Manuel Cifuentes Vargas

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Doctor en Derecho por la UNAM. Secretario de Administración y Finanzas del PRD.

No maten al mundo

I. El mundo es de todos

Empiezo con una parodia, evocando a Abraham Lincoln¹, para decir que esta es una reflexión de la vida, por la vida y para la vida.

El mundo es de todos. No es propiedad exclusiva de alguien, ya sea persona o grupo de personas, ni de uno o de unos países en lo particular. Es un patrimonio temporal que heredamos todos los que en este tiempo nos ha tocado habitar la Tierra. No hay personas físicas ni colectivas eternas, por lo que únicamente tenemos el mundo en usufructo, tal y como lo tuvieron todos nuestros antepasados y lo tendrán infinitamente de la misma manera los que aún les falta por llegar. Por lo tanto, todos tenemos el ineludible deber de cuidar nuestro momentáneo habitáculo; nuestra casa social, porque es la casa de todos, así como también la obligación de conservar, y no romper o quebrar, la perpetuidad de la vida humana en el universo en el que estamos; en el que tenemos.

Nacimos libres como seres vivientes y somos libres (como también lo serán nuestros sucesores) organizados en sociedades individuales avanzadas y en estados políticos normados mediante reglas escritas de convivencia civilizada. Es el grado de desarrollo y civilización al que hemos llegado y, con altibajos en la armonía en ésta nuestra casa colectiva esférica, hemos sobrevivido y todavía estamos aquí, en nuestra casa común.

Este fue el supremo pacto social global que logramos edificar como humanos; el magno contrato social universal que nos permitió, como especie humana, dar el gran salto en algún momento perdido en el tiempo pasado, para transitar por el camino del bien, al cruzar el venturoso puente del tiempo; la frontera entre el estado primitivo a un estado político-social más civilizado, del que ya han dado cuenta desde hace siglos los más grandes pensadores que ha producido la humanidad. Y lo han hecho precisamente en este ambiente de mayor reposo, sosiego y tranquilidad para pensar, que generó la creación de sociedades político-jurídicas civilizadas.

Nadie por poderoso que sea y por ningún motivo o interés político, económico, social, cultural o de cualquier otra índole, tiene derecho a disponer negativamente sobre el destino de la vida humana, y mucho menos atentar contra la humanidad. El hombre, su condición humana y su destino, no son propiedad de nadie, ya sea de un grupo de personas o de países por muy encumbrados que estén. El derecho a la vida y su libertad no es una dádiva graciosa de los poderosos ni de los gobiernos, sino un don sagrado de la naturaleza o de Dios, según sean las respetables creencias. La naturaleza nos dio la vida y solo la naturaleza o el ser divino nos la pueden quitar llegado el momento.

Tal y como acabamos de apuntar líneas arriba, en primer lugar y desde un ángulo puramente humano, el mundo es de toda la humanidad, porque en el nacimos y fuimos sembrados en su capa terrestre. Después, políticamente, el mundo es de todos los países que ocupan la corteza geopolítica del hemisferio. Pero si bien es cierto que el mundo es de todos los humanos y de todas las sociedades políticas en que estamos organizados; también, desde el punto de vista natural y en justicia, lo es de los animales, de los vegetales, así como de otros seres que tengan signos de vida. Siempre lo he dicho en algunos de mis escritos, que el mundo es de todos, no solo de una especie o raza; por lo que todos los reinos vivientes tenemos derecho a la vida y derecho a vivir en saludable paz.

La vida en el planeta es una cadena irrompible, indestructible y un entramado de vida evolutiva, que ha mantenido el equilibrio y subsistencia de la vida en la Tierra. Por eso, mantener sanos los elementos esenciales y el entorno indispensables para hacerla posible, el necesario equilibrio, así como la seguridad, el bienestar, la armonía y la paz entre los reinos vivientes, permitirán seguir viviendo y poblando a la misma. Aunque en este preciso momento crítico por el que atravesamos, lo digo en términos coloquiales casi de vida o muerte, es la vida humana la que preocupa. La preocupación que ya viene de tiempo atrás, es mantener la vida de todos, porque si efectivamente existe una interdependencia, la verdad es que debemos siempre recordar, que los humanos somos el último eslabón de la cadena y, por lo tanto, somos los únicos totalmente dependientes de los demás. Ellos no nos necesitan. Nosotros sí a ellos para sobrevivir.

Si bien debemos construir con la voluntad de todos un mundo mejor; más razonable, justo y humano, no podemos soslayar en esta edificación que hagamos juntos, que tenemos que ir agarrados de la mano con los demás, con el resto de los seres vivientes, para hacer un edificio más sólido y duradero; de tal suerte que caminemos y nos acerque a ese orden mundial razonable, justo y humano perdurable, en el que se incluya y se envuelva a toda la vida terrenal, porque nada es eterno y todo es prestado solo por un tiempo; el que le toca a cada quien.

Estatua de Alejandro Magno que se conserva en el Museo Arqueológico de Estambul

A este propósito, cuenta la leyenda que un día el legendario Alejandro Magno², en el lecho de su muerte convocó a sus generales y sabiamente les comunicó sus tres últimos deseos:

1. Que su ataúd fuese llevado en hombros en procesión por los mejores médicos.

2. Que los tesoros que había acumulado en sus conquistas (plata, oro, joyas y piedras preciosas) fueran esparcidos por el camino hasta su tumba.

3. Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos.

Uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó cuáles eran sus razones. Y Alejandro el Grande le explicó:

1. Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd, para así demostrar que ellos y todos sepan, que no tienen nada qué hacer ante la muerte.

2. Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.

3. Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que venimos al mundo con las manos vacías y con las manos vacías partimos de él.

II. Una enseñanza de vida

El COVID-19, lo digo en términos coloquiales, llegó para quedarse, porque sus estragos nos deja enseñanzas, experiencias y dolorosas pérdidas de vidas, que dejarán hondas cicatrices en la historia de la humanidad, pero también valiosos aprendizajes para que, si de veras queremos, nunca jamás nos vuelva a ocurrir algo semejante.

Después de que superemos este cataclismo epidemiológico de talla mundial; de esta pandemia virulenta que se ha desatado por el mundo, nada será igual. El mundo será distinto; diferente un día después. Y el día que termine la tragedia que estamos viviendo, a la mañana siguiente empezaremos otra vez. Hoy estamos doblados, pero no quebrados. La vida es mucho más que la pandemia; que el coronavirus, y que cualquier otra pandemia y virus. La vida tiene que seguir.

Covid-19 probablemente será un parteaguas en la historia de la humanidad. Habrá un antes y un después. Se terminará y se sepultará una era, y se abrirá e inaugurará otra nueva era para la humanidad. La pandemia que hoy vivimos no será definitiva ni determinante, y mucho menos el apocalipsis letal hacia la extinción de la vida. En nuestras mentes, eso sí, quedará un sello trágico indeleble de dolor; un registro imborrable en la historia de la humanidad; pero también nos quedará desde ahora un aprendizaje global rápido para todos. Nos quedará una cultura nueva de conciencia, de sanidad, de medidas sanitarias preventivas y de formas y estilos de vida en sociedad. Hay que repensar al mundo.

Volver a los principios humanos y no dejar que el materialismo pragmático descarnado nos termine invadiendo; que se apodere totalmente de nosotros y que ese sea nuestro destino final en el mundo. Hoy estamos viendo con cristalina claridad, que lo que no cambiamos a tiempo, el tiempo nos lo cambia; y esta vez no cambiamos y el tiempo se está encargando de cambiarnos la vida. Estamos aprendiendo de nuevo para hoy, y para mañana volver a empezar, porque el mundo seguramente no volverá a ser el mismo.

