Manuel Cifuentes Vargas

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Doctor en Derecho por la UNAM.

Paradojas de la democracia

Los partidos políticos nacionales, por lo menos hasta ahorita, son todavía los mejores canales para la acción política del pueblo. Su papel no debe limitarse exclusivamente a tomar parte en los procesos electorales federales. Considerando la importancia de la vida política interna de las entidades federativas, se reconoce el derecho de que puedan intervenir en las elecciones estatales y en las destinadas a integrar las comunas municipales. Todo ello, a través de un permanente intercambio de ideas y de comunicación en tiempos electorales y no electorales con la gente.

La erección del sistema de partidos políticos y el cada vez mayor fortalecimiento de estos institutos que ha acontecido a través del tiempo, ha permitido a su vez mejorar nuestro sistema de libertades, dándole presencia, voz, participación y voto a quienes no la tenían, así como respetando el derecho de las minorías a preservar su identidad y a manifestarse sin obstáculos, entre otros derechos más. En un régimen constitucional de libertad como el nuestro, y que es un valor supremo que estamos forzosamente obligados a preservar a toda costa, se reconoce la disidencia como propia de la condición humana y, por ende, la garantía que protege la libre expresión del pensamiento, ha permitido que por todos los medios se manifiesten las ideas más diversas, incluso hasta las más opuestas.

Cuánta razón tenía el filósofo francés François-Marie Arouet, conocido universalmente por su seudónimo, “Voltaire”, cuando ya desde aquel lejano siglo XVIII defendía el derecho político humano a la libertad de expresión, cuando dijo: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, la cual encierra en sí misma toda la gama de opiniones a que dé lugar la grandiosa libertad de pensamiento, donde podremos encontrar coincidencias y divergencias, incluso también hasta disentir totalmente.

I. La página del financiamiento

La lucha de los partidos políticos para erigirse firmemente en uno de los instrumentos políticos más abocados a constituirse en factores reales de la vida democrática, ha sido permanente. El camino en este sentido ha sido largo y a veces sinuoso en su búsqueda y conquista de diversos derechos políticos. Uno de ellos que se había venido quedando a la zaga, es el relativo al renglón financiero que es de vital importancia para estos institutos políticos, ya que es oxígeno puro para la existencia y operación de los partidos políticos, en cuya faceta han venido avanzando paulatinamente a pesar de que éste es vertebral para que estén en condiciones reales de competir. Los partidos políticos sin recursos económicos, solo serían simbólicos en la carrera electoral y en la vida democrática de un país, pues la verdad, para hacer política se requiere dinero.

En efecto, el apoyo financiero a los partidos políticos tiene una larga historia, a pesar de que haya razones más que válidas para su otorgamiento; sin embargo, éste ha sido “a cuenta gotas” en vocablos populares. Sus objetivos son varios: prevenir que grupos económicos los coopten en favor de intereses particulares; evitar el uso de recursos de fuentes anónimas, prohibidas o ilegales y garantizar recursos financieros suficientes para que exista una real y equitativa competencia electoral, en donde todos los partidos políticos y los candidatos cuenten con recursos limpios disponibles, de tal suerte que les permitan una amplia y adecuada difusión de sus ideas, así como de sus propuestas legislativas y/o de gobierno, según sean sus pretensiones para acceder a un cargo de elección popular.

Lo anterior, a efecto de que la ciudadanía conozca las propuestas y elija la que más le convenza y le convenga, en principio en una visión individual, pero también viendo a la sociedad con una visión general y al país con una visión de Estado. Consideramos que estos segmentos socio-políticos-económicos, no pueden ir desasociados, sino por el contrario, bien engarzados para formar un todo integral en una decisión responsable.

De esta manera se hace posible la encomienda constitucional contenida en su numeral 41, relativa a: “promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de los órganos de representación política y como organizaciones de ciudadanos, hacer posible el acceso de éstos al ejercicio del poder público.”

Ahora bien, retrotrayéndonos en el tiempo, un primer antecedente de apoyo económico a los partidos políticos data del año 1963 al quedar exentos del pago de impuestos. En 1973 se les otorgaron franquicias postales y telegráficas. A partir de la importante reforma político-electoral-constitucional de 1977, se da como prerrogativa en favor de los partidos políticos, el acceso a los medios de comunicación: radio y televisión. En 1987, por primera vez se otorga financiamiento público en numerario a los partidos políticos, pero sólo para gastos de campaña. A partir de 1990, se otorga financiamiento para gastos generales: hoy clasificado como gasto ordinario, actividades específicas y campaña. Todo ello siempre con el propósito de que hubiera más equidad y reglas claras en la distribución del financiamiento.

