramente biológico.

Si el yo es una historia ¿habría que creerle todos sus cuentos?

Abiertamente confieso amar a mi cerebro animal. Bonita rima que me lleva de vuelta a mis motivaciones. Lo que más feliz me ha hecho en la vida es no hacerme tanto caso, cuando permito que ese Yo tiránico asuma que la verdad le ha sido develada, comienzo a perder de todo, desde amigos hasta el asombro. Así que persigo comprender (sé de antemano que moriré en el intento, justo por mi animalidad) que la verdad es quimera como dije antes, que la única manera de cazar a ese extraño animal es escuchando a los otros, y principalmente a los que no piensan como yo.

Y eso último con dos motivos, primero, para incorporar algo nuevo a mi maravilloso cerebro plástico y para afianzar mi identidad, es decir para reafirmar aquello en lo que sí quiero creer, incluso a sabiendas de que probablemente sea ilusorio.

Decía Víctor Hugo que “El alma tiene sus ilusiones, como el pajarillo sus alas: Son ellas quienes las sostienen.” Por ello podemos afirmar que somos más que un arquetipo biológico o psicológico, así que ¿en qué medida somos liberales o conservadores; chairos o fifís? Eso es tan complejo que nuestro propio tiranillo López Obrador resulta, las más de las veces, un conservador que el liberal que declara. Así pues podemos ser conservadores para algunas cosas, liberales para otras o quedarnos en medio camino en otros asuntos.

De todo ello concluyo que a pesar de la neuralgia que representa el pensamiento distinto vale la pena tener en cuenta que no somos nuestros pensamientos, mucho menos nuestras elecciones y aún menos nuestras afinidades; bien miradas son como la aludida capa de Walter Mercado un adorno que nos distingue, el accesorio que marcan el andar pero que no son necesariamente fijos, podemos cambiarlos, podemos nutrirlos y eso, es necesario. Podemos perseguir el derecho a la verdad, a la libertad, a la felicidad pero son una zoología fantástica que no logramos asir nunca del todo.

Nos necesitamos 

Nos dice Brendan Nyhan político-científico de Dartmouth que existe una forma simple para que las personas trascienden de su partidismo innato: pagarles para que lo hagan. Un estudio de 2013 de Princeton así lo confirma. Es por ello que los programas populistas basados en el asistencialismo son una de las formas de la corrupción.

Por otro lado Kevin Binning, psicólogo de la Universidad de Pittsburgh, buscó una forma más ética de allanar las diferencias, durante el debate presidencial de 2008.

Binning reunió a 110 republicanos y demócratas para ver la grabación del debate entre Obama y John McCain. Antes de ver el debate, pidió los observadores escribir una anécdota personal en la que incorporaran un valor humano como la solidaridad, la creatividad, o cualquier competencia que no se viera afectada por la política. Lo que Binning pretendía es que los participantes pensaran el grupo más importante al que pertenecen: el de simplemente humanos y con ello se sintieran más receptivos a ideas distintas a su visión del mundo. El experimento funcionó pues las opiniones sobre el desempeño del candidato contrario a su preferencia se mostraron más benevolentes.

Discutir, comentar e intercambiar ideas políticas es necesario. Evadirlo evita que la participación ciudadana crezca y perpetúa el poder en las minorías. De todo esto podemos concluir que es fundamental apelar a una narrativa fundacional, la que nos recuerda que somos unos animales muy precarios, dependientes unos de los otros que para poder cohabitar requieren del diálogo. Recordar el respeto que me deben las ideas del otro nos ayuda a ser corteses a recuperar la empatía puesto que la contradicción nos duele por igual. Es imperioso admitir que nuestros cerebros son frustrantemente ineptos en el discurso político racional y objetivo, pero son sorprendentemente flexibles. Así que debemos procurar foros cívicos a pesar de  nuestras deficiencias mentales. Por otro lado y en nuestra sociedad de la información son crecientes los foros, aplicaciones o hasta personas que se abocan a ser verificadores de hechos, en este poético afán humano por buscar la verdad. Permitir que nos regulen, atender sus evidencias es la forma más certera de acercarnos a la orilla de Verdad.

Recuperar lo que nos une es recordar nuestra humanidad común, atrevernos a pensar como el otro, quitarnos la pesada capa del Yo para probarnos la de Tú, algo magnífico estaremos incorporando a nuestro guardarropas mental.


Referencias

Amodio Neurocognitive Correlates of Liberalism and Conservatism, 2007. https://www.researchgate.net/publication/6012826_Neurocognitive_Correlates_of_Liberalism_and_Conservatism

Kanai / Colin Firth Orientaciones políticas se correlacionan con la estructura cerebral en adultos jóvenes, 2011. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0960982211002892

“The misinformation persists…” A Conversation with Brendan Nyhan of Dartmouth & The New York Times

https://www.comnetwork.org/insights/the-misinformation-persists-a-conversation-with-professor-brendan-nyhan-of-dartmouth-university-the-new-york-times/

“How Politics Breaks Our Brains: Humans are partisans by nature—but there’s hope for ways to fight the impulse toward conflict”. Brian Resnik

https://www.theatlantic.com/politics/archive/2014/09/how-politics-breaks-our-brains/380600/

“Las pasiones políticas” José Antonio Marina https://www.joseantoniomarina.net/articulo/las-pasiones-politicas/

 

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