III. Razón de la creación y existencia del Estado

En estos momentos trágicos por los que atraviesa el mundo, el de un estado de emergencia sanitaria, los gobiernos tienen que asumir plenamente su deber y cumplir puntualmente con su obligación y responsabilidad política, jurídica, social, económica, histórica, ética e institucional, como representantes que son de los estados-nación. Se trata de un tema de seguridad nacional, como también de seguridad mundial.

Todos los gobiernos deben tener presente y nunca olvidar que la razón por la que se creó el Estado es la seguridad. Invitamos a los gobernantes a que se asomen a los fundamentos; a la razón de la creación del Estado que podrán encontrar en los grandes pensadores de la humanidad, para que recuerden cuál es su primera y principal obligación como gobernantes, como representantes de los pueblos y de los estados, así como guardianes coadyuvantes de la integridad del pacto social y de su resultado, que es el Estado. Los gobiernos, haciendo buenos gobiernos, deben evitar el astillamiento del Estado, y con más razón fracturas, desintegraciones, desmembramientos y separaciones sin razón plenamente válida, y que a veces solo se aprovechan temas coyunturales, superables con el dialogo civilizado, constructivo y con la razón. Ustedes no le pueden fallar a los pueblos que los eligieron.

Y seguridad implica todo. No solo procurar la ausencia de guerras y de conflictos internos y externos, sino también la preservación y disfrute de la libertad pactada en el legendario e histórico contrato social, de la igualdad, de propiedad, de seguridad pública, de alimentación, de salubridad, del entorno ambiental, etc. En pocas palabras, seguridad para desarrollarse en un ambiente de libertad, bienestar y paz. Señores gobernantes, cumplan con los fines del Estado. Cumplan con su deber y obligación; gobiernen bien para todos. Para eso los eligieron los pueblos.

Voy a traer a este espacio a uno de los precursores que habla de la justificada la razón, que lo viene a ser la seguridad para el bienestar y la paz, de la creación del Estado, en boca del filósofo alemán del Derecho Político, Carl Schmitt, quien interpreta inteligente y doctamente lo que dice Hobbes en su obra magna el “Leviatán”. Pido prestado, para mejor ilustración, parte del texto de Schmitt:

“…se dice que la civitas o respublica es un hombre magno, un gran Leviathan, un ser artificial, un animal artificiale, automatón o machina. La expresión magnus ille Leviathan se emplea indistintamente…como denominación del hombre magno y de la gran máquina.” Por lo “…que las imágenes que se dan son tres: un gran hombre, un animal grande y una gran maquina fabricada por obra del arte y el ingenio humano.”

Con el contrato social “…se construye el nacimiento del Estado.” Es decir la multitud de contratantes se constituyen en una sola persona; en una persona única, en un Estado. Este es el nacimiento del gran Leviathan. “…El nacimiento del Deus mortales, del Dios mortal que, por medio del terror que su poder inspira, obliga a todos a vivir en paz. Junto a la imagen del hombre magno, del gran animal y de la gran máquina, aparece ahora…una cuarta imagen, Dios, y, por cierto, un Dios mortal.” Dios, hombre, animal y máquina. El conjunto lleva el nombre de Leviathan…”³

En páginas siguientes, escribe Schmit que “Hobbes, para caracterizar el estado de paz obtenido por medio de la policía, utiliza la fórmula de Bacon de Verulamio y dice que en ese estado el hombre es para el hombre un dios: “homo homini deus”; mientras que en el estado de naturaleza el hombre es para el hombre un lobo: “homo homini lupus”. El terror del estado de naturaleza empuja a los individuos, llenos de miedo, a juntarse; su angustia llega al extremo; fulge de pronto la chispa de luz de la ratio y ante nosotros surge súbitamente el nuevo dios.

“¿Quién es ese nuevo Dios que a los hombres ganados por la angustia trae paz y seguridad, transforma los lobos en ciudadanos y como Dios se revela en este milagro, aunque solo sea como “Dios mortal”, el “Deus mortalis” que dice Hobbes,? La expresión “Dios mortal” ha traído consigo muchas equivocaciones.” “…Hobbes opera, en realidad, con tres concepciones de “Dios” diferentes entre sí, incapaces de ser armonizadas unas con otras. En primer plano está bien visiblemente la equivoca imagen mítica del “Leviathan”, que resume en sí los términos “Dios”, “hombre”, “animal” y “maquina”. Junto a ella figura una construcción jurídica del contrato que sirve para explicar una persona soberana, obtenida por medio de la representación. Por otra parte, (y aquí está –a mi juicio- la medula de su construcción jurídica), Hobbes transporta la concepción cartesiana del hombre como mecanismo dotado de un alma al “hombre magno”, el Estado, que Hobbes convierte en una maquina animada por la persona representativa soberana4.”

Ahora bien, después de este largo pero culto paréntesis que razona la formación del Estado, regreso al punto del coronavirus que nos aqueja, para decir que al margen de si existe o no existe; de si es de origen natural o es creación de laboratorio; de si nació de manera natural o fue sembrado; de si es letal o no es mortal; de si se generó en un lugar o en otro; de si es culpa de un país o no y si es de una latitud o de otra, lo cierto es que lo tenemos; el problema es que hoy el virus por todos lados está, provocando enfermedad y cobrando vidas porque la muerte cabalga el virus, destrozando y quebrando economías, así como sembrando inquietud, incertidumbre, temor y miedo en las poblaciones. En pocas palabras, nos tiene apanicados. Y en este espectro de terror en el que vivimos, los más pobres son los que más lo sufren, porque son los que necesariamente tienen que salir a trabajar para sobrevivir. Estos son los que llevan la peor parte, porque de acuerdo con la “filosofía” popular, diario se la rifan y, aún contra su voluntad, corren el riesgo ante la muerte para sobrevivir o, de lo contrario, se mueren de hambre.

Y al igual que ellos, también se la juegan los que trabajan en el campo, en las industrias, los comerciantes y todos los que generan servicios indispensables de uso y de consumo para que sobrevivamos y, desde luego, todos los profesionistas y profesionales de los servicios de salud del mundo. Todos estos trabajadores se han convertido en auténticos y verdaderos soldados desconocidos, que todos los días se la están rifando caminando por el hilo delgado entre la salud, la vida y la muerte, para cumplir con su deber, con su compromiso social y de salud pública. A todos ellos, héroes anónimos; héroes sin rostro del mundo; gracias, siempre muchas veces gracias por su entrega y sacrificio en el cumplimiento de su deber. Por mantenernos vivos en estos momentos difíciles para la humanidad entera. Que todo este sacrificio de estos ejércitos sea por un mundo y un México mejor.

Por lo que hemos visto, es un virus que no se estacionó o que se esté quieto en un solo lugar. Camina sin brújula orientadora a cualquier parte sin rumbo fijo y muta, por lo que es un virus transeúnte, que migra y que ataca a todos por igual. No respeta países, regiones, civilizaciones, culturas, religiones, razas, idiomas, pigmentaciones de piel, pueblos originarios o mestizos, estaturas, edades, sexos ni preferencias sexuales, costumbres, urbanos y rurales, complexiones físicas de las personas, niveles económicos, clases sociales, niveles intelectuales, grados académicos, profesionistas ni de oficios, artistas ni deportistas, gobernantes o gobernados, personas sanas ni enfermas, como tampoco incluso los profesionales de la salud escapan de él. Agarra parejo, a todos por igual, como lo hace la muerte misma. Es un virus urbi et orbi.

El Estado no es una máquina, ni el hombre es el lobo del hombre. El Estado y el hombre tienen otros valores sublimes que ciertamente se han ido erosionando en nuestro tiempo, por el pragmatismo material que pisamos, pero hoy también ha llegado el momento de volver a repensar a la vida, a la sociedad y al mundo, para que se vuelva a cubrir con el manto de los principios y valores humanistas. Hay que resurgirlos y modelarlos a nuestro tiempo, contexto y circunstancias de innegable encogimiento del mundo. Como bien dice Marshall McLuhan5, el mundo es una aldea. Y por lo mismo, ya estamos mirando y explorando otros horizontes, pero nuestros valores aquí, y en su momento allá, son universales.