Acciones afirmativas de lo anterior, son las relativas a la posibilidad de tener acceso a los medios masivos de comunicación, a franquicias postales y telegráficas, así como al otorgamiento de un financiamiento razonable y suficiente conforme a determinadas reglas escritas; es decir, “constante y sonante” en palabras comunes, para su operación política ordinaria; y una cantidad adicional para que realicen actividades tendientes a la construcción de ciudadanía y mejora de la calidad de la democracia, así como la obligación que tienen a disponer de un porcentaje del gasto ordinario, para contribuir a cementar la igualdad de géneros y fomentar el liderazgo político de las mujeres, a fin de procurar el empoderamiento de las mismas en todo el tejido democrático.

El ejercicio del derecho de los partidos políticos a difundir sus ideas en los medios de comunicación, se traduce en mayor respeto al pluralismo ideológico y programático, a la vez que con ello cobra plenitud la constitucional libertad de expresión. Por otra parte, la diversidad de opiniones expresadas de manera regular por los partidos políticos en medios tan importantes como son la radio y la televisión, sumadas a las de otras fuentes generadoras de información como lo son las digitales, contribuyen a que éstas sean más objetivas y a que la opinión pública al contar con una mayor variedad de criterios y puntos de vista, esté mejor informada, de tal suerte que le permita una mejor toma de decisiones al momento de ejercer su derecho al voto y después en su participación en la vida política del país.

Con todo esto, queda más que claro que los partidos políticos vienen a revelarse como uno de los más importantes vehículos obligados a coadyuvar a mejorar la calidad de la vida democrática del país. Y esto es posible a través de esas dos carreteras: con la participación de mujeres en un plano de igualdad pero también de capacidades, así como con más formación y cultura política democrática.

Los partidos políticos han jugado un significativo papel en el entorno nacional, por lo que se debe reconocer que son importantes para la sociedad, pues de acuerdo con su naturaleza jurídica y política deben constituirse en un apropiado resorte comunicante entre la gente de a pie y las organizaciones sociales con los gobiernos. Es por esto que se les ha considerado entes de interés público y social, porque son los que todavía fundamentalmente representan el cauce para la participación ciudadana, y la vía para examinar, conciliar y resolver pacíficamente nuestras diferencias y visiones políticas, económicas y sociales, en la construcción de un superior objetivo común, que es el país.

Por ello, por salud política, pero también por salud social, el Estado tiene el deber y la obligación de asegurar las condiciones para su sano desarrollo y participación, creando un ambiente y un espectro seguro, neutral, confiable, imparcial, equitativo y de veredas desbrozadas para que haya camino parejo en el andar político-electoral. Por eso, me atrevería a decir que los sistemas de partidos políticos deberían ser considerados una razón de Estado, porque además deben cumplir con un genuino, legal y legítimo contrapeso del poder, de vital importancia en las democracias, mediante el forjamiento de las oposiciones reales, informadas, razonadas, objetivas, propositivas, responsables y constructivas.

De ahí que cuando en los países no se tiene financiamiento privado o éste es escaso o insuficiente, el financiamiento público debe ser el suficiente para que los partidos políticos puedan hacer su trabajo y cumplir con su función política-normativa. De no ser así, el riesgo es mayor cuando se pretende reducir el financiamiento, pues se corre el peligro de que se les pueda paralizar políticamente al no contar con la suficiencia de recursos económicos para que cumplan con la misión para la que son instituidos, poniéndose en peligro no solo la democracia, sino incluso impactar en la viabilidad del crecimiento y del desarrollo progresivo de un país.

Con todos esos proyectos de corto plazo que se traen en camino en el sentido de reducir el financiamiento aprovechando cualquier circunstancia o acontecimiento para ponerlo y volverlo a poner en la mesa, y lo que ya parece ser un hecho de la creación de más partidos políticos, considero que posiblemente se esté apostando a reducir, financieramente hablando, a su mínima expresión a los partidos políticos, el cual conlleva su respectivo impacto en su esfera político.

