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Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Pedro Infante, el ídolo de un México que se niega a morir

Pedro Infante canta Despacito de José Alfredo Jiménez. Así para recordar al ídolo de México quien nació un día como hoy. Pedro es, quizá, el máximo símbolo del mexicano asociado con ramilletes de mujeres, vestido de charro, borracho, parrandero y jugador. Un México que todavía existe y es una expresión de cultura y folclore. Hay canciones que envejecieron mal y otras que continuarán en el decurso de los años.

Infante es quien más ha concentrado el cariño del pueblo, incluso hasta el paroxismo y la incredulidad (“Pedro Infante no ha muerto”). Su accidente en el avión donde viajaría de Mérida a la Ciudad de México se debió a una sobrecarga. Es decir, a un error humano y eso, quizá, también explique la conmoción del público. Es el maldito destino según el mexicano promedio, que pasa con las almas escogidas por Dios. Es, decimos los no creyentes, símbolo de la mexicanidad y el nacionalismo tan expandido en aquellos años, entre los 40 y principios de los 70, lo que dio cobijo a deportistas (“El Toluco” López o luego  “El Ratón Macías”) y cantantes (Lucha Reyes, Negrete y el mismo Pedrito además del mismo José Alfredo).

Aunque la facilidad histriónica de Infante y su mancuerna con Ismael Rodríguez fue decisiva para afianzarse como emblema del país, más aún cuando el fue decisivo para conseguir recursos del pueblo mismo y ampliar el atril de la Basílica de Guadalupe de aquel entonces. Así. El charro mexicano, las mujeres y el vino junto a la Lupita, conformaron el lienzo de nuestra propia identidad.

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