El mundo ya evolucionó política, económica, social y culturalmente de las autarquías puras o semi puras a lo global. En este tiempo ya ningún país puede sobrevivir por sí mismo, aislado o ajeno a los demás. La ciencia, la tecnología y el comercio, no son demonios. Son buenas, indispensables y centrales herramientas que hacen progresar a los países y a la humanidad, a través de las cuales pueden encontrar su justo bienestar, armonía, paz y felicidad, si se tiene la voluntad para ello, para con una buena ingeniería política, económica y social, construir un orden mundial más ordenado, razonable, justo y en paz, como lo escribieron y propusieron los grandes humanistas. Estas herramientas no son el lobo del hombre, como decía Hobbes en su “Leviatán”, refiriéndose al hombre en su estado de naturaleza primitivo; esto es, anterior al contrato social y punto de partida hacia un mundo más civilizado.

Henry Kissinger, en un artículo que no tiene desperdicio, que tituló “La pandemia de Coronavirus alterará el orden mundial”, y que aquí recupero parte de su contenido, interpretando fielmente a los clásico de la filosofía política de la Ilustración, escribe que “la leyenda fundadora del Gobierno moderno es una ciudad amurallada protegida por poderosos gobernantes, a veces despóticos, otras veces benevolentes, pero siempre lo suficientemente fuertes como para proteger a las personas de un enemigo externo. Los pensadores de la ilustración reformularon éste concepto, argumentando que el propósito del Estado legítimo es satisfacer las necesidades fundamentales de las personas: seguridad, orden, bienestar económico y justicia. Las personas no pueden asegurarse esos beneficios por sí mismas. La pandemia ha provocado un anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada en una época en que la prosperidad depende del comercio mundial y el movimiento de personas.” Las democracias del mundo necesitan defender y sostener los valores de la ilustración. Un retiro global del equilibrio del poder con legitimidad hará que el contrato social se desintegre tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, esta cuestión milenaria de legitimidad y poder no puede resolverse en simultáneo con el esfuerzo por superar la pandemia. Todas las partes deben hacer un ejercicio de contención, tanto en la política nacional como en la diplomacia internacional. Se debe establecer prioridades. “El desafío para los líderes es manejar la crisis mientras se construye el futuro. El fracaso podría incendiar el mundo6.”

Covid-19 nos ha hecho pensar y repensar. Pareciera mentira, pero sintiéndonos tan poderosos y majestuosos sobre la faz de la Tierra, ahora nos vemos vulnerables y diminutos ante un microscópico virus. Nos puso a temblar, nos ha llenado de terror, nos sentimos desamparados y desolados; nos restringió drástica y extremadamente nuestra libertad de tránsito. Simple y sencillamente nos confinó y nos aisló de nuestro círculo social e incluso del familiar amplio, dejándonos encerrados sólo con el de nuestra familia más íntima, más cercana; con la que vivimos todos los días, siendo nosotros, los humanos, seres sociales y sociables por naturaleza, como ya en su tiempo Aristóteles nos definiera, como “animales políticos” (zoon politikon), entendido el concepto-expresión en el sentido de seres sociales7. Bien dice la sabiduría popular, “no hay enemigo pequeño”.

Qué paradoja de verdad estamos viviendo. El ser humano que su naturaleza es vivir permanentemente en saludable sociedad, ahora vivimos individual y familiarmente a distancia. Distanciados físicamente unos de otros. Sin convivencia y en una sana distancia obligada por un virus. Si la inteligencia se pudiera pesar, podríamos decir que aún con toneladas y toneladas de inteligencia acumulada de miles de millones de humanos, no hemos podido todavía con un minúsculo virus.

Hoy estamos varados; sin movimiento. Ya no hay la alegría de los fines de semana; de los viernes sociales ni de los sábados y domingos familiares, recreativos, deportivos, culturales y de esparcimiento en la calle con la familia, con los hijos y con los amigos, como tampoco para la celebración de aniversarios. Ahora todos los días son iguales, planos, lineales y recogidos en casa sin libre movilidad alguna, sino totalmente restringida a nuestro entorno familiar del hogar, donde incluso, hasta muchas veces perdemos la noción del tiempo. Ya no sabemos qué días de la semana son, porque todos son iguales en nuestros aposentos y recogimiento.

El destino ya nos alcanzó. Hoy hay un mundo desecho y desolado, y además con crisis económicas que están impactando severamente en lo social; pero también con fuertes y delicadas repercusiones y consecuencias políticas, para aquellos gobiernos no preparados para bien saber gobernar.

Algunos incluso al ver el desplome de la economía, se ven en el dilema de que hacer en su quehacer como gobiernos; si darle primacía a la vida o darle primacía a la economía. En todo caso, considero que no se podría priorizar la economía sobre la vida humana. Creo que sería un error, pues sin vida no hay economía. La prioridad, estimo, debe ser dual, por lo que hay que trabajar simultáneamente en ambos carriles. Hay que salvar la vida y salvar la economía. No se contraponen. Se complementan en la toma de racionales decisiones.

Que si es un ser vivo o que si no tiene vida o que si es un plástico, es importante determinarlo por los científicos que investigan al virus y ya en su momento nos lo informarán con toda exactitud, y aunque suene contradictorio lo que voy a decir, en estos momentos de angustia , de alerta y de enorme preocupación, de momento lo más importante para todos, es coadyuvar a detenerlo y evitar su mayor propagación, para que entre todos: científicos, intelectuales, políticos, gobernantes y población en general; en lo que esté a nuestro alcance hacer, en una constructiva y saludable sinergia; es decir, con la conjunción de nuestras energías físicas y mentales, logremos su exterminio. Con más razón si fue creado por el hombre y no engendrado por la propia naturaleza. Llamo al sentido humano común responsable, para ir todos unidos en una cruzada mundial contra el coronavirus, para que no siga causando más daño, pues nos cambió la vida de tajo, con la muerte que el virus lleva montada en su cuerpo.

Como ya se dijo, la razón por la que se creó el Estado es la seguridad, para hacer posible la convivencia, la prosperidad, el progreso, el desarrollo, el bienestar, la armonía, la paz y la felicidad. Solo hay una vida en la tierra para todos, por muy poderosos que sean algunas personas y países, y todos tenemos derecho a disfrutarla. No olvidemos que aún los hombres y países más poderosos que han existido en toda la historia en el mundo, han sucumbido, han muerto y se han extinguido, porque no cambiaron a tiempo y los alcanzo el destino. Nosotros, países y sociedades, estamos todavía a tiempo y podemos hacerlo. No dejemos ir la oportunidad. Sin seguridad, libertad, prosperidad, bienestar y paz, no hay Estado.

Los gobiernos y este tipo de intereses son transitorios, no son para siempre, para toda la vida; no son inmortales. Finalmente terminan quebrándose; la vida no. Así lo ha enseñado la historia de la vida humana y política. Por muy poderosos que sean les llega su momento, en tanto que la vida sí puede ser perenne. La vida debe continuar; la vida deberíamos considerar que es imperecedera si cuidamos la Tierra; si cuidamos el sano e indispensable equilibrio en la Tierra. Ese es el destino manifiesto humano y de la humanidad. No tenemos derecho a jugar ni a depredar al mundo. Hay un piélago de generaciones por venir formadas en la hilera del tiempo futuro y no tenemos derecho a truncar su llegada y existencia. No podemos convertirnos en matricidas de la vida, ni en matricidas de la madre Tierra.

Hoy lo más importante es encontrar el remedio y la vacuna, y hay que darle todo el apoyo y confianza a la ciencia, a la tecnología y a los profesionales de la salud: a los que sí saben. Es un tema de extrema urgencia en un estado de necesidad sanitaria.