II. Configuración del sistema de partidos políticos

Siempre se ha discutido, aquí y allá y ayer y hoy, el número de partidos que deberían formalmente existir y participar en un sistema de partidos políticos. De ahí que a veces se muevan los requisitos que se deben cumplir para aspirar a obtener el registro respectivo como tal; igualmente el que a veces se suban y a veces se bajen los porcentajes de la votación para conservar el registro como partidos políticos y, en otras, después de acaloradas deliberaciones en los diversos espacios, se termina quedando el mismo porcentaje de la votación para conservar el registro. La fórmula que hoy se aplica en el país para que los partidos políticos nacionales conserven su registro, está referida a la obtención de cuando menos el 3% de la votación válida emitida.

¿Tantos partidos políticos para qué, a veces pregunta la gente?; ¿realmente para representar a corrientes de pensamiento de la sociedad y que no se siente representada por ninguno de los existentes?; ¿porque hay un hueco ideológico por ocupar en el cordón ideológico del sistema de partidos existente?; ¿para satisfacer proyectos políticos personales o de grupo, como ha habido experiencias de este tipo, y que por lo mismo los ha hecho transitorios?; ¿para apoyar al partido que ya está en el poder?; ¿para hacer un contrapeso al poder y al partido en el poder? Pero si la idea es hacer contrapeso al poder, ¿no será que se tendrá un efecto contrario a lo que se quiere y se persigue, debilitando a los propios partidos existentes y al mismo sistema de partidos, tanto en la competencia electoral, como en las cámaras legislativas o como oposición al gobierno?

Lo natural es que nacieran los partidos políticos sin límites y siempre que cumplieran con los requisitos normativos, pues estaríamos hablando que esto sería lo lógico, lo correcto, lo normal en democracia; esto es, en puridad democrática. ¿Pero es razonable y no la debilita y la hace vulnerable ante las tentaciones del poder cuando en sus venas no fluye un espíritu democrático; cuando en su alma no anida el hálito de la democracia?

Y cabe hacernos otra pregunta más. ¿Acaso la solución está en la existencia de muchos partidos políticos y sobre todo en aquellos momentos en que el poder se enseñorea y ensombrece, y lo que busca de inmediato es cómo debilitarlos, acudiendo a la vieja fórmula de dividir para disminuir o atomizar a los opositores?; esto es, dividiendo para vencer, para transitar con comodidad. Porque al margen del argumento válido de que con más partidos es mayor la representatividad de la diversidad político-social; también lo es que con más partidos en tiempos políticos complicados, es igual a, por una parte, pulverizar el voto y, por otro, más fácil cooptar a sus legisladores. Asimismo más partidos políticos es sinónimo de menos dinero, para los mismos efectos de reducirlos en su presencia, voz y operación política.

Los siete partidos políticos actuales que componen el sistema de partidos políticos, me parece que están cubriendo las grandes líneas ideológicas: Centro izquierda, centro y centro derecha. Creo que ya no hay extrema derecha y extrema izquierda. Y en esos espacios considero que bien podrían caber algunos de los actuales candidatos al registro como partidos políticos. Tienen que ser oposiciones reales, fuertes, unidas en las líneas políticas fundamentales que requiere el país y altamente competitivos, si no, me atrevo a pensar que nada tienen que hacer en la práctica, aunque quizá no en la teoría, al tener partidos discapacitados operativamente con bajo nivel competitivo o minipartidos; todos ellos vulnerables ante la fuerza, potencia y soberbia del poder.

De la amplia extensión ideológica y política que hay en un sistema político abierto y plural, las organizaciones que pretenden un registro; es decir, constituirse en nuevos partidos políticos, ¿acaso no encuentran un lugar en los partidos políticos que ya se ubican en estos espacios del extenso espectro ideológico que existe, para alojarse en alguno de ellos, y que al hospedarse en uno de estos partidos políticos, bien podrían enriquecerse mutuamente: uno aportando su patrimonio político ya adquirido y las organizaciones con sus novedades, inquietudes y fuerte deseo de participación?. Porque partidos políticos coyunturales o temáticos pueden surgir muchos, pero me parece que no se trata de esto; de crear solo por crear partidos; sino que haya partidos políticos verdaderamente sólidos que representen la amplitud de toda una ideología, en la que los temas por amplios que sean, habiendo buena voluntad política, entran en esta tipología sabiéndolos acomodar, toda vez que hasta para esto da la plausible nobleza de la democracia. Sabio es el refrán popular cuando dice: “Todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar”.

