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Arouet

Olores a recuerdos

Hay olores que son como una pócima para los recuerdos. El epazote me remite a chilaquiles verdes y frijoles negros, y a las purgas de la abuela para masacrar lombrices de la panza de sus nietos, la yerbabuena para exorcizar aquellos dolores en la misma panza o la manzanilla para las quejas en los oídos y las chinguiñas en los ojos.

Apenas recuerdo el zarape y las babuchas de mí tía Chucha, hija de mi bisabuela, y a veces olvido de qué lado del mentón tenía su lunar, que siempre me pareció como un mosquito de fruta necio; pero lo que siempre viene a mi memoria, gracias a su olor, es la olla de barro donde hacía el café con canela y la cazuela donde removía las especies para el mole verde al que de tanto en tanto agregaba caldo de pollo, hecho con rabadilla para darle consistencia al caldo.

Tampoco recuerdo bien, pues eso fue en los primeros años setenta del siglo pasado, cuando tenía entre cinco o seis años, cuál era el color, si gris oscuro o café, del sombrero Tardán de mi bisabuelo que nos llevaba al parque Cañitas a corretear con otros niños; pero lo que no olvido es el aroma de eucaliptos y el del pulque o el alpiste fresco y la leña para el boiler que cada tarde llevaba a una vieja casona de la calle de Mar Mediterráneo donde vivía con mi bisabuela y mi tía Chucha, en la colonia Popotla de la Ciudad de México.

© 2016 Magelio Venturi

Mi niñez no la puedo narrar sin una porción de cebo viscoso color de rosa que se presentaba como crema para la cara y el cuerpo, llamada “Teatrical” y que mi mamá nos embadurnaba a mí y a mis dos hermanos como si amasara pan, incluso hasta cuando a veces sentía que mi nariz salía de su lugar; tampoco la puedo narrar sin el olor al periódico deportivo color sepia que llevaba consigo mi padre cada noche. El olor a cedro del tocador o el del frío latón de la cama en la habitación de mis padres, también el de las lentejas y las habas que, para mí, era el aviso de una pésima noticia para la hora de la comida. Aunque como para toda tragedia infantil siempre hay un premio, también había unos dulces pequeños con figuras geométricas o colores tenues que olían a perfume y azúcar, los corazoncitos me gustaban mucho, además de las lenguas de gato de chocolate negro, éstas últimas, sobre todo por su olor.

Hay alimentos que, al menos para mí, no huelen a lo que saben. Los vapores del pescado no me gustan pero el pescado sí, la esencia de las fresas me gusta pero su sabor no tanto, y hay otros alimentos que me saben tan feo como huelen, el ajo cocido por ejemplo, uno de los pocos casos que en, mi niñez, debí regresar al caldo o al arroz con las muecas más feas de las que tenga memoria (más aún, creo, que el sabor del propio ajo).

El olor a vino y tabaco de mi tío Gustavo, lo asocio con el México de la prepotencia y el golpe en la mesa para ordenar con la cartera en la mano y el puro en la boca; el aroma del pulpo y los langostinos lo asocio a los platos que fregué en uno de mis primeros trabajos en un hotel de la Ciudad de México, el Century, allá en la Zona Rosa.

Pero entre todos los olores creo que uno de los que más me gusta por los recuerdos que me suscita es el de la goma de migajón que usaba en mis primeros escritos cuando fui joven, la usaba para borrar una y otra vez la frase con la que no podía traducir sentimientos o ideas en aquellas hojas viejas que me regalaba el señor de un taller de impresión en la calle de Riva Palacio frente a Garibaldi, en la Ciudad de México. Qué curioso, no es el olor a tinta lo que me atrae a mis primeros escritos, sino el olor a goma de migajón con el que sin darme cuenta cuando apenas llegaba a los diez años, un día poco más de cuarenta años después, sería el epicentro para recordar los frijoles de mi abuela, las manos de mi madre y el andar cansino de mi abuelo.

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