Somos en números redondos 7, 796, 000, 000 millones de seres humanos en el mundo6 y a todos el virus nos puso a temblar. Nos recluyó por la fuerza y nos obligó a tomar medidas extremas y extra urgentes de sanidad, que seguramente se convertirán en adelante en una cultura humana universal. Pero en toda esa masa humana y con toda esa inteligencia acumulada que somos y que tenemos, aún no hemos podido con el virus. Este paralizó la vida en el mundo. Nos hemos convertido en sus rehenes. Nos tiene aprisionados; nos tiene encarcelados en nuestras propias casas, quitándonos el derecho a salir a la calle y condenándonos al distanciamiento social. Somos sus prisioneros y con la amenaza de aplicarnos la pena de muerte, previa tortura en sufrimiento y dolor, si no obedecemos e intentamos salir, pues la muerte cabalga sobre él. Nos ha convertido en un número y en una estadística: cuántos infectados, cuántos no infectados, cuántos curados y cuántos fallecidos.

Y no obstante todo este panorama de obscurantismo infectante que cubre al mundo, todavía hay quienes incluso obnubilados por sus creencias políticas e ideologizados, discuten acremente que si el virus tiene sello socialista o si tiene origen capitalista; esto es, si tiene estampa de izquierda o de derecha. Ahora resulta que el virus también tiene ideología, cuando que, ahora más que antes, todos unidos y sin distingos deberíamos tener una mentalidad más abierta, y no obscurecida, para afrontar cuanto antes y con éxito esta grave situación. Para sanar, aliviar y salvar a los pueblos de todas sus consecuencias y penurias en todos los órdenes de la vida de las sociedades y de los países.

Pero también lo cierto es que hay gobernantes y sus panegiristas, sean de derecha, de centro o de izquierda, que son iguales, pues están cortados con la misma tijera del poder por el poder mismo, y no por el verdadero bienestar de la gente. Y es que, dicho sea de paso, yo veo que el problema siempre ha sido la ambición de poder. Es tan subyugante éste, que sea quien sea, cuando lo prueba, es la cruda realidad, muchas veces ya no lo quiere dejar.

Siempre procuran y llegan a él con un buen discurso democrático y progresista, atractivo para endulzar el oído de las personas, pero cuando llegan al poder, por lo general le dan la vuelta y le dan la espalda a esa narrativa paradisiaca con la que emocionaron y enamoraron a la gente, y se olvidan de ella, convirtiéndose en ambiciosos del poder. Y como sea y a costa de lo que sea, incluso llegan hasta hacer a un lado sus propios principios y valores, y buscan como reformar la normativa, sin que de ella escape el reescribir la Constitución para acomodar el terreno a su favor y medida, a fin de reelegirse y perpetuarse en el poder, así tengan que ir en contra de todo. Lo importante para ellos, es seguir en el poder.

Sí es importante sin lugar a dudas que lleguemos a saber si el virus trae marca política; si tiene nombre y apellido completo, claro y preciso. Pero ahorita lo más trascendente es la vida, y no tanto la política ni las ideologías, porque pareciera que por momentos estamos más preocupados y ocupados por estas cosas, que por la salud y la vida que está de por medio y de la crisis en la economía familiar, nacional y global que ya cruzó la puerta y se introdujo sin permiso alguno en las distintas sociedades y en los países. El virus no sabe ni entiende de ideologías, de política, de países, ni de gobiernos. Es un intruso mortal que golpea a todos, sin miramiento alguno. Para él no existen corrientes políticas ni expresiones ideológicas.

Consideramos que es tiempo de guardar el luto político e ideológico y abstenerse de hacer política a costa y pretexto del coronavirus, para sacar nuevamente a relucir enojos, animadversiones, enfrentamientos y radicalismos. Así no vamos avanzar en el combate; en la guerra contra el virus que azota al mundo. Señores gobernantes y políticos: así no. Sin salud no hay vida, y sin vida no hay política, ideologías ni estados.

Bien dice en su exhorto reciente el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanon Ghebreyesus, motivado por las críticas y la amenaza del retiro del apoyo económico al organismo, al señalar que se “ponga la política en cuarentena; hay miles de vidas en juego.” Asimismo expuso que el tiempo “lo dedicaremos a luchar contra el enemigo público número uno que es el virus.” No hay que “perder el tiempo haciendo política9.”

A propósito del término “guerra” que algunos gobernantes y gente del medio intelectual o académico vienen usando en su discurso y narrativa, dice Alain Touraine en reciente entrevista, que “técnicamente la guerra enfrenta a un ejército A que invade el territorio del país B. Hacen falta al menos dos y ocurre entre humanos. Aquí, en cambio, lo que vemos es lo humano contra lo no humano. No critico el empleo de la palabra guerra pero sería una guerra sin combatientes. No hay un estratega: el virus no es un jefe de Gobierno. Y, del lado de lo humano, creo que vivimos en un mundo sin actores.”

Ni arriba ni abajo de la tabla, agrega el sociólogo francés, “…hoy no hay ni actores sociales, ni políticos, ni mundiales ni nacionales, ni de clase. Por eso, lo que ocurre es todo lo contrario de una guerra, con una maquina biológica de un lado y, del otro, personas y grupos sin ideas, sin dirección, sin programa, sin estrategia, sin lenguaje. Es el silencio10.”

IV. Crímenes de Estado de lesa humanidad

Los crímenes de Estado tienen una característica histórica común que los presenta como acciones o actor siempre cargados con el ejercicio de violencia física, los cuales se dan por lo general en los estados absolutistas, totalitarios y en las dictaduras. Sin embargo éste ha ido mutando hacia otras formas de gobierno; hacia otros terrenos no obligatoriamente políticos, así como también con otras presentaciones, sin que necesariamente conlleven cargas de violencia física, pero que finalmente tienen un objetivo y desenlace fatal: la muerte.

Un ejemplo de estos dos últimos casos, son los que se podrían cometer con motivo de la pandemia que desató el coronavirus, registrado, bautizado y confirmado con el nombre y apellido de COVID-19, en el que se podrían presentar esta clase de crímenes en un tema de salud pública y en los que no existiría ninguna dosis de violencia física de por medio.

Este tipo de crímenes, saldría del estereotipo del clásico crimen de Estado, en el que media la violencia física. Aquí no habría violencia física, pero sí con la indicación de no atender ni facilitar todo lo necesario, para hacer médicamente todo lo posible y hasta el último momento, para que los enfermos de coronavirus conserven la vida.

Los crímenes de Estado pueden ser individuales; es decir, cometerse contra una persona en lo particular; contra varias o contra un determinado grupo de personas, como también los hay dirigidos a sectores amplios de la población por motivaciones varias, pero no justificables de ninguna manera, adquiriendo la característica de genocidio.

Son medidas duras las que se toman en el crimen de Estado usual, porque se le imprime violencia física. Ahora, con motivo de la pandemia, son medidas blandas las que se toman, por la ausencia de violencia física en este tipo de crímenes, pero en ambos casos tienen el mismo fin: quitar la vida, camufladas en razones sanitarias, sin tener necesariamente a un enemigo político o personaje incómodo específico de por medio, como en el crimen de Estado clásico o típico, sino dirigidas a un determinado sector enfermo de la población; es decir, sin nombre ni apellido y sin retrato político alguno puntual. Su motivación y justificación es solo una razón de seguridad sanitaria. Otra cosa distinta sería que alguna o algunas personas incómodas o enemigos políticos cayeran en sus manos por motivos de salud, y que se aprovecharan esta circunstancia y situación, para medicamente también deshacerse de ellas.