Si se agrupan las organizaciones serán más fuertes y harán la fuerza. El ingenio popular acertadamente receta esta fórmula, cuando dice que “la unión hace la fuerza”. La división y todas por su lado, las hacen débiles y, en el fondo, muchas de las veces es lo que le gusta y complace al poder, porque sabe que lo favorece y fortalece aún más, teniendo organizaciones y partidos políticos a modo. “Divide y vencerás”, es la contraparte.

¿Pero entonces cuál debería ser el número ideal o más conveniente de partidos políticos que deberían existir? Creo que difícilmente se podrá decir a ciencia cierta el número de estos institutos que debería haber, porque nada es perpetuo y la dinámica político-social de las sociedades modernas va cambiando los escenarios y circunstancias a las que se tienen que ir acomodando los países. Pero también pienso que quizá lo más razonable es que, en todo caso, sea el que represente la extensión ideológica y no se queden vacíos en ésta, y no solo constituirlos por proyectos específicos, para que por su firmeza y solidez sean perdurables, de tal suerte que cuando no estén en el gobierno se transformen en una firme, sólida y responsable oposición, que contribuya verdaderamente a atemperar el poder, a fin de que no se tengan partidos dóciles y colaboracionistas.

Luego entonces, ¿qué es lo más cuerdo, razonable y prudente en tiempos difíciles? Como en otros terrenos, la política también es de tiempos, movimientos y circunstancias; por lo que ante los riesgos que se ven venir, este puede ser el tiempo en el que hay que detenerse un momento para meditar con calma y tranquilidad, y con toda mesura ver si es el tiempo de abrir más la puerta para el ingreso de nuevos partidos políticos o en qué instante hacerlo. En palabras burdas, a veces más vale “ir con pies de plomo”, lo recomienda el dicho popular, y ser prudentes y moderados en la toma de decisiones por parte de los órganos correspondientes, en cuanto al surgimiento de más partidos políticos.

Pero ahora el dilema que se presenta es ¿qué hacer? Hay que reflexionarlo con calma, seriedad y decidir con toda la templanza y prudencia que el caso amerita, porque lo que a veces está en juego es el futuro de un país y de sus nuevas generaciones. Y en este sentido nadie, ni gobernantes ni gobernados por apatía o miedo dejando de cumplir con sus deberes y roles políticos, cívicos y patrios que les corresponden, tienen derecho a comprometerlas y menos a hipotecarlas. Por eso, en las épocas políticas difíciles para el momento y adversas para el futuro de un país, creadas e impuestas por el poder, lo que con mayor razón se debe ver en primera instancia, es el bien del país y de su democracia; esto es, lo mejor para la salud del país de que se trate, y luego lo demás. Los países no se les pueden ir de las manos a las sociedades; porque no son propiedad de unos cuantos, ni de muchos. Los países son de todos; de toda la sociedad. De ahí que siempre se debe procurar buscar los mayores consensos posibles que involucre a todos y para el bien de todos. El país y la democracia son de todos.

Que quede claro, no estoy en contra del nacimiento de nuevos partidos políticos que representen una mayor gama de expresiones políticas de los ciudadanos, pues sería ir en contra de mi espíritu democrático. Y prefiero hacer esta aclaración, porque el poder judicial de la opinión pública que se manifiesta a través de las redes sociales es muy dura cuando juzga y sanciona. Pero sí creo que hay momentos favorables para ello, así como en ocasiones es conveniente hacer un alto en el camino, para reflexionar la nueva creación de éstos, cuando el ambiente político no es propicio para ello, por los riesgos contrarios que puede traer ante las ambiciones del poder. Simplemente lo que hago, es un llamado a la reflexión, y en esa meditación entramos todos: los actores políticos interesados y aspirantes en la formación de nuevos partidos políticos; las instituciones correspondientes en esta materia y la gente en general, porque es un tema de todos. Definitivamente hay que valorarlo, y ahí lo dejo para la reflexión. Es una cosa de responsabilidad, y aunque con otra visión, también es un asunto de Estado.

III. Voto responsable

En su sentido más moderno, la democracia no solamente es el gobierno de la mayoría; es también la consideración de los contrarios y la inclusión de las minorías. La idea es justamente permitir a la minoría que tenga la oportunidad de que tenga presencia, voz y voto, así como a aspirar eficazmente a hacerse mayoría. Y a la mayoría ejercer las atribuciones y responsabilidades del poder público en saludables, civilizados, plausibles, democráticos y, por lo tanto, en aplaudibles consensos. Ni la impotencia de la minoría, ni el aplastamiento de la mayoría, y menos la parálisis responden a una auténtica democracia, antes bien, la democracia, a la manera de las justas olímpicas, representa el juego limpio entre contrarios, reconciliados periódicamente como resultado de una voluntad popular eficaz.

