Cinque Terre

Carlos Matienzo

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Politólogo por la UNAM y Maestro en Administración Pública con especialización en Seguridad por la Universidad de Columbia, Nueva York. Especialista en temas de seguridad y gobernabilidad. Twitter: @CMATIENZO

Oposición: ¿a qué?

Quienes creemos en el pluralismo político en México no podemos caer en la trampa de convertirnos en actores pasivos de la redefinición de la oposición. No se puede permitir que sea el propio oficialismo el que dicte los términos que hacen legítimas a otras corrientes de pensamiento. Es equivocado y es peligroso.

Y es que, en medio de un extravío ideológico, Andrés Manuel y los suyos buscan ensanchar la herida para profundizar la crisis opositora. Han comenzado por la descalificación: a los conservadores colocándolos como retrógradas elitistas; a los liberales, como fifís tibios; incluso a los indigenistas, como apátridas anquilosados.

Buscan solucionar la polarización no conciliando, sino anticipándose a la articulación de una oposición que hoy ridiculizan, porque en el fondo le temen.

Corresponde pues definirse, dejar atrás pragmatismos estériles y superficialidades, para asumir el reto intelectual de repensar en lo que se cree y debe defenderse. Aquí algunas ideas preliminares:

  1. Disputar lo popular.

El discurso maniqueo de la cuarta transformación está cimentado en que el de ellos será un gobierno verdaderamente popular, dada la amplitud de su triunfo. Pero MORENA no pretende empoderar al pueblo que dice representar: pretende estatizarlo a través de un paternalismo renovado. De ahí vienen aspiraciones como redactar una constitución moral hasta propuestas tangibles como construir un ejército de jóvenes pagados por el asistencialismo y las fuerzas armadas.

En el fondo hay una lectura incorrecta de su propio triunfo, o al menos de parte de él. Asumen que quienes les votaron lo hicieron todos para expandir el margen de acción del Estado. Se equivocan. Millones de sus electores justamente provienen del hartazgo a los abusos de lo estatal, donde ven corrupción, ineficiencia, apropiación de recursos y un obstáculo para el desarrollo individual.

Hay que estar atentos a la estatización, porque al tiempo que absorberá, sofocará.

La oposición, en lugar de rechazar lo popular, debe disputarlo como lo autónomo al poder público: defender las individualidades; abogar por el Estado laico, por la libre empresa y el pequeño propietario; por la prensa libre y crítica; por una educación científica y autónoma. Se trata de ser libertarios en el sentido original de la palabra, que antes que defender un sistema significa emancipar al ser humano.

Foto: Carlos Escobar

2. Republicanismo como contrapunte del patrimonialismo

Esa pretendida estatización de lo popular requiere someter al gobierno a una racionalidad enteramente política, y por ello desatender consideraciones técnicas. En su afán de seguir construyendo su relato popular vivirán encerrados en el cortoplacismo y en la esquizofrenia del jefe máximo.

Por ello, y para que la defensa del individuo frente al Estado sea posible, será necesario abogar por un sistema republicano que limite al poder público, particularmente a quien lo encabeza.

Habrá que defender, como no se había hecho antes, el federalismo. Se deberá impedir la destrucción o captura de organismos autónomos como el Instituto Nacional Electoral, el Instituto Nacional para la Evaluación Educativa, el Banco de México o la Comisión Reguladora de Energía. Este esfuerzo implicará también una defensa constante de la racionalidad; de la evidencia y los argumentos frente a un gobierno propagandístico y mentiroso. Habrá que ponerse del lado de los servidores públicos y muy particularmente de nuestras fuerzas armadas que peligrosamente están siendo acechadas.

3. Rescatar el relato modernizador

Finalmente, otra lectura errónea que Andrés Manuel López Obrador tiene de su propio triunfo es que la cuarta transformación implica necesariamente un rompimiento con el proyecto modernizador. No comprende que esa parte del electorado que ahora volteó a él y que antes no lo hacía, no proviene del todo de la “izquierda”.

Muchos mexicanos que definieron su elección están hartos del sistema de gobierno, no necesariamente de la promesa del modelo económico. A un profesionista no precisamente le molesta el sector privado, sino el capitalismo de amigos que se aceita con corrupción. El joven politizado no aspira a un México que se mire el ombligo, sino uno que compita y gane en el mundo.

Frente al México retraído y tradicionalista que proponen, habrá que abrazar la promesa de un México como potencia económica, de infraestructura moderna, de tecnología accesible, de innovación y de apertura al mundo.

Habrá que denunciar las alianzas entre los oligarcas de antes y el nuevo gobierno que buscan perpetuar un capitalismo cavernario que genera desigualdad. Habrá que ser censores constantes de la irracionalidad financiera. Habrá que frenar terquedades como destrozar nuestro naciente sector energético.

Oportunidades sobrarán. El asunto del Aeropuerto es la primera llamada. Se trata tanto de una disputa por la mayoría, como una oportunidad de limitar al gobierno electo y una defensa de lo moderno. Si se realiza un ejercicio de consulta real, el proyecto del NAIM ganará como todas las encuestas indican. Sería ese el primer triunfo opositor y habrá que reclamarlo como propio. Si es en realidad una simulación, habrá que denunciarla como lo que es una: traición a sus principios populares.

Enfrente nos llamarán fifís, conservadores, reaccionarios. Nos colocarán a la derecha de su izquierda. Pero corresponde a nosotros y sólo a nosotros definir lo que somos en el México de la estatización renovada. Por lo pronto habremos de tener algo claro: somos anti populistas, porque antes de ser alternativa habremos de ser resistencia.

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