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Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

El padre de los sicarios

Apenas este sábado, pude comenzar a leer El vendedor de silencio (EVS), la última novela de Enrique Serna. En los últimos treinta años, ninguna obra de narrativa mexicana me había atrapado tanto como esta ficción sobre Carlos Denegri.

Serna caracteriza a Denegri como el anticristo del periodismo, aunque su condición recuerda más a la de Caín (o al mismo Lucifer). Prefiero, en una sustitución de términos, señalar que Denegri se asumía como un poeta maldito que cayó en el periodismo, pero en realidad era un sicario del género o un periodista maldito.

La vida profesional de Denegri puede considerarse el epítome del periodismo de extorsión y embute. Su influencia, derivada de su carácter de mensajero del gobierno, le permitió vivir como un potentado en un país donde el trabajo de prensa es sumamente mal pagado. La condición de Denegri recuerda la frase célebre del profesor Hank González y permite adaptarla: un periodista pobre es un pobre periodista y el columnista del Excélsior se negó a pertenecer al círculo de los que vivían en las estrecheces.

No obstante, la historia de Denegri no es la de un hombre pobre que se enriquece por sus habilidades, sino la de un junior que decide dedicarse al periodismo porque es el lobo oscuro en una familia de ovejas negras. Hijo adoptivo de un político prominente, Denegri transita a la prensa porque su conducta, como miembro de la clase dirigente mexicana, equivale a la de un chivo en cristalería. Dotado de las habilidades adquiridas al amparo del poder, surge como el reportero políglota, culto y oportuno, que no es valiente pero sí sabe cuándo arriesgarse por una buena noticia. Julio Scherer no exageraba al llamarlo “el mejor y el más vil de los reporteros”: su talento sólo era superado por su deshonestidad.

Enrique Serna, Enrique Serna. Foto; Héctor Guerrero / El País

Serna tiene mucho cuidado en no hacer de Denegri un antihéroe o un villano adorable. Cada dos páginas retrata su perversidad, misoginia, prepotencia y maldad excesiva. El protagonista de EVS no es el Lucifer de Gaiman o Milton, es alguien que sólo podría causar simpatía en sus iguales (y sin que lo externaran abiertamente).

No obstante, la vida de Denegri es la de un aventurero que hace pensar en una mezcla entre Lois Lane y el Joker. En contraste, Scherer parece una combinación de Vic Sage y Savonarola. En ambos casos, el autor exagera algunos rasgos de los personajes reales y deja fuera aquellos elementos que pudieran matizarlos. Los protagonistas presentados por Serna son arquetipos, no seres tridimensionales, los traumas de Denegri son dignos de un relato de Bob Kane y Bill Finger, mientras la pureza moral de Scherer parece una creación de Siegel y Shuster: con EVS, Enrique Serna hace un cómic en forma de novela.

Carlos Denegri, periodista, en su oficina, retrato / Casasola: Fotógrafo / D.R. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México

Reducir la temática de EVS a la historia del chayote durante el priato no sólo es simplón, es bastante estúpido. Si bien la vida profesional de Denegri es la de un sicario del periodismo, la extorsión y embute no es el único tema de EVS. De hecho, el periodismo perverso de Denegri parece un pretexto para contar la vida trágica de un bastardo que perdió la gloria.

Por el contrario, la obra de Serna permite varias lecturas. Para el interesado en la política mexicana, EVS es una fuente deliciosa de trascendidos y exhibiciones de los poderosos. Para el dedicado a los medios, la novela describe un periodo de envilecimiento mediático que pone en su auténtico lugar, el de los idiotas, a los que hoy califican de chayoteros a cualquiera de los opositores o críticos del gobierno actual. Para el interesado en la historia popular o la cultura de masas, EVS es una carta de navegación en los cambios del México postrevolucionario. En una perspectiva de género, la novela plantea la trágica historia del machismo como frustración infantil, en un giro de tuerca que reivindica a Freud frente a sus críticos.

La novela exhibe, sin misericordia, a políticos reales, entre ellos dos ex gobernadores de Jalisco y un prestigiadísimo secretario de Hacienda y Relaciones Exteriores. De la misma forma, pone en vergüenza, mediante la voz del Denegri de ficción, a periodistas conocidos, como Roberto Blanco Moheno o Jacobo Zabludovsky.

En el recuento de presidentes, Serna menciona desde Carranza hasta Díaz Ordaz, con un Echeverría destapado, pero sin tomar la banda presidencial, ya que EVS concluye el 2 de enero de 1970. Implacable con todos, Serna tiene trato de seda con dos personajes: Julio Scherer y el mismo Echeverría. El texto no tiene una sola mención a la participación del entonces secretario de Gobernación en la matanza de Tlatelolco y, si bien en voz de Denegri ridiculiza la santurronería de Scherer, el efecto es el contrario, dada la maldad evidente del protagonista. En este punto, el espléndido novelista nos queda a deber un enfoque extenso y crítico como el que tuvo con otros personajes de su obra.

En el mundo narrado por Serna, la corrupción y el abuso del poder es parte del paisaje, de una forma que recuerda a las descripciones de Mario Puzo sobre la sociedad estadounidense durante las mismas épocas. No obstante, el estilo de EVS se asemeja al de Carlos Fuentes en “La región más transparente», lo que hace imposible dejar la lectura del texto.

Para quien no conoce la historia de los medios en México, EVS es una buena introducción para entenderlo. Para los que vivieron el autoritarismo priista, la novela es una lectura que llena huecos que ordinariamente no son atendidos en otras fuentes y, si bien es ficción, EVS aporta elementos indiscutibles sobre la realidad política nacional.

La transformación de Excélsior, de un diario conservador y católico a la morada izquierdista de don Julio y sus apóstoles, también marca el fin de los gobiernos blancos en México. Si bien la gestión de Scherer en Excélsior no se desarrolla a plenitud en la novela, sí queda señalado el cambio de rumbo que su dirección marcó en el periódico de la vida nacional y el odio presidencial que desde 1968 generó su impronta, ya que, incluso entonces, el gobierno federal urdía dar un golpe en el diario, para deponerlo.

Con el deseo de que Serna pronto nos regale otra novela, que continúe donde acaba EVS y narre el México posterior a 1968, la vida de Scherer, Excélsior, Proceso y la relación entre medios y poder hasta nuestros días, los invito a leer El vendedor de silencio y conocer más sobre el periodista maldito y padre de los sicarios de prensa: no exagero en decir que esta novela tal vez sea para Enrique Serna lo que para Carlos Fuentes significó “La región más transparente”. En vía de mientras, hago votos para que el equipo de “Un extraño enemigo” la lleve a la pantalla chica: Daniel Giménez Cacho sería un Denegri formidable…

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