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Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

Poesía y neoliberalismo: Bartra sobre su utilidad

Decir las palabras neoliberalismo y poesía juntas parece la enunciación de una oposición, casi una antinomia entre utilitarismo extremo y gratuidad que se cumple en sí misma. El neoliberalismo aplastaría la poesía. Sin embargo, una apreciación como ésta podría estar basada en lugares comunes, más que en reflexión. Muchos poetas han escrito sobre la utilidad que tendría la poesía. Agustí Bartra (1908-1982) ha sido uno de ellos. En una conferencia dictada en 1969, en la Universidad de Maryland, Bartra disertó sobre la poesía y sus funciones. Sam Abrams recogió el texto y usó su título para el libro de ensayos ¿Para qué sirve la poesía? (1999). Bartra reconocía que había “una cierta trampa” en el título, pero no dejó de postular un decálogo, un “credo de servicio, no de servidumbre, de la poesía”.

Conviene ubicar el contexto del dilema entre gratuidad y utilidad de la poesía. En su película autobiográfica Poesía sin fin (2016), Jodorowsky hace decir a su propio personaje —en sucesos del siglo XX— que en “este mundo […] ya no existe la poesía”. Hoy, la afirmación es un cliché, pero tiene larga data y fuerte aceptación, a pesar de su error discernible. Bartra se refiere a un momento clave en la historia de esta idea: el ensayo “Defensa de la poesía” de Shelley, redactado en 1821, en plena Revolución industrial y como reacción a ella. Shelley, como apuntó Bartra, aludía a “periodos” con “un exceso en el principio egoísta y utilitario”, afirmación cercana a posiciones contemporáneas contrarias al neoliberalismo.

El escritor Agustí Bartra (1908-1982).

Si bien la poesía —como género literario— es fenómeno de nicho y no de masas de lectores, abundan quienes escriben versos, pequeñas editoriales que los publican y círculos de interesados. No es infrecuente que tales “poetas” no se lean entre sí y es probable que haya más poetas que lectores de poesía. A su vez, si se entiende la poesía como experiencia o sustancia de cualquier arte —a pesar de tesis como la casi centenaria “deshumanización del arte”—; aún si apela sólo a minorías, el arte exhibe plena vitalidad. Hace medio siglo —o ahora— entre un mundo sin poesía y la sobreproducción real de poesía, Bartra dijo en Maryland: “creo que de cada millón de versos que se escriben novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve son malos, es decir, innecesarios”.

Como exiliado por la Guerra civil española, el barcelonés Bartra radicó desde 1941 en México por cerca de tres décadas (es padre del intelectual mexicano Roger Bartra). Además de su propia obra como poeta, narrador y dramaturgo en catalán, Agustí Bartra fue traductor al español. Aunque existe una tradición de poetas críticos —en la conferencia se citaba a Eliot— no deja de ser llamativa la combinación de fantasía, lucidez, y erudición en Bartra, quien partía de la convicción de que “los que mejor han hablado de la poesía son los propios poetas y algunos filósofos”.

La Universidad de Maryland, donde Bartra pronunció su conferencia sobre la utilidad de la poesía.

A Bartra no se le escapaba el punto de partida. Mencionó “la precariedad de todo intento de definir la poesía”. Sin embargo, también reconocía el “invencible deseo de desentrañar lo que [se] cree conocer por la experiencia o la intuición”. Añadía: “No sabemos qué es la poesía […] lo cierto es que está ahí, como el sol infalible y fuente de vida”. Hacia el final de su conferencia, Bartra expresó algo que bien podría ser su aproximación a una respuesta: la poesía como “bodas de la razón y la intuición”. Y colocaba a la poesía —en contraposición a Valery— en relación directa con su entorno extraliterario: “la poesía no es una cosa tan pura que no puede coexistir con las condiciones de la vida”.

Bartra llegaba al punto de la utilidad de la poesía, con su “credo de servicio” —compuesto en buena medida como ejercicio de imaginación y abierto, por tanto, a interpretaciones. Pero Bartra también dijo que: “La poesía, por virtud de su existencia, sirve para que aquellos que están ajenos a tratar de reconciliar una práctica con un éxtasis no se pregunten realmente para qué sirve”. Hablando, pues, de su utilidad, paradójicamente, colocó a la poesía como ajena a la utilidad. Al mismo tiempo, el décimo punto de su credo era práctico, por su sentido político. En él habló del “pueblo”, el “género humano” y de la necesidad de la poesía “para el hombre vivo y pluridimensional, es decir, el hombre que se modifica”.

Bartra fue poeta, narrador, dramaturgo, traductor y ensayista.

Los activistas ingenuos, académicos de pocas luces y políticos manipuladores —trasponiendo sin justificación hechos de un país a otro y usándolo como comodín explicativo de cualquier mal— pintan el panorama universal de un neoliberalismo apabullante que convertiría toda sociedad en despiadada maquinaria al servicio del interés privado. No obstante, una lectura adecuada de los entornos permite notar que las cosas no son exactamente así: en la Gran Bretaña posterior a Thatcher, por ejemplo, no hay un solo partido político —a pesar de la subcontratación de servicios impulsada por el gobierno laborista de Blair— que promueva la reforma radical, mucho menos la privatización, del servicio público de salud. En términos culturales, en esa nación hay diversas protestas colectivistas que concitan apoyos, incluyendo las de algunos artistas; por no hablar del peso, en Estados Unidos, de la censura inspirada por la corrección política, que sus promotores no postularían como parte de la lógica utilitaria.

Bastaría leer con atención a Harvey —crítico del “neoliberalismo”— para notar que con esa etiqueta se hace referencia a un proceso que no ha sido unívoco, lo que conlleva variaciones nacionales significativas; por ejemplo, la persistencia en ciertos países de aparatos gubernamentales para las artes, aunque adolezcan de fallas, como los retrasos al transferir subsidios a los creadores. Se adhiera uno, o no, a alguna de defensa de la utilidad de la poesía, sea uno u otro el servicio de la poesía; la oposición entre lo que algunos llaman neoliberalismo, y la poesía, no es tan tangible como pareciera a primer vistazo de sentido común. Sí, hay que imaginar alternativas sociales, pero hace falta partir de la realidad —que no es sustituible por consignas. Además, esto abre resquicios de posibilidad para la poesía.

La traducción al español de los poemas de Apollinaire que Bartra publicó en 1967.

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