Si bien es cierto que debemos tener presente que las mayorías son quienes tienen mayor peso, legitimidad y legalidad para gobernar, también lo es que lo deben hacer consensando con las minorías; y lo es también que debe evitarse el abuso de éstas, que surge cuando se impide la participación política de las minorías o de los que piensan en sentido contrario. El gobierno que excluye a los que no piensan igual que él, únicamente en apariencia es popular y demócrata.

Las ideologías y los partidos políticos que se mueven en sus pistas en nuestras sociedades modernas (izquierda, centro, derecha, centro izquierda y centro derecha, o como lo dicen ahora para matizar los extremos ideológicos, izquierda moderada y derecha moderada) deben generar las condiciones, el acomodamiento y la cohesión de estas ideologías en un número determinado de partidos políticos, pues de lo contrario, la existencia de múltiples actores generará la preponderancia y, por lo tanto, el dominio del partido en el poder, desfigurando el sano equilibrio o contrapesos en la competencia del sistema de partidos políticos.

No siempre, pero sí a veces, dependiendo de las circunstancias políticas reales en que en ocasiones se ven envueltos los países, el número excesivo de opciones políticas favorece solo al partido dominante y debilita o evita que otras formas de pensar sean capaces de lograr los votos necesarios para acceder al poder y, en su momento, los constructivos y sanos consensos en el círculo de los órganos legislativos, así como en el circuito de la administración de los gobiernos, dándose una tajante imposición de voluntades a modo.

Y la realidad nos muestra que, hasta cierto punto, es natural que las personas se agrupen en torno a quien ejerce el poder, ya que la dependencia económica, cuando no se tiene una cultura político-democrática y un sólido espíritu cívico, muchas veces orilla al individuo a pensar y a actuar así, sin medir o aquilatar las consecuencias sociales de decisiones individuales de conveniencias de corto plazo.

De ahí que a veces se cultive entre la gente el “voto de conveniencia” y/o el “voto sentimental”, los cuales no responden correctamente a una verdadera conciencia de responsabilidad ciudadana. El auténtico ciudadano siempre debe emitir su “voto responsable”.

Solo por tomar un segmento como ejemplo, en 2018 el número de ciudadanos inscritos en la lista nominal fue de 89, 123, 355. Para Presidente de la República votaron 54, 975,188. Esto significa que 34, 148,167 ciudadanos que tramitaron su credencial para votar y que la mantuvieron vigente, decidieron no votar. En términos generales y en un primer acercamiento, podríamos decir por el momento, que probablemente porque ninguna opción les convenció, pero tampoco podemos dejar de señalar, porque es una verdad de perogrullo, que en muchos casos todavía es por una marcada apatía sobre el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones jurídicas, políticas y cívicas ciudadanas. Y esta lectura se traduce, si de veras se tiene la convicción de democratizar a México de verdad, en que hay que trabajar todavía mucho y hay que poner mucho énfasis en reforzar los valores políticos electorales, así como en construir verdadera ciudadanía. De lo contrario, solo será una democracia de papel, que únicamente sirve para edulcorar al poder y cultivar su ego y soberbia.

Pero en este caso específico vamos un poco más allá, y entonces habría que preguntarse ¿por qué todos los que obtuvieron su credencial de elector no acudieron a las urnas para votar?; ¿no lo hicieron porque no les convenció ninguna opción del menú de partidos políticos y candidatos que presentó y ofreció el proceso electoral?; ¿porque no hubo tiempo para ello?; ¿por qué no existieron condiciones válidas para hacerlo?; ¿por apatía? o ¿simplemente porque el único interés que se tuvo para contar con la credencial de elector, es porque es uno de los requisito de identificación personal válidos?

Como quiera que sea y, en un lenguaje tosco, tal y como establece el dicho popular, “donde caiga la bolita” en estos escenarios, es preocupante y debemos ocuparnos de remediar lo anterior, a fin de decidir con toda la responsabilidad sobre el rumbo cierto constructivo que debe tener un país y para mejorar la calidad de la democracia. Sobre todo en los tiempos políticos enrarecidos y preocupantes, en los que puede estar en riesgo la democracia.

