Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

Pasión canalla

En el futbol se ama y se odia sin que eso pueda ser absurdo. Cualquier emoción está permitida, siempre y cuando provenga de los colores del equipo.

Pero no todos los países se apasionan del mismo modo. En un planeta donde las ilusiones y los desencantos están bien repartidos, el futbol ha encontrado una reserva de la exageración. Me refiero, por supuesto, a Argentina.

En ningún otro sitio la hinchada influye tanto en la gesta. No es casual que ahí haya surgido el mejor apodo para el público, que actúa como “jugador número 12”.

En una ocasión asistí a la disputa del trofeo Gamper en el Camp Nou, que anuncia el inicio de la temporada. El Barça enfrentaba al Boca Juniors, al que superó sin demasiadas dificultades. En las gradas, el resultado fue distinto. Dos mil argentinos hicieron más escándalo que noventa mil catalanes. El desborde emocional de la barra bostera hizo que los demás espectadores parecieran aficionados a la ópera.

Recordé entonces algo que me ocurrió en el estadio Monumental de Buenos Aires, con motivo de un River-Boca. Un señor reconoció mi acento y quiso despejar una interrogante. Le habían dicho que en México los hinchas de equipos rivales podían sentarse uno al lado del otro. “¿Y no se matan?”, quiso saber. El diálogo ocurrió hace décadas, cuando nadie moría en nuestras tribunas, de modo que dije que, en efecto, alguien del América podía ir al futbol en compañía de alguien del Guadalajara. El hombre reflexionó un momento y exclamó en forma inolvidable: “¡Uh, pero qué degenerados!”.

Años después asistí a otro clásico argentino, esta vez en la Bombonera del Boca. Le conté la anécdota anterior al taxista que me llevaba al estadio y también su respuesta fue emblemática: “Eso no es nada, yo soy de Rosario y nosotros nos odiamos más”.

Se refería a la oposición entre los canallas de Rosario Central y los leprosos de Newell’s Old Boys. La pasión se define por lo que amas, pero también por lo que repudias; no basta procurar el bien, hay que rechazar el mal.

Canallas y leprosos han encontrado una forma inquebrantable de necesitarse. Para ellos, ganar el título es menos importante que vencer al archirrival, lo cual garantiza la emoción, pues no se necesita obtener el campeonato para ser feliz; basta vencer al Diablo.

Jorge Valdano ha dicho que ser rosarino es una forma exagerada de ser argentino. De manera lógica (hasta donde los excesos tienen lógica), el gol más celebrado de la historia involucra a leprosos y canallas. El 19 de diciembre de 1971, Newell’s y Rosario disputaron la semifinal del torneo en Buenos Aires. El partido terminó 1-0 en favor de los canallas gracias a un gol de palomita de Aldo Pedro Poy. El equipo auriazul pasó a la final, que conquistó pocos días después, pero eso ya carecía de relevancia. Lo importante era haber vencido al enemigo próximo, al vecino o al pariente del que te podrás burlar durante meses.

Desde entonces, cada 19 de diciembre, el héroe de 1971 repite el lance en una ceremonia a la que asisten fanáticos de garantizado pedigrí. A los 76 años, el veterano comenta: “Lo difícil no es repetir la palomita sino levantarme después”.

El futbol nunca sucede en silencio. El gol en el que Maradona burló a media docena de ingleses produjo una célebre narración en la voz de Víctor Hugo Morales, y la palomita de Poy originó el que quizá sea el mejor cuento de futbol: “19 de diciembre de 1971”, de Roberto Fontanarrosa. Como esa anotación no deja de caer, acaba de inspirar una espléndida novela del chileno Francisco Mouat: Paraíso canalla.

Tanto Fontanarrosa como Mouat centran sus historias en la afición y en su desaforada manera de sufrir y gozar a causa de los goles. El hincha vive en estado de superstición y delega su bienestar a un recurso mágico, el rendimiento del equipo. La pasión canalla es menos sofisticada que la astrología de los caldeos, pero tiene la misma raíz.

Este año el Mundial se celebrará en Qatar, país que viola los derechos humanos, y beneficiará a empresas que se apropian de los últimos ahorros de los aficionados. La especulación monetaria alcanzará niveles inauditos en estadios refrigerados para combatir temperaturas de 45 grados.

Ese torneo fastuoso terminará el 18 de diciembre. Un día después volverá a celebrarse el gol que ya cumplió medio siglo y que demuestra que la auténtica pasión no depende del dinero porque se paga con el alma.


Este artículo fue publicado en Reforma el 01 de julio de 2022. Agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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