Ahora bien, la vida es un derecho humano y, aunque suene cacofónico, nadie tiene derecho a violar ese derecho a la vida, salvo casos plenamente identificados, probados y justificados, siempre medidos por la ley y la razón, para salvar un bien superior. La vida es el valor supremo; y precisamente como es un valor superior, es que para garantizar la preservación y mayor durabilidad de la misma, también se ha instituido como un derecho humano el derecho a la salud. Estos derechos a la vida y a la salud tienen su reconocimiento y consagración, como punto de partida normativo global, en las declaraciones de derechos de las personas, y de ahí han caminado a lo local; a lo doméstico en las constituciones de los países en lo particular.

Bansky

1. Derecho a la vida.

En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa, el 26 de agosto de1789, está implícito el derecho a la vida, en sus artículos 4, 5 y 8.

De igual manera, la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada por la ONU, en la Ciudad de París, Francia, el 10 de diciembre de 1948, lo señala ya de una manera más clara y precisa. Cito puntualmente los artículos correspondientes de la expresada Declaración, para mayor veracidad y claridad de sus contenidos y alcances:

“Artículo 3. Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.” Derecho que bien puede ser complementado con el artículo 12, que prescribe que “nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia…Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.”

Ahora bien, si nos asomamos a nuestro orden jurídico podremos observar que en la Constitución General de la República Mexicana, el derecho a la vida de las personas, en una lectura armónica y aseada, está implícito en el espíritu de los artículos 4, 14 y 16.

Ir en contra del derecho a vivir de cualquier persona sin ninguna justificación completamente racional, por encontrarse en un estado de salud desafortunado motivado por el coronavirus, y sobre todo apuntando con el dedo índice a aquellas personas que ya llegaron a la tercera, cuarta y demás niveles hacia arriba en que se ha clasificado la edad de las personas, sería retrotraernos al estatus del primitivismo penal que existía antes del movimiento humanitario iniciado en 1774 por el pensador humanista italiano de la ciencia penal, César Bonesana, Marqués de Beccaria11. Y cuya primera piedra, en el terreno constitucional, se puso en la Carta Magna de 1215, en su artículo 39, emitida aún contra su propia voluntad, por el Rey Juan de Inglaterra, más conocido con el mote de “Juan sin Tierra”12.

2. Derecho a la salud

Por lo que hace a este derecho, en la citada Declaración Universal de Derechos Humanos se establece el derecho a la seguridad social, en los siguientes términos: “Artículo 22. Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad.” Y ya específicamente en lo relativo a la salud, apunta lo siguiente:

“Articulo 25.

“1. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar,…la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso…enfermedad,…vejez y otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.”

Bajando al terreno constitucional doméstico, en la Constitución General del país el derecho a la salud lo considera en estos términos, en su Artículo 4, párrafo cuarto: “Toda persona tiene derecho a la protección de la salud. La ley definirá las bases y modalidades para el acceso a los servicios de salud y establecerá la concurrencia de la Federación y las entidades federativas en materia de salubridad general, conforme a lo que dispone la fracción XVI del artículo 73 de esta Constitución.”

Luego entonces, como la vida y la salud son primero, nadie tiene derecho a dejar de aprovisionar lo necesario y de atender a determinado grupo de personas en el estado de salud en que se encuentren, en estas críticas circunstancias por las que pasamos; como tan poco a retirarles el equipo médico que les permite conservar signos de vida, pues nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie.

3. Derecho a no ser discriminado

Por lo que se ha informado, la acción va dirigida en dos sentidos: a los enfermos avanzados por este virus y a los adultos mayores para darle preferencia a los más jóvenes. Así visto, pareciera que de lo que se trataría es del exterminio masivo de los enfermos avanzados infectados por este virus, así como de los adultos mayores enfermos de coronavirus De estos últimos, quizá pensando que de esta manera dejarían de ser una carga, ante las ineficiencias, faltas de capacidad y de previsión sanitarias de los gobiernos, como si la culpa de eso fuera de los “abuelos”. Con este direccionamiento en las decisiones sanitarias, se estaría violentando, adicionalmente, otro derecho humano consistente en la no discriminación, al ir orientadas las medidas sanitarias principalmente contra las personas de edades avanzadas.

Ya en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en cuanto a las conductas discriminatorias decía: “Articulo 1. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común.” Y de manera temática también la aborda en el artículo 6.

Igualmente la Declaración Universal de Derechos Humanos, reprueba la discriminación en sus más diversas variantes temáticas, las cuales podremos encontrar en muchas partes de su cuerpo, como en los artículos 2, 7, 10, 16, 21 numeral 2, 23 numeral 2 y 26. Tomo el texto del artículo 7, por ser el que habla en términos generales sobre la no discriminación, ya que sería prolijo transcribir todo este articulado.

“Artículo 7. Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación.”

Por lo que se refiere a la Constitución General del país, también se ocupa de este rubro, al prescribir que está prohibida la discriminación que atente contra la vida humana. Esta Ley de Leyes, que está ubicada en la cúspide del orden jurídico mexicano, dice en su Artículo 1, párrafo quinto que: “Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.

4. Derecho a la dignidad humana

Cabe mencionar que la dignidad de las personas, también está catalogada como un derecho humano de las personas en lo general, contemplada en los considerandos primero y quinto del Preámbulo y en el articulado de la propia Declaración Universal de Derechos Humanos; específicamente, en los artículos 1, 22 y 23 numeral 3.

“Artículo 1. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” Y en el artículo 22, al considerar a la seguridad social como derecho humano, que tendrá derecho a la satisfacción de los derechos sociales indispensables a su dignidad.

Bajándonos de la nube jurídica global, podemos ver que también nuestra Ley Suprema, en una lectura pulcra, igualmente habla de la dignidad humana como un derecho de las personas en su artículo 1, párrafo quinto, mismo que ya copiamos en parágrafos anteriores.

5. Derecho a la información oportuna.

Y a este propósito, cabe apuntar que es frecuente escuchar en las recomendaciones que se hacen, que no se haga caso de la información  que circulan otras personas al través de algunos medios. Y tienen razón, pues no se sabe muchas veces quiénes son y qué autoridad sanitaria puedan tener, por lo que se recomiendan que solo se atiendan las que hacen las autoridades oficiales.

Pero la verdad es que la gente está completamente desconcertada y en la total incertidumbre, pues por lo menos en nuestro caso es un sentir general, las autoridades tampoco le hablan con toda la verdad; a veces hay contradicciones en la información que se proporciona  y, en otros casos, le dicen mentiras. Así también cómo les van a creer. Ya no se sabe con certeza qué es cierto y qué no lo es. ¿A quién se le debe creer?, si los gobiernos también están desacreditados y, por lo mismo, tampoco hay confianza ni credibilidad en ellos. La gente está en el desamparo y muchas veces ya no sabe a quién creerle realmente, pues si bien unos pueden ser charlatanes, otros también se podrían asemejar por no hablar con la verdad. Es tanto como dejar a la gente a la suerte de la moneda en el aire, en el volado mexicano: “Lo que caiga: águila o sol.”

Sin embargo, en este sentido hay un deber, una obligación y un mandato constitucional que tienen que observar, atender y cumplir las autoridades gubernamentales, pues los ciudadanos tienen el pleno derecho a que se les informe con verdad, suficiente y oportunamente en los temas de su interés, máxime tratándose, como en este caso los es, el de la emergencia por razones de salud pública en la que está de por medio la vida de los mexicanos. Es un deber y obligación que tiene un cuádruple compromiso y responsabilidad: constitucional y legal, institucional, ético y hacer efectivo el derecho a la información de la gente.

Aterrizando este concepto del derecho a la información en nuestra normativa, la Constitución General del país en su artículo 6, párrafo segundo, establece textualmente lo siguiente: “Toda persona tiene derecho al libre acceso a información plural y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información, e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión.”

