Cinque Terre

Alejandro Vázquez Cárdenas

[email protected]

Médico.

Pacifismo y la política de apaciguamiento

La reciente invasión de Rusia a un país independiente como Ucrania alegando una serie de razones carentes de todo sostén legal, argumentos que sólo enmascaran la ambición de un dictador que sueña con recuperar las glorias del imperio zarista y las conquistas de la extinta URSS, ha hecho renacer la añeja discusión sobre la conveniencia de sostener un pacifismo a ultranza o, bien, seguir la enseñanza que viene desde el imperio romano: “Si quieres paz, prepárate para la guerra”. Para los estudiosos de la historia este episodio les hace recordar las similitudes entre las conductas de Vladimir Putin y de Adolfo Hitler en el origen y arranque de la Segunda Guerra Mundial.

El pacifismo, en pocas palabras, puede considerarse como una ideología que propone activamente dejar de lado todo enfrentamiento violento. Su origen más remoto se puede rastrear en la filosofía china, hindú y en algunas partes de las tradiciones judeocristianas, menos en el Antiguo Testamento, que es bastante belicoso.

Si bien se alimenta en los escritos de Leibniz, Voltaire y Rousseau, es en el siglo XX, fundamentalmente después de la Primera Guerra Mundial, cuando toma gran fuerza, influyendo en el pensamiento y el actuar de muchos políticos.

Ante cualquier amenaza el pacifismo aboga por el diálogo y la diplomacia. Para enfrentar a la violencia, recurre a la objeción de conciencia, la desobediencia civil y la resistencia no violenta. Defenderse usando los mismos mecanismos y recursos con que son agredidos no es lo que buscan de primera intención.

El problema es que el pacifismo, al tener como objetivo supremo el mantenimiento de la paz prácticamente al costo que sea, cae en el error de no distinguir entre lo que se podría llamarse una paz negativa (la sola ausencia de guerra) y una paz positiva, con existencia de libertades, igualdad, desarrollo social, etcétera. Llevado a sus últimas consecuencias, puede llegar a legalizar de facto situaciones opresivas o de falta de libertad. Puede conducir a una ética del esclavo que defiende una “no violencia” genérica; en otras palabras, nos puede conducir a la sumisión o en el peor de los caso a propiciar la llegada de un mal mayor.

En estos días es conveniente recordar a Arthur Neville Chamberlain, político inglés que, desafortunadamente para él pero sobre todo para el mundo entero, llegó a su nivel de incompetencia en los peores momentos y circunstancias en toda la historia de la humanidad al desempeñarse como primer ministro británico entre 1937 y 1940. Hombre tranquilo y de buena educación, pasó a la historia como promotor de la llamada “política de apaciguamiento”. Desde el momento de su nombramiento su principal objetivo fue evitar una guerra europea por encima de todo, y con esta idea obsesiva gobernó esos años; paz y diálogo a como diera lugar. Tardíamente reconoció el fracaso de su política y dimitió en mayo de 1940. Fue sustituido por Winston Churchill. Murió un mes después, incapaz de soportar su costosa equivocación.

La llamada “política de apaciguamiento” en Europa fue una costosa cadena de errores. El primero fue la pasiva actitud ante la conquista de Abisinia (la actual Etiopía) emprendida por Mussolini en 1935, ratificado poco después al tolerar la ocupación de la zona desmilitarizada de Renania en marzo de 1936 por las tropas de Hitler.

Dos años después tampoco se adoptaron las medidas necesarias que impidieran a Hitler acometer el Anschluss (la anexión de Austria a Alemania), tal y como hizo definitivamente el 13 de marzo de 1938. Ya para entonces el rearme y el poderío alemán estaban en todo su apogeo, bajo la indolente mirada de Inglaterra y Francia.

Hitler, al observar la pasividad y benevolencia de sus pares en Europa, reclamó más tarde el derecho a incorporar a Alemania la región checa de los Sudetes, en la que más de tres millones de sus habitantes eran de habla alemana. Chamberlain se trasladó a Alemania para tratar este tema con Hitler en varias ocasiones (diálogos y más diálogos), la última de las cuales tuvo lugar el 29 de septiembre de 1938, fecha en la que él y el primer ministro francés, Édouard Daladier, firmaron el llamado Pacto de Múnich y cedieron al dictador nazi los territorios de los Sudetes, a condición de que Hitler prometiera que esta sería su última reclamación territorial en Europa. Previsiblemente para todos, menos para los pacifistas, el Ejército alemán invadió el resto de Checoslovaquia en marzo de 1939.

La política de apaciguamiento se reveló como un costoso y rotundo fracaso; lejos de satisfacer a Hitler, la actitud de Chamberlain persuadió a Alemania de que Francia y Gran Bretaña permanecerían inactivas si atacaba a Polonia. De hecho, facilitó el estallido de un conflicto que iba a superar con creces los horrores de la Primera Guerra Mundial.

¿Cuál fue el costo de este pacifismo? El más alto pagado en la historia del mundo: más de 40 millones de muertos, prácticamente toda Europa destruida, el Holocausto, Auschwitz-Birkenau, Treblinka, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki conocieron la devastación nuclear.

Evidentemente, el pacifismo tuvo un costo muy alto.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password