Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

Pocos años para el fin del mundo

De cuando en cuando –en una escala cósmica, se entiende- la vida en la Tierra se convierte en un escenario de holocaustos masivos que la envuelven dentro de infiernos globales.

Sabemos que la primera extinción masiva ocurrió hace unos 500 millones de años en el período Ordovícico. Otra más en el Devónico, en el Triásico, en el Cretácico y también en el Pérmico, período en el cual sobrevino la más abrazadora y destructiva de todas: nueve de cada diez especies desaparecieron para siempre.

¿Y la sexta? Viene en camino y a paso veloz. No será la más destructiva –desde el punto de vista cósmico, insisto- pero sí la que nos tocará a nosotros, con dos características que la hacen “única”: esta destrucción en masa no habrá sido causada por fuerzas naturales, sino por la necia actividad humana, y su ritmo de aparición es el más acelerado de todos, pues su cauda apenas empezó hace 200 años. Su siniestro abrazo se volverá realidad global en este mismo siglo.

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Son cinco los motores de la magna destrucción que se avecina: 1) Los usos de la tierra y del mar han sido “significativamente alterados, en muchos casos de manera irreversible” Quiere decir: la invasión humana en el planeta ya modificó los ecosistemas de tres cuartas partes de todo el suelo disponible y dos terceras partes de las extensiones acuáticas. Nuestra huella y nuestras manchas se han establecido ya en la mayor parte de la Tierra (ya hay pequeñas ciudades en la Antártida y ahora mismo se deforestan enormes extensiones de la selva del Amazonas para dar paso a cultivos de soja, por ejemplo). 2) La sobreexplotación de especies –muchas de ellas clave para la cadena alimenticia- las tiene al borde de su desaparición. Especialmente graves son los recursos pesqueros pues la tercera parte, siguen siendo explotados hasta un punto “de no reproducción”, un destino de no retorno (tienen ustedes el ejemplo del suculento atún rojo). 3) El cambio climático aún no es la causa destructiva más importante pero sí la que avanza con mayor celeridad. Solo un dato: las emisiones de gas de efecto invernadero se han duplicado desde 1980; en 30 años y ya conscientes del riesgo, con todo y estudios y advertencias científicas a la vista, multiplicamos por dos, la cantidad de CO2 que habíamos tirado a la atmósfera en los 200 años precedentes. 4) La contaminación del agua y nuestra huella no degradable (sobre todo el plástico) ha crecido diez veces desde el mismo 1980 y, 5) Las especies extrañas, las que no son endémicas, han invadido y alterado los equilibrios esenciales de la vida en más de 20 países, entre ellos los más grandes del mundo (véase https://tinyurl.com/y4qv72ud).

Todo esto se documenta en un denso reporte, probablemente el más completo y más abarcador de los elaborados hasta ahora, presentado hace unas horas en París. Es la “Evaluación Global sobre Biodiversidad y Ecosistemas”, preparado por la Plataforma Intergubernamental (IPBES) auspiciada por la ONU.

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Cincuenta países, 310 especialistas y un lustro de trabajo nos ponen de frente a la realidad inminente (en términos humanos) de una sexta extinción masiva, en la cual, una de las ocho millones de especies animales y vegetales existentes, podrían desaparecer a la vuelta del 2100 si la civilización no se prepara para pagar el costo de cambiar su “modelo de desarrollo”, sus “patrones de consumo” o su “estilo de vida”.

Apagar la vida de miles y miles de especies es un proceso que ya está en marcha y acelerándose a partir del siglo pasado. En el reino vegetal: las viejas y remotas plantas (como helechos) que acompañaron a los dinosaurios, ya no aguantan más. Las magnolias y otras plantas de flor antigua, tampoco. Y en el reino animal los anfibios son los que han sufrido más, con los crustáceos y mamíferos más grandes, los que van a la cabeza de ese lúgubre pelotón. Conclusión: “…la vida en la tierra exhibe un declive sin precedentes y su extinción irreversible es cuestión de décadas”. Algo tan gigantesco y tan destructivo, nunca había sido visto por la especie humana, entre otras cosas porque esta vez ha sido causada por la especie humana.

MIENTRAS TANTO…

En México volteamos para otro lado y debe decirse: la protección ambiental y el desarrollo sustentable han sido marginados de la visión nacional de desarrollo, en el momento global que mas se necesitaba.

Esto empezó con Peña Nieto pero continúa chabacanamente en los planes y los presupuestos del gobierno de López Obrador. “Nunca hemos invertido ni gastado lo suficiente en el medio ambiente, pero lo que se observa en los últimos cuatro años, incluso 2019, es un retroceso que puede tener consecuencias muy graves para el patrimonio natural mexicano… y al cabo… para la salud, la economía y los medios de vida de la población”. Continúan los datos: “Ya en 2016 el ajuste (contra el medio ambiente) fue muy significativo, pero en 2017 se registró un verdadero desplome de casi 40 por ciento del presupuesto de la SEMARNAT”. Y más: “…algunos organismos como las Comisiones Nacionales de Agua y Forestal sufrieron una caía mucho peor”.

Por si no fueran suficientes las malas noticias “El gasto ambiental federal equivale al 0.12 del PIB en 2019, representa apenas un tercio del registrado en 2012… un nivel parecido al que teníamos a finales del siglo pasado”, cuando el asunto no tenía los visos apocalípticos que ya dibuja hoy (ver Julia Carabias y Enrique Provencio: “El presupuesto federal de medio ambiente: un trato injustificado y desproporcionado”. Este País núm. 336, abril de 2019).

En resumen: de 2012 a 2018 el presupuesto ambiental se había desplomado en 44.6 por ciento. Pero volvió a descender 32.1 por ciento ya en el primer año de este sexenio. Con esa decisión, la reducción acumulada (2012 a 2019) llegó a ¡76.7 por ciento! en menos de una década (véase https://ceiba.org.mx/).

Menos inversiones en obra hidráulica, proyectos urgentes, necesarios para millones de mexicanos cancelados, capacidades de evaluación y estudio virtualmente suspendidas, la CONABIO –la principal fuente productora de información sobre la biodiversidad en México y ejemplo mundial- castigada como nunca, la mitad de personal para salvaguardar las Áreas Naturales Protegidas y un largo y dramático etcétera.

En resumen: cuando más importante y más urgente era la acción gubernamental, menor relevancia, menores recursos y menos instrumentos se otorgaron a la protección y la sustentabilidad nacional. Una contribución muy mexicana para el fin del mundo.

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