Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

Para que no olvidemos quién manda

Cuando el Presidente manda al carajo a quienes objetamos que se contrate a 500 médicos cubanos, contrato que pretende justificar con el pretexto de que no hay suficientes médicos mexicanos, está denotando de manera nada elegante su autoritarismo, su fobia a la crítica y al diálogo, y su profundo desprecio a los trabajadores de la salud de nuestro país.

De acuerdo con la Real Academia, “al carajo” es la expresión malsonante usada para enunciar con insolencia y desdén un fuerte rechazo a algo o a alguien. El Presidente, al enviar al carajo a los críticos de esa contratación, está haciendo explícita su animadversión a quienes no la aplauden o, al menos, no guardan resignado silencio ante ella.

Es, pues, la expresión del poderoso que, al no poder convencer con argumentos, simplemente les recuerda a sus críticos, y por extensión a todos sus gobernados, de forma majadera, que aquí manda él, y que menosprecia a quienes objetan sus decisiones, así lo hagan exponiendo de la manera más respetuosa sus razones.

Es de recordarse que las relatorías de la ONU contra la esclavitud y la trata de personas, el Parlamento Europeo y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos también han reprobado el envío de médicos cubanos a distintos países.

Por tanto, el Presidente también está mandando al carajo a esas instituciones internacionales defensoras de los derechos fundamentales.

Raúl Trejo Delarbre expuso las razones de esa condena (La Crónica de hoy, 16 de mayo). Los médicos cubanos sólo perciben entre el 10 y el 25% de lo que el gobierno anfitrión paga por sus servicios: el resto es financiamiento para la dictadura. En sus misiones son acompañados por agentes de seguridad que restringen su libertad de movimientos e invaden su privacidad para evitar que deserten.

Una de las mayores violaciones a los derechos humanos de esos trabajadores de la salud es que no se les permite viajar a la misión encomendada por su gobierno con su pareja y sus hijos, para, con esa prohibición, inhibir cualquier tentación de buscar asilo político en el país al que viajan. En otras palabras: la dictadura cubana toma como rehenes a las familias de tales médicos.

El Presidente dijo que la contratación tiene muy enojados a los conservadores y, con el rostro contorsionado, exclamó “¡que se vayan al carajo porque primero es la salud del pueblo!”, pero su gobierno destruyó nuestro sistema de salud, privó a ese pueblo, con el que se llena la boca, del Seguro Popular y provocó un desabasto de medicamentos sin precedentes.

El Presidente descalificó a los médicos que han manifestado su inconformidad con que se les relegue —actitud irracional, egoísta, retrógrada, sentenció—, pero les llamó héroes cuando enfrentaron la pandemia, lo que hicieron a un costo muy alto pues, como todos recordamos, se les negó que fueran vacunados prioritariamente, lo que, además del hecho de que muchos de ellos no contaban con el indispensable equipo de protección, ocasionó que nuestro país registrara la tasa de mortalidad más elevada del mundo de médicos y enfermeros a causa de covid-19, de acuerdo con un informe de Amnistía Internacional.

No es la salud del pueblo lo que ha motivado al Presidente a contratar mano de obra esclava. Lo que lo movió a hacerlo fue su simpatía por las dictaduras, entre las cuales la que más idolatra es la cubana, al extremo de que, en su opinión, Cuba debería ser declarada, por la duración de su régimen revolucionario, patrimonio de la humanidad.

Un patrimonio de la humanidad, cómo no, del que han escapado más de un millón seiscientos mil cubanos, casi el 15% de la población, en el que no existe libertad de expresión ni prensa independiente, ni derecho de reunión ni de asociación, donde no hay elecciones libres, donde la manifestación pacífica de las opiniones críticas al régimen se castiga con despido o prisión, donde se ha condenado con penas de 6 a 30 años de cárcel a 127 personas sólo porque participaron en las manifestaciones callejeras de descontento de julio del año pasado.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 26 de mayo de 2022. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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