Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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¡Par de cínicos!

Vaya parejita de cínicos la que conforman los presidentes de México y Argentina, quienes a pesar de encabezar a dos de los gobiernos más ineficaces a nivel global en lo concerniente al combate al coronavirus dieron juntos rienda suelta a su vocación victimista, tan característica de los buenos populistas, y le reclamaron a la ONU el presunto acaparamiento de las vacunas por parte de las naciones más desarrolladas. “Parece florero”, se atrevió a declarar AMLO sobre la ONU. Él sabe de floreros, tiene un gabinete presidencial lleno de ellos, pero de lo que no sabe es de la mecánica de las relaciones internacionales. La ONU no es un gobierno global y no puede exigírsele que obligue a los países ricos a regalar vacunas a diestra y siniestra. El reproche debería hacerse, en todo caso, a los gobiernos de las naciones industrializadas, aunque no cabe duda que más tarda en caer un hablador que un cojo. ¿No había nuestro Peje generosamente ofrecido en enero ceder vacunas a los países más pobres? Hoy, el guía de la 4T clama contra el Primer Mundo y se pregunta mientras rasga sus vestiduras: “¿Dónde está la fraternidad universal?”.

Foto original: Gobierno de México

Por su parte, muy pronto entendió Alberto Fernández de que las mañaneras sirven de escaparate para injuriar opositores, descalificar a la prensa crítica, propalar mentiras y promover la confrontación. El presidente argentino encara un feo escándalo en su país con el caso conocido como “vacunación VIP”: el acceso privilegiado a la inmunización contra el Covid-19 a personas allegadas al poder. ¡Una vergüenza! El tema ya le costo su puesto al ministro de Salud, pero Fernández vino a México a calificarlo el asunto como “una payasada” y aprovechó el púlpito de su anfitrión para -sí- dirigir un ataque frontal contra la oposición, los medios, y, sobre todo, la Justicia. “Yo le pido a los fiscales y a los jueces que hagan lo que deben…No hay ningún tipo penal en Argentina que diga será castigado el que vacune a algún adelantado en la fila. No existe este delito y no se pueden construir delitos”. ¡Pero que cinismo de señores son estos populistas, de veras!

El peronismo es una desventura cuyos efectos en la política y economía de Argentina han sido y son devastadores, por eso resulta increíble su recurrente capacidad de recuperar el poder. Muchas veces se le ha dado por muerto, pero tarde o temprano resucita. Con Alberto Fernández tendrá su quinto avatar tras el primer Perón, el regreso del general en los setentas y las presidencias de Menem y los Kirchner. Cada etapa ha tenido sus matices. La de los Kirchner tuvo rasgos típicamente populistas con políticas económicas no sustentables generadoras de desequilibrios macro y debilitamiento de las instituciones democráticas. Fernández había prometido en su campaña gobernar de manera más racional, pese a tener como vicepresidenta a Cristina Kirchner. Y había bases para creerle, habida cuenta que en el pasado renunció como jefe de Gabinete de Cristina Kirchner y se convirtió en uno de sus más incisivos críticos. En 2015 describió al gobierno de la entonces señora presidenta como “definitivamente malo, donde es muy difícil encontrar algo ponderable”.

El desprestigio de Cristina es ingente, pese a contar con el fervor de un sector del peronismo. Es una de las más deplorables representantes del neopopulismo latinoamericano. Su gobierno concluyó en el más absoluto desastre económico y social y es considerado como uno de los más corruptos en la historia argentina, récord asaz difícil de obtener. Pero, con todo, y pese a los ofrecimientos de Fernández, ha vuelto a ser la “mujer fuerte” de Argentina. La influencia política e ideológica de la vicepresidenta sobre el presidente es apabullante y está arruinando al gobierno. Se habla de un fenómeno bautizado por los argentinos como el “hipervicepresidencialismo”. Cristina controla a la mayor parte de los diputados y senadores peronistas, varios gobernadores responden solo a sus directrices, aliados suyos tienen mayoría en el Consejo de la Magistratura Judicial e incluso su autoridad dentro del Poder Ejecutivo crece constantemente con Santiago Cafiero -el jefe de Gabinete- como su incondicional servidor. La señora ha sido capaz de imponer una agenda gubernamental casi exclusivamente dedicada a garantizar su impunidad respecto a los graves casos de corrupción donde se le imputa, a ejecutar sus deseos de venganza en contra del expresidente Macri y de sus allegados y a perfilar a su hijo Máximo Kirchner, jefe del peronista bloque de diputados del Frente de Todos, como próximo candidato a la presidencia. Todo esto en plena pandemia y con una situación económica y social extremadamente grave. La acometida de Cristina se hizo aún más evidente con un reciente intento de desplazamiento de tres magistrados judiciales involucrados en la investigación de causas judiciales sobre corrupción de la era kirchnerista. También consiguió la liberación de la gran mayoría de exfuncionarios y empresarios ligados a ella condenados por corrupción. Como resultado, en las encuestas el presidente Fernández ronda apenas el 41 por ciento de aprobación ciudadana. Pero ello quizá importe poco. El destino de los argentinos y, en general, el de los latinoamericanos es lidiar periódicamente con los resurgimientos del populismo, engendrados por los constantes fracasos de los modelos de desarrollo, la debilidad de las instituciones democrático-liberales y la persistencia de una muy vieja tradición patrimonialista de gestión del poder con vocación mesiánica y redentora.

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