Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Pagarle impuestos a Obrador

El régimen nacional populista que se instaló en México ha logrado una mayor recaudación fiscal sin subir impuestos. En parte gracias a instrumentos tecnológicos de administraciones previas y en parte intimidando a los grandes contribuyentes. Es decir, cobra mejor pero no más. No ha llegado la anhelada reforma fiscal que tantos académicos progresistas imaginaron, con la cual se construiría el Estado de bienestar, incluyendo un sistema de seguridad social universal escandinavo. Se trata de otro gran e irónico “no podía saberse” para los ingenuos y apasionados, porque López Obrador siempre ha pertenecido a esa izquierda parroquial que finge no quitarle sus centavos al Pueblo aumentando impuestos, y siempre dijo que no los subiría.

Lo que tampoco imaginaron es cómo se ejercería el gasto público. Su gestión como Jefe de Gobierno ya ofrecía avisos: buena parte se usó para obras aparatosas –como el Segundo Piso– y para programas sociales clientelares, sacrificando servicios e infraestructura. Quién iba a anticipar que todo se derrocharía en los proyectos faraónicos del presidente. Jorge Andrés Castañeda acaba de publicar un desglose del último Paquete Económico (PE) presentado por el secretario de Hacienda, que deja claro que más de la mitad de todo el presupuesto asignado a la inversión pública se va a los llamados elefantes blancos de la nostalgia echeverrista, principalmente el Tren Maya y Ku Maloob Zaap de Pemex. Los otros proyectos insignia –el aeropuerto Felipe Ángeles y la refinería Dos Bocas– no aparecen en el PE por trucos de contabilidad, pero igual se les asignarán miles de millones de pesos de las cuentas nacionales para cubrir su costo que ya va en algo así como el doble de lo originalmente presupuestado. No olvidemos tampoco el capricho de cerrar el aeropuerto en Texcoco, que seguimos pagando para no tener. Y la galería de siempre: programas sociales que no sirven, estímulos que no llegan y carreteras a ninguna parte.

La evasión fiscal es un trastorno de nuestra cultura política. No nos gusta pagar impuestos. No es un fundamento filosófico del estilo de la desobediencia civil de Henry David Thoreau, por ejemplo, que pretende defender la libertad individual frente al Estado creciente. En nuestro caso se trata más bien de una serie de vicios premodernos que Mario Trinidad atribuye a la hispanidad imperial. La Iglesia, la hidalguía, y diversos fueros y privilegios fueron creando una cultura cívica que juzga inútil y acaso inmoral “contribuir a las arcas públicas y a los gastos comunes”. Cada quien jala agua para su molino, pues, especialmente las élites. De ahí que, en las sociedades hispanas, escribe Trinidad, sea imposible encontrar al contribuyente gustoso, como sí los hay en las sociedades anglosajonas, donde al evasor se le ve incluso como ladrón. El resultado es el clásico ciclo vicioso: por un lado no hay recursos y, los que hay, encima se los roban o desperdician; y por otro, contribuyentes que no ven razones para seguir pagando. Nunca me había sentido tan cercano a estos últimos.

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