Pero cabe subrayar que este derecho a ser informado con veracidad, suficiencia y oportunidad, tiene su genealogía, pues como derecho humano, el tronco de su linaje arranca desde la varias veces citada Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en la que encontramos las primeras astillas de este derecho. Específicamente en sus artículos 14 y 15. Transcribo este último por considerar que es el más puntual. “Artículo 15. La Sociedad tiene derecho a pedir cuentas de su gestión  a cualquier Agente público.”

Artista: Uzey
Hamm, Alemania / AP

De igual manera, en la Declaración Universal de Derechos Humanos, se observa una luz del derecho a la información, al establecer en su artículo 19 lo siguiente: “Artículo 19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Por lo antes expuesto, se considera que es de rechazarse y de reprobarse que se le retire la atención y el equipo médico a quien sea y en el estado de salud que se encuentre, sin su consciente voluntad; esto es, sin su pleno consentimiento, ya que, de esta forma, incluso se le provoca un mayor sufrimiento físico y emocional  en los momentos finales de su vida, cuando se le decrete la condena médica a la muerte, al tomar la decisión de retirarle la atención y el equipo médico.

Los gobiernos tienen que ser más previsores, eficientes y eficaces. No pueden vivir de la improvisación, de la corrección apresurada y menos de la ocurrencia y de la irresponsabilidad. Siempre tienen que ser preventivos en todos los renglones. Esa es la mejor inversión político-económico-social. Todos tienen derecho a seguir viviendo y es una obligación de los gobiernos garantizar la vida y la salud. De lo contrario se convertirán en homicidas dolosos o culposos.

Si lo hacen, serán crímenes de Estado de lesa humanidad los que cometan; genocidios por el elevado número de muertes encaminadas a determinado grupo de personas y, por lo tanto, juzgables con todas las agravantes jurídicas, entre otras, por hacerlo con premeditación, alevosía y ventaja. No se puede esconder la ineficacia de esta manera, como tampoco dejar de proporcionar lo necesario para la debida y oportuna atención médica, y menos querer argumentar justificación alguna válida.

También se cometen crímenes de lesa humanidad, incluso por discriminación, al hacer clasificaciones por sectores de atención y desatención a enfermos, al ordenar que se deje morir a los adultos mayores en primera instancia. Todos somos iguales y tenemos los mismos derechos a la vida, a la atención médica necesaria y apropiada, así como a la salud. Pero sobre todo, como ya se ha dicho, todos tenemos derecho a la vida sobre todas las cosas.

En este ambiente de sanidad se origina el crimen de Estado, como una medida de gobierno, con el argumento de la salud pública, no proporcionando a tiempo los insumos indispensables o de plano no entregarlos, y peor aun teniendo que quitar el equipo, medicamentos y retirándole la atención a quienes presentan cuadros agudos del contagio del virus, dejando morir a los pacientes; como tampoco dejar de prestar atención médica a las persona de edad avanzada, por considerar que, como reza el dicho popular, “ya van de salida de este mundo”, pues como afirma el tratadista español del Derecho Penal, Mariano Jiménez Huerta, “…trátase de auténticos crímenes contra la vida física de los hombres, inspirados, preparados y ejecutados por el Estado, con la más perfecta y pasmosa naturalidad.13” La salud pública, que desde la perspectiva de los gobiernos ya no hay remedio para conservar la vida de estas personas, es la legitimación que justifica el hecho, con lo que se procura de esta manera, racionalizar las conductas a realizarse.

Como ya hemos dicho renglones atrás, al margen de que hay crímenes de Estado de persona en lo individual, de grupo de personas y de sectores amplios de la población. En este último supuesto, serían calificados de lesa humanidad. En el caso de la pandemia por la que atravesamos sería equiparable, ya que serían homicidios masivos los que se cometerían, al dejar de suministrar los medicamentos y el equipamiento respectivos, o al desconectar el equipo médico correspondiente a los enfermos avanzados de coronavirus.

Se estarían cometiendo crímenes de Estado, donde habría autor intelectual y autores materiales, pero también cabría la posibilidad de que el mismo autor intelectual se pudiera convertir en autor material por acción u omisión; es decir, por un hacer o por un no hacer, al no entregar los recursos o que éstos sean insuficientes para adquirir el equipamiento y los medicamentos necesarios, a fin de entregarlos para su suministro a los enfermos, teniendo en sus manos la decisión, posibilidades y recursos para hacerlo.

Y el personal médico en lo particular, se convertiría en autor material de estos crímenes de Estado, aún el que obligado por la fuerza y amenazado por el autor intelectual, deje de atender  a quien es su deber y obligación hacerlo, o retirándole el equipo médico  y dejando de suministrarle los medicamentos necesarios, a sabiendas de que empeorará su salud y finalmente morirá. Esto es homicidio calificado como doloso o culposo, como también se le llama por la norma y los doctrinarios del Derecho Penal.

Los profesionales de la salud deben resistirse y negarse a cometer estos crímenes, pues de lo contrario, siempre llevarían colgado el nada honroso anatema de homicidas con licencia, sombra que nunca los dejaría en paz. Siempre deben tener presente y honrar su juramento de compromiso ético como profesionales de la medicina; el de Hipócrates de Cos14, y hacerlo a diario y en cada momento un pensamiento de vida en el ejercicio de su noble profesión, el cual es su deber cumplir escrupulosamente. No sé si en todo el mundo hagan este juramento de ética profesional, ya sea el histórico o el  actualizado, al concluir sus estudios académicos los profesionistas de la medicina; seguramente en muchos sí; pero en  México es una obligación.

Quizá también se esté tomando la decisión de dejar de atender a los adultos mayores con avanzada enfermedad de coronavirus, porque ya se les considera improductivos y que, por lo tanto,  son una carga de la que se pudiera prescindir en estos momentos difíciles, como si fueran cualquier cosa inservible. Ellos no tienen la culpa de las ineficiencias y descuidos de los gobiernos. No se olvide que esas generaciones adultas mayores ya produjeron y dieron lo mejor de sí mismas, y que es lo que están dejando de herencia a las generaciones nuevas. Además, también hay una cuestión innegable, que muchos de estos adultos de edad avanzada, aún están en plenas facultades y produciendo, que otros más jóvenes. Mirarlos y tratarlos así, por decir lo menos, es una grosera ofensa para los adultos mayores y lastima la dignidad de las personas de la tercera y demás edad avanzadas.

Pero finalmente, como quiera que sea y al sector que no se atienda o al que vaya dirigido, no deja de ser un crimen de Estado de lesa humanidad. Además con el agravante de ocultar la verdad, al no informar o informar diciendo mentiras; y esto es desinformación.

Cierro este apartado con la siguiente afirmación del catedrático mexicano de Derecho Penal de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Raúl Carrancá y Rivas, quien a propósito de la pandemia que padecemos, escribió que “Si el médico decide entre un joven y un viejo con coronavirus a quién de los dos debe salvar con un respirador, su decisión conlleva un homicidio. Salvo casos extremos de incertidumbre, de estados de necesidad, dilemáticos, que la doctrina comprende, el médico no puede ni debe ser juez. Su misión es sanar.”15

También en un video que difundió el acreditado académico en las redes sociales, en el que imparte su clase a sus alumnos, obligado a mantenerse a sana distancia por la pandemia, el mismo maestro Carrancá y Rivas, abordó nuevamente el tópico de la pandemia, pero ahora centrado en la invalidez jurídica de la “Guía Bioética de Asignación de Recursos de Medicina Crítica”, emitida por el Consejo de Salubridad General, la cual contienen las disposiciones que orientan las decisiones del personal médicos en el supuesto de que se vieran sobrepasados por la tendencia creciente de la pandemia.