En efecto, ahora, como ayer si lo era, ya no es suficiente con el pronunciamiento del voto solo con un adjetivo, tal y como en cada proceso electoral se puso de moda cada uno de ellos, tales como el voto ideológico, el voto congruente con el pensamiento del votante, el voto informado, el voto útil, el voto razonado, el voto en conciencia, etcétera, sino que ahora, pienso que se requiere de una combinación de algunos de estos adjetivos en la manifestación del sufragio; es decir, que se necesita que el voto sea ciertamente informado, consciente y razonado, pero sobre todo responsable, siempre teniendo en la mente el bien del país. Esto es, votar sí por supuesto de manera informada; hacerlo de forma reflexiva y razonada; que sea consciente y consecuente, pero también juicioso, sensato y responsablemente.

Ahora bien, por otra parte, la entrada a la contienda de posibles partidos políticos nacionales de nuevo cuño, pulverizará aún más la consistencia de la participación electoral ciudadana y pudiera vulnerar a la vez al sistema de partidos políticos debilitando a unos quizá a su minúscula presencia y probablemente desapareciendo a otros del escenario nacional al perder su registro, al no alcanzar el número de votos requerido para su sobrevivencia.

Y las preguntas que entonces surgen son: ¿y esto es lo qué real y conscientemente se quiere?; ¿y esto a quien favorece? A veces, como dice la voz popular, “el horno no está para bollos”, cuando existe un ambiente político complicado. Y en estos casos, lo mejor sería dialogar abierta y francamente; dirimir diferencias; consensuar y llegar a buenos acuerdos; unir fuerzas y hacer un frente común sólido, para tener un mayor peso y presencia; una representación más legítima y dura; una voz más potente; una propuesta atractiva para la sociedad y un voto más consistente, firme y decisivo.

Indiscutiblemente los países deben contar con partidos políticos fuertes, representativos, financieramente suficientes y sanos, así como con cementada identificación ciudadana. Esta es la única forma de garantizar la existencia de un sistema de partidos políticos sólidos y altamente competitivos y, por ende, la forma más segura de blindar la permanencia y progresividad de la democracia, para no estar con sobre saltos y preocupaciones cuando el diablo le habla al oído al poder y a éste se le despiertan las tentaciones.

Tan perjudicial para los países es no apoyar a un sistema plural de partidos políticos, como lo es el desdibujarlo. Cuando se tiene la abrumadora mayoría, el partido político dominante procura tener partidos políticos discapacitados o pura “chiquillada” de partidos políticos, ante el tamaño del dominante, para que vivan de la dádiva, de los granos que le de la mano guía invisible del poder, porque de esta manera contará con partidos políticos a modo.

Y es que la forma más dura y eficaz para debilitar a los partidos, es por la vía financiera, la cual puede tener varias avenidas para lograr este propósito: disminuirles el financiamiento público; “abrir la puerta de par en par” en palabras rústicas, para la creación de más partidos, ciertamente apoyándose en un principio de democracia; limitar el financiamiento privado y poniéndole algunos candados a este último.

Luego entonces, las reflexiones trascendentes que nuestra sociedad debe realizar, son las relativas a:

1.- Limitar o no el número de partidos políticos nacionales con registro. Entre más partidos políticos, disminuye la estatura, presencia, voz y voto que pudieran alcanzar estos institutos políticos.

2.- Valorar la conveniencia o no, de mantener la puerta abierta, para que permanentemente estén ingresando nuevos partidos políticos. Esta dinámica no va a detenerse, ya que siempre habrá inquietudes y expresiones de esta naturaleza. Recargándonos en el pensamiento de Aristóteles, es el “animal político” que llevamos dentro. Pero también es cierto que por el protagonismo y la ambición de poder que a veces invade a algunos, menos se va a parar el deseo e interés de fundar nuevos partidos políticos.

3.- Evaluar la conveniencia de seguir o no apoyando a los partidos políticos nacionales con una suficiencia razonable de financiamiento público. Se debe valorar con objetividad los costos sociales que habrá con la limitación de recursos financieros, pues es claro que el fortalecimiento del sistema de partidos acontecido a partir de 1977, ha rendido frutos. De manera pacífica hemos transitado por cambios democráticos y de partidos políticos en el poder federal en los años 2000, 2012 y ahora en 2018. Es muy probable que esos cambios no se hubiesen logrado si las fuerzas políticas no contasen con los recursos financieros para hacer realidad el mandato constitucional. De igual manera, hay que decirlo francamente, disminuir su financiamiento público, provocará que tengan una operación de bajo perfil y una competitividad magra.

