Cinque Terre

Fernando Dworak

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¿Nos espera un golpe de péndulo?

Es casi aterrador darnos cuenta que al parecer la alternativa a los gobiernos populistas de izquierda en Iberoamérica son otros gobiernos populistas, pero de derecha. Al desastre que terminó siendo el PT en Brasil sobrevino Jair Bolsonaro. Y más allá de la discusión ociosa sobre si en Bolivia hubo o no golpe, el grupo ultraconservador que se está haciendo del poder no es mejor a Evo Morales.

Toda nación requiere un discurso de unidad que defina la identidad colectiva, un pasado común y un destino al que todos están llamados a cumplir. Esto se refleja desde los símbolos como banderas, himnos y eslóganes, pasando por la historiografía y culmina con los cánones de socialización aceptados. La construcción de estos mitos es una tarea indispensable para cualquier sociedad humana que aspire a crecer más allá de una pequeña tribu y ha sido preocupación de gobernantes y regímenes desde que hay civilización.

Sin embargo, es necesario revisar periódicamente estos mitos para actualizarlos, o de lo contrario se anquilosan y se convierten en herramienta de legitimación para unos cuantos. Se espera que esos cambios correspondan a la complejidad creciente de la sociedad donde aplican, abonando también a la tolerancia, la pluralidad y la inclusión.

Hemos sido incapaces de generar discursos de legitimidad incluyentes en la región a lo largo de 200 años. Sea por segregación racial o posturas de clase explícitas o asumidas como naturales en un contexto histórico específico, los mitos han sido por lo general reivindicatorios para un grupo, como es el caso del populismo, o han apostado a gobernar a través de la fatalidad y la resignación, como sucedió con el nacionalismo revolucionario en nuestro país.

Una salida fácil podría ser culpar de esto a alguien, y nunca es demasiado remoto el pasado cuando se trata de inventar responsables. Por ejemplo, la ocurrencia del presidente de culpar a Hernán Cortés como el primer corrupto en estas tierras; aunque esta estrategia en realidad abona a construir un discurso de eternidad, como se ha dicho en este espacio. Pero sin importar quién inició con esta tendencia, preocupa darnos cuenta que no hemos salido de esa dinámica de exclusión y segregación, y la región nunca podrá ser próspera si seguimos en esa vía.

El ejemplo más reciente de cómo no hemos aprendido de nuestra historia la vemos con el partido Acción Nacional, quien pretende ser un contrapeso al actual gobierno al impulsar iniciativas conservadoras. Dejemos a un lado el absurdo de querer ser más conservador de lo que ha resultado ser López Obrador: esta apuesta es fallida por varias razones.

La primera: una oposición radical no gana adeptos, sino apuesta por mantener un grupo reducido de leales igual de radicales que los contrarios. Al no haber un discurso proactivo que busque conquistar la imaginación de una mayoría, el opositor está a la espera de que el gobierno cometa un error fatal para llegar al poder e imponer su propia visión parcial. Lo anterior si los radicales en la oposición no terminan reduciéndose por su propio sectarismo.

En segundo lugar, un discurso de oposición a ultranza no genera nuevos adeptos, sino termina afianzando al gobierno, especialmente si llegó al poder a través de un discurso de victimización. Basta con que el ejecutivo diga que los otros son conservadores y por ello se oponen para que las multitudes sientan que están en el lado correcto de la historia.

Si esto no funciona, ¿qué se podría hacer? Es indispensable construir una nueva visión de nación que sea tan atractiva a la que hoy defiende el poder: a eso se le ha llamado en este espacio el nuevo “nosotros”. El reto no es oponerse a alguien, sino darnos cuenta que el problema real es el agotamiento del liberalismo tal y como lo conocemos: por ello la batalla principal será por ganar la imaginación de una mayoría.

La tarea no es fácil, como se ha comentado aquí. Hay que iniciar por reconocer las fallas de lo que había si se desea calibrar en vez de observar cómo el gobierno acaba con todo vestigio del pasado. A partir de ahí es indispensable redefinir causas: apostar por el pasado es abonar al descrédito. Finalmente hay que construir puentes y alianzas con grupos que por lo general no se veían como afines, para tender vínculos de comunicación y acción.

¿Se ve difícil? Quizás, pero sería peor seguir con este ciclo de exclusión. Todos somos responsables de lo que pase en el futuro.


Este artículo fue publicado en Indicador Político el 20 de noviembre de 2019, agradecemos a Fernando Dworak su autorización para publicarlo en nuestra página.

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