Señala que esta Guía tiene varias debilidades e inconsistencias jurídicas que la hacen insostenible; entre otras, porque tiene un vicio de origen, consistente en que el órgano administrativo emisor no convocó a todos los miembros que lo componen a la sesión en la que se aprobó la Guía de referencia. Tal es el caso del representante oficial de la UNAM, por lo que no puede tener validez y, por otro lado, que la Guía es un documento puramente administrativo, no ley ni norma jurídica, por lo que es inconstitucional e ilegal y, por lo tanto, no puede suplantar a la ley.

Agrega el catedrático que en todo caso, en el Derecho Penal y en los códigos penales correspondientes, ya están previstos lo criterios que deben guiar y orientar en las hipótesis extremas de estado de necesidad y en aquellas dilemáticas. Ahí se tienen las previsiones para enfrentar esas situaciones extremas. Estas causales excluyentes de responsabilidad, incluyen el estado de necesidad y la no exigibilidad de otra conducta. Esta excluyente de responsabilidad, es la no exigibilidad cuando no es racionalmente exigible una conducta diversa a la que se realizó. Por lo tanto, no cabe el reproche en estos casos extremos.

 Asimismo expresa que el factor edad y basados en los criterios establecidos en la susodicha Guía, en el tratamiento de los enfermos, no pueden ser aplicados en aquellos casos que existan varios enfermos de coronavirus, para priorizar y decidir a quien salvarle la vida, ya que los médicos estarían privando de ésta, acatando los dictados de la señalada Guía, la cual tiene vicios de origen, por lo que es ilegal, así como contraria a la ley y a la razón. Esto significa que los médicos  estarían cometiendo homicidios dolosos o culposos. Igualmente agrega que ¿quién es el médico para decidir si mata o no mata, y quién debe vivir y quien no debe vivir?

También apunta que como la Guía no es ley, sino un documento administrativo, no puede estar por encima de la ley, por lo que pretender darle igual valor y la misma jerarquía, no es jurídicamente permisible, pues no se puede fracturar el Estado de Derecho.  No se debe olvidar en ningún momento, que el Derecho y lo que éste implica y representa, es precisamente  el Estado de Derecho, pues sin ley no hay convivencia.16

V. Repensar al mundo. Un nuevo orden mundial más humano

La vida no es un juego, y sin embargo está en juego. Pues el problema se puede desbordar y salirse por completo de control prolongando la vigencia de la pandemia, lo cual no solo sería una catástrofe mayor en todos los órdenes de la vida, sino incluso poniendo en riesgo hasta la continuidad de la vida humana, y probablemente la desaparición de otros seres vivientes, aunque de momento pareciera, según se ha informado, no está plenamente comprobado que este virus intruso también ataque a los animales. ¿Para eso ha servido la inteligencia, el ingenio, la creatividad, la ciencia y la tecnología? ¿Para poner en riesgo a la humanidad, ya sea por intereses políticos, económicos o de otra clase? ¿Por la carrera para posicionarse en la primacía político-económica y, por ende, en el liderazgo mundial y adueñarse del mundo?

Es un hecho claro y conocido por todos, que de un tiempo para acá se han venido erosionando los principios y valores humanistas en los que se privilegiaba el valor y la generosidad de la vida y de las propias instituciones que le han servido para su convivencia y desarrollo, sustituyéndolos por un materialismo pragmático avasallador, basado en el mercado crudo; solo en el valor de la riqueza, en la acumulación del dinero, como herramientas para el control y el dominio.

Esto ha permeado en todas las capas y ramas de las sociedades, diluyendo a las propias instituciones sociales y políticas. Por eso podemos decir que el mundo de tiempo atrás atraviesa por una crisis de valores que los podemos ver y palpar a flor de piel. Crisis política porque está desvalorizada; devaluada y a veces hasta menospreciada por la falta de credibilidad y confianza en ella, y en quienes la practican y la hacen gobierno. Y esta es una razón del desinterés de la gente por la política, que no por la ciencia, sino por la política hecha gobierno y por los que giran a su alrededor; es decir, por la real politik.

Este abandono de los valores no sólo lo vemos en la arena internacional, sino también en la doméstica; es decir, en el interior de los países, en algunos en mayor o menor medida que en otros, e incluso ya alcanzó en varios nervios sensibles a la propia familia. En el día a día se escucha decir muchas veces, palabras más palabras menos, expresiones desalentadoras tales como: “Esto sirve o es útil para efectos prácticos, y si no, entonces no sirve”, o “¿y para qué nos sirve esto?” Es el desinterés en los principios y valores. Es el utilitarismo puro. Este desinterés se observa incluso hasta por las instituciones y por los propios símbolos patrios, por lo cual han ido perdiendo su fuerza, su recia presencia y su respeto. Quizá duela, pero es la cruda realidad.

Artista: Eduardo Kobra

Ha sido “…el olvido y abandono de sistemas filosóficos cuya eficacia y bondad demostraron los siglos al hacerlos piedra angular de la estructura de toda una civilización. En el Mundo actual imperan la fuerza y la dominación; esto hace que entren en crisis los viejos conceptos rectores de la Vida”17, como bien dice el catedrático Jiménez Huerta.

Es por ello que lo que hoy importa y debe ocuparnos de manera urgente, es retener cuanto antes el impacto global que ha traído en todos sentidos la pandemia; restaurar la estabilidad mundial, prever calamidades futuras para preservar a la humanidad, a las instituciones y al mundo y repensar nuestra futura forma y estilo de vida en sociedad política, basada en principios humanos.

La propia Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, que hemos citado renglones arriba, nos habla en el cuarto considerando de su Preámbulo que es “…esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones”; de la fraternidad que debe existir entre todas las personas  y del derecho que tenemos todos a que se instituya un orden social e internacional para que se hagan efectivos los derechos que en ella se contemplan, lo cual podemos encontrar en sus artículos 1, 26, 28 y 29.

Transcribo a continuación su texto para mayor fidelidad. “Artículo 1. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”

Para amarrar y haciendo eco de su considerando, en el Artículo 26 numeral 2, señala expresamente que la educación tendrá por objeto favorecer “…la amistad entre todas las naciones…”

“Artículo 28. Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.” Lo anterior, se complementa válidamente con lo que preceptúa el numeral 2, del Artículo 29 de la misma Declaración, cuando dice que el ejercicio de dichos derecho y disfrute de las libertades que consagra, estarán sujetas a “…satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática.”

Por todo ello, es la hora en que todos debemos trabajar con verdadera voluntad política, económica y social, en la planeación y edificación de una nueva era, en la que se incluya a la misma naturaleza, con un propósito mundial, no de región ni de preponderancia de un país. Y para tal fin, debe haber confianza, colaboración y espíritu constructivo entre todos para construir un nuevo orden mundial más humano, de libertad, razonable, prospero, de bienestar y de paz.

Todos debemos trabajar en este sentido en estrecha colaboración en lo nacional, en lo regional y en lo global, sin ver hacia atrás, sino hacia adelante. Ya no con una visión de pasado, sino de presente y de futuro. Hay que curar y restañar heridas y borrar cicatrices. Y quizá también ha llegado el momento de superar y sepultar el antagonismo ideológico, de tal suerte que podamos decir: “consumatum est”, y pensar en acuñar una nueva y única, cuya contextura sea justa, razonable y armónica, donde lo humano sea la piedra angular.

Pero en este nuevo diseño arquitectónico que hagamos de un nuevo orden mundial, necesariamente tiene que quedar comprendida la naturaleza en su sentido más amplio. Porque el ser humano no es ni máquina, ni Dios, ni hombre magno como lo identificara y lo relacionara Hobbes allá por el Siglo XVII. Y no lo es porque él no está por encima de manera absoluta y mayestática sobre todo lo demás, aunque se nos haya dado el libre albedrío. La naturaleza, a parte de la muerte, nos ha dado pruebas muchas veces, que somos nada ante ella. Por eso tenemos que aprender y acostumbrarnos a vivir y convivir en sano equilibrio con todo lo que nos rodea. De lo contrario estaremos cavando nuestra propia tumba, aunque esta pandemia no es el apocalipsis. Que no se nos olvide que los demás seres vivos no dependen de nosotros. Nosotros sí de todos los demás.

