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Luis de la Barreda Solórzano

Perdones

¿A ustedes les interesaría, lectores, que la Corona española nos pidiera disculpas por la Conquista? ¿O que el Gobierno de la Ciudad de México implorara perdón a los gobiernos de las entidades correspondientes por las masacres de los gobernantes de la Gran Tenochtitlán contra los tlaxcaltecas, los totonacas y otros muchos grupos sometidos por el imperio azteca?

¿Le interesaría al gobierno español que el gobierno mexicano se disculpara por los crímenes de las huestes de Hidalgo contra numerosos gachupines civiles, niños y mujeres incluidos, en la toma de la Alhóndiga de Granaditas? ¿Nos interesaría a los mexicanos que el presidente estadunidense se excusara con nosotros por la anexión de la mitad de nuestro territorio? ¿O que el presidente francés nos suplicara que perdonemos a su país por la invasión de las tropas de Napoleón III y la imposición de Maximiliano como emperador de México?

Hay dos cosas que no tienen remedio: la muerte y el pasado. Por más disculpas que se pidan por lo que sucedió siglos o años atrás, eso no cambia los hechos de entonces. Nada borra las atrocidades pretéritas. La contrición puede ser importante individualmente para reforzar el propósito de no reincidir en descuidos, faltas, mezquindades, irresponsabilidades o delitos. Pero la súplica de perdón de un gobierno a otro por hechos remotos en el tiempo, atribuibles a personas distintas del suplicante, carece de relevancia práctica.

Las únicas disculpas que considero indispensables son las que yo mismo me sentiría obligado a pedir por una descortesía, una ofensa o la realización de un acto injusto, o por haberle fallado a alguien. Creo que cada cual sólo puede disculparse verdaderamente por conductas propias, no de terceros. Y si el agravio o el daño causado puede revertirse o aliviarse, la disculpa tiene valor sólo si se acompaña de las acciones aptas para enmendarlo.

Si el presidente Andrés Manuel López Obrador me preguntase qué opino sobre su obsesión de que la Corona española nos pida perdón por los hechos de la Conquista, le diría que, si bien es cierto que en ésta ocurrieron, como en todas las conquistas, abusos criminales —no más graves, por cierto, que los que los conquistados mexicas cometían contra otros pueblos—, aquello está muy lejano cronológicamente, y agregaría la obviedad de que sin esa Conquista ni él ni yo hubiésemos tenido la fortuna de nacer. Sin el mestizaje a que dio lugar la Conquista no existiría México.

Lo realmente importante —le diría al Presidente—, en vez de exigir el perdón de los monarcas españoles por sucesos de hace cinco siglos, sería, aun sin una disculpa explícita, realizar las acciones pertinentes para revertir los daños que su gobierno le está haciendo al país. La rectificación sería la mejor disculpa. Deje de inyectar odio —le aconsejaría— en sus conferencias mañaneras, de difamar y calumniar a quienes tienen puntos de vista distintos a los suyos. Nadie debe ser estigmatizado por ejercer su derecho a la crítica.

Hablando con sinceridad —añadiría—, los resultados de su gobierno son indefendibles en el manejo de la pandemia, la atención a la salud, la economía, el empleo, la incidencia delictiva, el medio ambiente, los contrapesos propios de una democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos, el trato a los servidores públicos, la protección de las mujeres. Debe corregir el rumbo para que las cosas mejoren.

Ahora mismo —le indicaría— usted puede realizar una rectificación importante dando marcha atrás en el fideicomicidio que está perpetrando su gobierno. Esos fondos —usted lo sabe, subrayaría— son imprescindibles para la ciencia, la tecnología, la academia, la cultura, la creación artística, el cine, la agricultura, la atención a desastres naturales, la protección de víctimas, etcétera.

No puede usted decir —enfatizaría— que quienes se oponen a la extinción de los fideicomisos están defendiendo la corrupción, pues la medida ocasionará opacidad absoluta —aliada de las corruptelas—, ya que los recursos podrán utilizarse discrecionalmente. Eso se traducirá en pérdida de oportunidades, detrimento de la independencia económica o creativa de los afectados y retrocesos en luchas de años.

Me despediría diciéndole: no hace falta que pida perdón, lo cual a nadie le sería de utilidad: mejor rectifique.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 15 de octubre de 2020. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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