Asimismo se correría el riesgo de que algunos partidos políticos se atrevieran a aceptar recursos económicos de entes prohibidos, ilícitos y, peor aún, que los penetraran por este medio organizaciones delictivas. Puede resultar mezquino pensar, que cuando se llega al poder, se pugne para que se eliminen las prerrogativas públicas, que precisamente permiten esos cambios democráticos. Esto puede dar la impresión de que el objetivo es preservarse en el poder y no continuar con el desarrollo democrático de una nación.

4.- Abrir la puerta legal al financiamiento privado. Esto es, tener mayor margen de maniobra a través de esta brecha, con la posibilidad de que provenga de personas físicas y morales, y siempre y cuando venga de fuentes limpias, transparentes y licitas. Sólo con el firme e impoluto deseo de contribuir a solidificar a la democracia en el país.

Disminuirles el financiamiento por cualquier argumento que se quiera esgrimir, es cortarles las alas para evitar que vuelen, y más todavía para que no vuelen alto, de tal suerte que puedan estorbar el vuelo placentero del partido alfa. Así se diga que es con fines de pluralidad política y que responde a la democracia, porque en el fondo muchas veces van escondidas las malévolas intenciones del poder. Cuando éste carece de espíritu democrático, le conviene tener partidos políticos inválidos.

IV. Corresponsabilidad entre electores y electos

Retraigo unas ideas vertidas en páginas anteriores, a fuerza de ser repetitivo, que me sirvan como punto de arranque de la que aquí enunciamos, con el fin de reforzar la que en este espacio apuntamos.

Hand drawing illustration set of election

En las democracias modernas, que deben propiciar mejores gobiernos, también se requieren mejores y responsables ciudadanos. En la balanza entre gobernantes y gobernados, necesariamente debe existir por lo menos un equilibrio para atemperar al poder, aunque realmente los ciudadanos deben constituirse en el fiel de la balanza. El compromiso primario de éstos sobre cualquier otro tema político, debe ser con su país. Nada hay en el terreno político que esté por encima de éste. Su país es primero. Por eso, en el ejercicio del voto ciudadano, hoy ya no basta con estar informado, hacerlo razonadamente y en conciencia, toda vez que para ello se requiere también contar con ciudadanos profunda y verdaderamente responsables.

Definitivamente los ciudadanos por sí mismos, ya tienen que asumir con seriedad su papel de verdaderos actores activos en el rumbo con certidumbre de su país, actuando con una buena dosis de cultura política, con sentido cívico y con verdadera responsabilidad, pues son los primeros obligados a mitigar al poder. La acción ciudadana, no solo al depositar el voto, sino durante todo el tiempo, debe estar visible y actuante, pues ésta es legítima y es legal en el orden jurídico dado.

Pero lo cierto es que también debe haber una consecuente corresponsabilidad por parte de los electos, que es a lo que igualmente deben responder fehacientemente los legisladores y gobernantes en el ejercicio de sus funciones, porque si así lo hace la gente al sufragar responsablemente, ellos están obligados a responder en esa misma dirección en la toma de decisiones de gobierno en sus dos circunferencias: en las legislaturas en la formulación de la legislación y en la administración de un país.

Lo anterior es así, porque el líder o dirigente tiene un doble compromiso: sí con su gente; con la que él conduce en la búsqueda y logro de una causa y objetivo; pero también cuando se convierte en gobernante debe ser muy responsable en la conducción de toda una nación, ya que deja de ser líder sólo de un grupo, para ahora encontrarse y legitimarse como representante y líder de todos al transformarse en gobernante. Los grandes líderes deben poner toda su dedicación y todo su empeño para unir al pueblo cuando se convierten en gobernantes.

De igual manera, para que haya confianza en ellos y tengan credibilidad, lo cual es un requisito indispensable, deben hablar con la verdad, pues las más de las veces se caracterizan por ocultar o maquillar información que debe saber la gente por determinadas razones, ya sean políticas, económicas, de seguridad, de salud y ambientales, entre otras.