Evocando a Heráclito de Efeso18, se puede decir, para poner punto final, que el tiempo es como el agua de un rio; nunca podrás tocarlo dos veces, porque una vez que pasa, el mismo momento no lo volverá a hacer. Esto nos lleva a señalar que no dejemos ir la oportunidad cuando los sonidos del viento que sopla anuncian  la necesidad de cambios, pues lo que no cambiamos a tiempo, el tiempo nos lo cambiará.

10 – mayo – 2020.


Anexo 1

Juramento de Hipócrates

Juro por Apolo médico, por Asclepio, Higía y Panacea y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obliga a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.

Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitan; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa.

Instruiré con preceptos, lecciones orales y de a más modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más.

Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mí entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos ni sugeriré a nadie cosa semejante.

Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.

En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objeto que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo las seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos.

Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos.

Si observo con fidelidad éste juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.

Anexo 2.

Juramento Hipocrático o Promesa del Médico19

Como miembro de la profesión médica:

Prometo solemnemente dedicar mi vida al servicio de la humanidad;

Velar ante todo por la salud y el bienestar de mis pacientes;

Respetar la autonomía y la dignidad de mis pacientes;

Velar con el máximo respeto por la vida humana;

No permitir que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mis pacientes;

Guardar y respetar los secretos que se me hayan confiado, incluso después del fallecimiento de mis pacientes;

Ejercer mi profesión con conciencia y dignidad, conforme  a la buena práctica médica;

Promover el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;

Otorgar a mis maestros, colegas y estudiantes el respeto y la gratitud que se merecen;

Compartir mis conocimientos médicos en beneficio del paciente y del avance de la salud;

Cuidar mi propia salud, bienestar y capacidades para presentar una atención médica del más alto nivel;

No emplear mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, ni siquiera bajo amenaza;

Hago ésta promesa solemne y libremente, empeñando mi palabra de honor.


 

1.  Nació en Hodgenville, Kentuckin, el 12 de febrero de 1809 y murió en Washington, D. C. (Distrito de Columbia) el 15 de abril de1865. Fue el décimo sexto Presidente de los Estados Unidos de América. (4 de marzo de 1861 hasta su asesinato el 15 de abril de 1865). En el discurso del Presidente de los Estados Unidos de América, pronunciado el 19 de noviembre de 1863, en la dedicatoria del Cementerio Nacional de los Soldados en la Ciudad de Gettysburg, Pennsylvania, está inserta la famosa frase en alusión a la democracia como forma de gobierno, “Y que el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo no desaparecerá de la Tierra.”

2. Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno, murió en Babilonia el 13 de junio del año 323 A. C. Un mes antes de cumplir los escasos 33 años. Apenas un joven y ya toda una gran figura consumada. La grandeza no se mide por la edad como tampoco por el físico ni estatura de la persona; aunque Napoleón Bonaparte, seguramente en alusión a su persona, cae en un sofisma cuando dijo que “La altura de un hombre no se mide de la cabeza al suelo, sino de la cabeza al cielo.”

3. Schmitt, Carl. El Leviatán. Ediciones Haz. Madrid, España. 1941. PP. 30 y 31. Hobbes ve al Estado como a “…un gran hombre mayestático.” “…se emplea indistintamente las denominaciones de “magnus homo” y “magnus Leviathan.” P. 29.

4. Schmitt. Ob. Cit. PP. 48 y 49.

5. El sociólogo canadiense acuñó esta frase en el sentido de que “el mundo es una aldea”; expresión que usó en varios de sus libros. Uno de ellos incluso lleva el título de “Guerra y paz en la aldea global.”

La frase y/o concepto “Aldea Global”, aparece varias veces en sus libros The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man (1962) y Understanding Media (1964) y probablemente se haya popularizado a partir de estos. En 1968, McLuhan lo utilizó en el título de su libro primeramente mencionado.

6. Ex Secretario de Estado en el Gobierno de los Estados Unidos de América, durante la Presidencia de Richard Nixon. Me parece que el artículo fue publicado a principios del mes de abril de este año, en el “The Wall Street Journal”.

7. Aristóteles en su obra “La Política”, dice: “De estas consideraciones es evidente, pues, que la ciudad es una realidad natural y que el hombre es por naturaleza un animal social.” Editorial Bruguera. 1ª. Edición. Barcelona, España. 1974. P. 58.

Con leves variaciones en la traducción pero que no cambia la esencia de la idea, en otra publicación se dice: “De donde se concluye evidentemente que el Estado es un hecho natural, que el hombre es un ser naturalmente sociable.” Aristóteles “La Política”. Edición del Partido de la Revolución Democrática. 1ª. Edición. México. 2017. P. 4.

8. Según el contador Countrymeters.info, la población mundial al 4 de mayo de 2020 a las 18:00horas, es de 7, 795, 617, 301 habitantes en la Tierra. Un 61 % de la población mundial vive en Asia (4, 700 millones); un 17% en África (1, 300 millones); un 10% en Europa (750 millones); un 8% en Latinoamérica y el Caribe (650 millones) y el 5% restante en América del Norte (370 millones) y Oceanía (47 millones).

China (1, 440 millones) e India (1, 390 millones), son los países con mayor población. Representan el 19% y el 18% de la población mundial respectivamente.

9. El País. 8 de abril de 2020.

10. “Esta crisis va a empujar hacia arriba a los ciudadanos”. Entrevista de Marc Bassets el 28 de marzo de 2020, publicada en “El País”. Al decir de la entrevistadora, “Touraine se convirtió en un referente de lo que en su país llaman la segunda izquierda –de carácter socialdemócrata-y netamente antitotalitaria-.”

11. Nació en Milán, Italia el 15 de marzo de 1738 y murió en la misma ciudad el 20 de noviembre de 1794.

12. La Carta Magna se firmó el 15 de junio de 1215, en la pradera de Runnymede, Condado de Surrey. Por cierto, cabe mencionar que ha sido el único rey inglés con el nombre de Juan.

13. Jiménez Huerta, Mariano. Crímenes de Masas y Crímenes de Estado. Ateneo de Artes y Ciencias de México. Sección Penal. Cuadernos “Criminalia” No. 8. México, D. F. 1941. P. 47.

14. Médico de la antigua Grecia. Nació en una pequeña isla llamada Cos, en el Mar Egeo, en el 460  A. C. y murió en Tesalia en el 370 A. C.; en el siglo de Pericles. Está considerado como “El Padre de la Medicina.”

15. “Preferir a un joven sobre un viejo en tratamiento de coronavirus solaparía un homicidio”, escribió en sus cuentas de Facebook y de Twitter. https://.www.radioformula.com.mx/noticias/.20200415/.

16. Para conocer con mayor amplitud la argumentación del tema desarrollado, puede verse el video en facebook.com/despacho.raulcarranca/videos/.2864454183647888/.

17. Jiménez Huerta. Ob. Cit. P. 13.

18. Nació en la ciudad griega  Efeso, en la costa turca. En el 540 A. C y murió en el 580 A. C. Su filosofía se sustenta en  en la tesis del flujo universal de los seres: todo fluye. El fragmento más conocido de su obra dice: “En los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos.” Mientras que la doctrina de Heráclito enseña que todo fluye o el devenir, para Parménides de Elea, el ser es algo estático e inmóvil. Es la contraposición de las dos doctrinas de estos filósofos de la antigua Grecia.

19. Conocida como “Declaración de Ginebra”. Fue adoptada por la Asociación Médica Mundial (AMM) en 1948 y ha sido revisada y enmendada en diferentes ocasiones (1968, 1983,1994, 2005, 2006 y 2017). Éste es el texto aprobado en Octubre del 2017, en Chicago.

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