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Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

Plaza pública

Se cumplen diez años de la muerte de Miguel Ángel Granados Chapa, maestro del periodismo que mejoró las páginas de este diario seis veces a la semana.

Subdirector de Excélsior y La Jornada, fundador de Proceso y Mira, autor de 16 libros, Granados Chapa comenzó a publicar su columna “Plaza pública” en 1977, en Cine mundial, y la sostuvo durante más de tres décadas. Fue un maratonista que ganaba a diario una carrera corta.

Antes de que Google llegara en auxilio de la desmemoria, citaba datos con una precisión insólita, que se extendía al repertorio del bolero. Humberto Musacchio lo llamó “El Señor Constitución” por su destreza para recordar los olvidados principios de la Carta Magna.

Su teclado echaba humo ante los abusos. El 16 de febrero de 1998 publicó en Reforma el artículo “Sosa Nostra”, donde denunciaba la corrupción en la Universidad Autónoma de Hidalgo a manos del rector Gerardo Sosa Castelán, quien contaba con la pasividad cómplice del gobernador priista Jesús Murillo Karam. En 2004, Alfredo Rivera Flores prosiguió esa investigación en el libro La Sosa Nostra, porrismo y gobierno coludidos en Hidalgo, con prólogo de Granados Chapa. Ambos fueron demandados por Sosa por presunto “daño moral”. La búsqueda de la verdad tuvo como respuesta la persecución.

El 31 de agosto de 2020, el ex rector y ex diputado del PRI fue detenido por fraude fiscal, peculado y manejo de recursos de procedencia ilícita. La Unidad de Inteligencia Financiera confirmó que las indagaciones de Granados Chapa y Rivera Flores tenían sólido sustento. El político hidalguense se había hecho de tres mil millones de pesos en cuentas de 22 países.

Agudo ante los culpables, Granados Chapa apreciaba la discrepancia intelectual. En 2011, Vicente Leñero publicó la crónica “Cuando Miguel Ángel se fue…” para repasar su amistad con el autor de “Plaza pública”. Ambos participaron en el Excélsior que Julio Scherer García dirigió de 1968 a 1976. Fueron testigos del mayor golpe a la libertad de expresión, orquestado por el presidente Echeverría, y compartieron las fatigas para crear Proceso. No es fácil mantener el afecto entre amenazas y urgentes exigencias. En Los periodistas, imprescindible novela sin ficción sobre el caso Excélsior, Leñero critica a su amigo por alejarse del carismático Scherer. Esa tensión llevaría a la salida de Granados Chapa de Proceso, en 1977. Con una honestidad inusual en nuestro medio, Leñero dice en 2011: “Fui injusto. No supe entender su búsqueda. No respeté su decisión. No logré valorar lo que había sido como líder de muchos en Excélsior y en Proceso. Ahora me arrepiento, y a treinta años me atrevo a ofrecerle la disculpa que jamás solicitó. Nunca reclamó mi exagerado desplante”.

De 1978 a 1979, Granados Chapa dirigió Radio Educación, donde yo hacía el programa El lado oscuro de la luna. Años después le recordé que había sido mi jefe y respondió con la voz grave que conocían los radioescuchas: “Pero nunca le di una orden”. No necesitaba hacerlo. Su autoridad se imponía con el ejemplo.

En 2007 coincidimos como jurados de un premio de periodismo convocado por la editorial Random House. También Leñero formaba parte del grupo. Al revisar los trabajos, Granados Chapa apoyó con entusiasmo a Jaime Avilés, con quien me unía una lejana amistad. Jaime había trabajado con él y solía criticarlo. Miguel Ángel lo sabía, pero su valoración no dependía de lo que alguien pensara de él. Leñero y Avilés podían cuestionarlo sin que eso mermara su aprecio. Una lección de ética para los tiempos de polarización que padecemos.

En Los periodistas, Leñero comenta que Granados Chapa escribió, sin firma, el último editorial del legendario Excélsior. Ahí decía: “Es la libertad de expresión la que está amenazada. No una libertad al uso del siglo XIX, propia sólo de un puñado de escogidos, sino la de los sectores socialmente disminuidos que en estas páginas encuentran la manifestación de sus carencias, de sus males, de sus aspiraciones. Se amenaza en vías de hecho a una libertad que es necesaria a todos, aun a los que se ofenden con su ejercicio”.

Las palabras del maestro no han perdido fuerza: la libertad de expresión no debe ser atributo de quienes detentan privilegios para opinar, sino de quienes normalmente no pueden hacerlo.

Fiel a ese principio, el inmejorable espacio abierto por Miguel Ángel Granados Chapa llevó el nombre de “Plaza pública”.


Este artículo fue publicado en Reforma el 08 de octubre de 2021. Agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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