Independientemente de la obligación que descansa en el gobierno y en la familia, cada uno en el campo que le corresponde, de educar debidamente (dando mucha educación y que ésta sea innovadora y de calidad) a las generaciones emergentes, los partidos políticos también están llamados a coadyuvar en la formación de las personas, tendiente a crear ciudadanía democrática; trabajar mucho para generar cultura política y cívica; ayudar a informarse, reflexionar y razonar para crear conciencia; arraigar una cultura de la eticidad y del sentido de la responsabilidad, así como un profundo sentido de país en los dos segmentos: en la gente y en los futuros legisladores y gobernantes, ya que lo que se necesita no son políticos políticos, sino políticos estadistas.

Estos ingredientes bien se podrían sembrar como iniciales semillas desde los primeros signos de vida educativa, para que vayan germinando y penetrando en la formación de las nuevas generaciones, pues el gobernante no nace; se hace; es decir, se va formando cuando trae estas inquietudes, desde la familia; en la escuela; en su contacto e interacción con la sociedad y en los partidos políticos. En resumen, hay que fundar una cultura política; de la conciencia y de la responsabilidad. Considero que de esta manera, se podrán tener políticos preparados; políticos intelectuales, así como buenos y serios gobernantes profesionales con visión de estadistas.

V. Oposiciones sólidas con horizontes amplios

Los partidos políticos por sí mismos tienen que construir sus propias fortalezas y generar la capacidad de proponer a los ciudadanos un proyecto de nación más viable, y no estar esperando las equivocaciones del poder para reaccionar y criticar; que esto no quiere decir que no lo hagan. Los partidos políticos no solo pueden vivir y valerse de los errores del gobierno para hacerse visibles y presentes. Hay que construir las líneas centrales de una sólida, pujante y novedosa oposición alternativa para un mejor gobierno, así como convencer que es el mejor proyecto de gobierno el que se ofrece a la sociedad y para el país, y no solo esperar las fallas de los gobiernos para alzar la voz y hacerse presentes.

Pueden tener sus diferencias, y de hecho la hay, como partidos políticos en la visión de país, así como también existen al interior de los propios partidos por la contextura y conformación que tienen de sus grupos políticos, pero tiene que haber firme voluntad para crear consensos y hacer mucho trabajo entre los partidos políticos, de tal suerte que sean capaces de construir una gran plataforma y un gran frente nacional unido en lo fundamental, y que sus diferencias solo sean pequeñas astillas pulibles en el proyecto nacional.

Deben envolverse en la bandera de un gran proyecto nacional de largo aliento con verdadero rumbo y certidumbre, comunicándolo a la gente y poniéndolo a su alcance, para interesarla, convencerla, enamorarla y procurar que se case con el proyecto perdurable. También de lo que se trata, es salir políticamente a evangelizar a la gente para que lo sienta, lo abrace y lo haga suyo, a la manera de una especie de doctrina política bien pensada, razonable, abierta, realizable y de amplio horizonte. Tal y como lo hacen los países avanzados, en que al margen de los vaivenes políticos, hay coincidencias en lo fundamental, y por esa avenida transitan en su proyecto de país con una visión de futuro de largo alcance. Pero para hacer posible este objetivo, hay que buscar un laudable maridaje entre la gente y los partidos políticos. Partidos políticos: la esperanza está en la sociedad.

Y para ello, igualmente es necesario que al margen de cualquier ideología, pensamiento político e intereses personales o de grupo, se trabaje arduamente, política y cívicamente, con la población, con el fin de que la gente cuando acuda a los procesos electorales para depositar su voto, lo haga debidamente informada; que lo razone; que lo realice en conciencia; que sea consecuente; que lo haga con sensatez, pero además responsablemente. Ahora lo que se necesita, es que el voto sea entregado con toda responsabilidad, por todo lo que esto implica y todo lo que se pone en juego en un país.

Hoy los partidos políticos están citados a actuar con toda inteligencia, energía, madurez, sensatez y sabiduría política, o ponen en riesgo su permanencia ante el avasallamiento del poder. Tienen que ser pensantes y hábiles en su reconfiguración, agrupamiento, acompañamiento y actuación o, perdón por la utilización de palabras bruscas populares, “se los chupa la bruja” y “se los carga el payaso”. Por eso se debe trabajar con sapiencia, y dejar de lado las animadversiones, en la configuración de partidos políticos de largo aliento en su pensamiento ideológico, político, económico y social. Perdurables, y no de corto plazo o con miras de temas concretos. Partidos políticos: el futuro está en la sociedad. Acompáñense.

Estas son algunas paradojas que a veces se presentan en las democracias modernas.

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