La pandemia presente en el mundo sigue rodeada de más dudas y preguntas, que respuestas. Seguimos en un estado constante de incertidumbre, aunque ya hay países que están dando buenas noticias.
Hay un factor común en estos países. El rigor y la precisión con la que han manejado la situación casi desde las primeras señales de riesgo de contagio. Y para eso, la tecnología ha sido un importante aliado en un modelo que se ha dado por llamar “detección, seguimiento, aislamiento”, claro, con la persistente preocupación por las dudas, ¿hasta dónde se vulnera la privacidad? y, ¿se justifica ceder libertad por seguridad?
En Corea, el sistema de rastreo de contactos y seguimiento envía a la gente que se encuentra en proximidad a los casos confirmados información detallada de cuáles son los puntos donde es posible que haya exposición al contagio.

La principal fuente de datos para el servicio de rastreo y seguimiento implementado en Corea son las señales de los teléfonos celulares, que de origen el compromiso es que se manejan de manera anonimizada. Sin embargo, la complementación de datos de fuentes diversas genera un compilado de datos agregados sumamente precisa.
El detalle de la información que maneja el servicio coreano ha permitido que se identifiquen a las personas ya enfermas generando estigma y rechazo social. Pero también ha propiciado que algunos de los negocios donde se sabe que los enfermos han estado sean abandonados por los clientes.
En otros casos la implementación de la tecnología para seguimiento de contactos no inició con la pandemia, ya existía de antemano y solo se complementó para este uso.
Es el caso de Singapur o Tailandia, que comparten bases tecnológicas con los sistemas de rastreo social chino. Este sistema de comportamiento social nace con la justificación de ser una importante herramienta en las labores de seguridad pública.
Taiwan ha sido un caso de referencia obligada considerando la efectividad que han logrado y que no cae dentro de los números de la Organización Mundial de la Salud.
De hecho, Taiwan tuvo una alerta dirigida a la OMS aún antes que China reconociera formalmente el surgimiento de un brote de “neumonía viral atípica” y posteriormente el Covid-19.
La solución tecnológica taiwanesa empieza a la puerta de sus fronteras, donde a todos quienes llegan a su territorio se les solicita el llenado de una forma para colectar datos y con eso determinar las condiciones o no de movilidad y el posterior rastreo de contactos.
Así, conforme se presentaron casos confirmados de contagio, los dispositivos de los usuarios permitieron rápidamente ubicarlos y empezar a establecer pequeños “cercos sanitarios virtuales”, justo solo en la proximidad de esos casos confirmados. Además del posterior seguimiento estricto y puntual de los enfermos y los contactos expuestos con posibilidad de contagio.
Algo que posiblemente salta a la vista es el poco tiempo que se necesitó para responder e implementar, o en su caso complementar, la tecnología necesaria para el modelo de detección, seguimiento, aislamiento, en los países de Asia, donde la pandemia inició.
El tiempo ha sido una variable decisiva que ha marcado la diferencia en la efectividad para contener el problema.
En Europa la consideración a la privacidad es una preocupación que, hasta la fecha, sigue siendo el mayor freno para la implementación plena de sistemas de rastreo de contactos.
Formalmente afirmar que se utilizan datos anonimizados recopilados por los proveedores de servicio celular no es garantía de preservar la privacidad de la gente, de la población.

De hecho, precisamente lo que se necesita es una identificación puntual y precisa de quienes presenten síntomas; quienes ya sean declarados enfermos formalmente, el seguimiento de la evolución de la enfermedad; y la detección y monitoreo de con quién estuvieron en contacto dentro de la ventana de tiempo de riesgo de contagio.
El marco de referencia que propone la Unión Europea busca un enfoque de implementación generalizado, con propósito preventivo para contener las futuras pandemias que seguro habrán de presentarse. Pero siempre anteponiendo el control y la certeza de privacidad del usuario.
La privacidad plena en la época que vivimos ya no existe. Es apenas la ilusión que se ofrece al usuario de tener el control de dónde, con quién y para qué comparte los datos que genera.
Crisis como la que se vive actualmente donde está en riesgo la salud, y hasta la vida, pueden hacer parecer que es un intercambio justo, y hasta necesario, permitir el acceso y uso de la información personal para la contención del avance de la pandemia.
La respuesta, con fundamento, es la preocupación que estos controles no sean reversibles y perduren aún superada la presente crisis de salud. Y hasta se endurezcan, justificaciones para hacerlo siempre habrán.
Hagamos red, mantengámonos saludables y sigamos conectados.

