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Gerardo Flores Ramírez

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El autor es economista y fiel seguidor de Pumas. Ex senador de la República

No me gusta la hipocresía

Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Este es el significado que aparece en el Diccionario de la Lengua Española cuando se busca la palabra hipocresía, que el presidente López Obrador utilizó para responder la pregunta directa que Nacho Lozano le hizo en la conferencia mañanera del viernes 7 de mayo sobre por qué no ha ido a Tláhuac, por qué no ha visitado los hospitales, por qué no lo hemos visto ahí: “no me gusta la hipocresía”, fue su respuesta, que desnuda plenamente lo que piensa sobre cuál debería ser su papel en circunstancias como las del accidente de la Línea 12.

O sea, palabras más, palabras menos, el presidente López Obrador nos dice que no piensa visitar a los heridos que están internados en hospitales como consecuencia del trágico accidente del convoy de la Línea 12 del Metro, porque no piensa fingir algo que no siente. Es decir, con su “no me gusta la hipocresía”, el presidente envía un mensaje claro: no me presionen, no pienso poner un pie en un hospital para mostrar mi solidaridad y empatía con los heridos por la caída de los dos vagones del convoy de la Línea 12, simplemente porque no lo siento, no me nace, que la solidaridad se las transmita alguien más.

Frente a este tipo de accidentes trágicos, es muy común observar al jefe de estado del país donde lamentablemente haya ocurrido un accidente de estas características, o bien un desastre natural, acudir de inmediato a mostrar solidaridad con los afectados o sus familias. Rehuir a ese gesto o hacerlo a destiempo suele traducirse en críticas o señalamientos hacia ese líder o jefe de estado, que terminan por traducirse en erosión en el apoyo de sus seguidores en las urnas.

CIUDAD DE MÉXICO 07MAYO2020.- Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, encabezó la conferencia matutina desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional.
FOTO: ROGELIO MORALES /CUARTOSCURO.COM

De hecho, hay casos muy conocidos de algunos presidentes que subestimaron la importancia de mostrar cercanía con los heridos o afectados por algún evento catastrófico. Uno de los errores de este tipo que puede considerarse como un ejemplo emblemático es el de George W. Bush, que con el paso del tiempo, reconoció haberse equivocado en forma mayúscula cuando reaccionó de manera lenta y mal ante la crisis que padecía la ciudad de Nueva Orleans a finales de agosto de 2005, por el embate del huracán Katrina, actuación que coronó con una imagen de él, observando desde las alturas el desastre en tierra, en la comodidad de su asiento ejecutivo a bordo del avión presidencial, el famoso Air Force One.

El propio presidente López Obrador ya se había visto involucrado en una situación similar, cuando le tomó varios días para hacer acto de presencia en las zonas afectadas por las inundaciones en Tabasco y cuando lo hizo, fue porque de plano se había agravado la crisis, por lo que tuvo que volar directo a Tabasco, desde Nayarit, a bordo de un avión de la Fuerza Aérea Mexicana, de los que se había negado a utilizar.

Para coronar aquel error de cálculo, ya sabemos que al aterrizar, el presidente abordó un helicóptero para sobrevolar las zonas afectadas. Acción que no fue bien recibida por los tabasqueños, que en un número importante se habían visto obligados a permanecer en el techo de sus propiedades, ante el riesgo que significaba la crecida de los ríos.

Entonces, ya quedó claro que no quiere presentarse a saludar en persona a los heridos por el accidente del convoy de la Línea 12 del Metro o dar un abrazo a los deudos de los fallecidos en ese terrible accidente, mucho menos que le tomen una foto mostrando un gesto humanitario con esas personas. Para que no quedara duda, enfatizó su mensaje con el ahora ya famoso “¡eso ya también, al carajo!”.

Por lo mismo, desconcierta y preocupa de sobremanera que el mismo día que utilizó esa frase para mostrar su desdén con las víctimas del accidente y sus familiares, haya subido a redes sociales, para que ahí sí lo vean millones de mexicanos, un video en el que aparece sonriente, de muy buen ánimo, dejando claro el entusiasmo que le provoca no solo estar en Paraíso, Tabasco, sino que está a punto de trasladarse a supervisar los avances de la construcción de la refinería de Dos Bocas. Esa refinería que el propio Pemex ya reconoció que costará más de lo previsto y que no estará lista en la fecha que de manera obsesiva, por lo irreal, han comprometido el presidente y su secretaria de Energía.

Eso es lo que realmente le importa, cuidar lo que él considera será su legado a los mexicanos. Que nadie lo distraiga de su avance victorioso, desde su óptica claro, hacia esa meta histórica que le permitirá aparecer en los libros de historia junto a Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas. Hablamos por supuesto de esa narrativa histórica que ya busca adelantar incluso antes de concluir la primera mitad de su administración. Está claro que por encima de acercarse a las víctimas de un evento trágico, está la prioridad de cerciorarse que sus grandes proyectos de infraestructura están avanzando. Nos queda claro que no le gusta la hipocresía.

Confiarse en que estos desplantes pasan desapercibidos para la gente, que la decepción que provocan a las personas no se transmite a manera de contagio en las conversaciones personales o las conversaciones vía texto que diariamente se generan por millones en los celulares de los cerca de 100 millones de mexicanos que tienen una línea móvil activa, puede tener un costo muy elevado para ese proyecto transexenal con el que soñaron muchos fanáticos de la Cuarta Transformación. Pensar que la gente coincidirá en que debe mandarse al carajo ese acto humanitario de mostrarse cercano a las víctimas y enfocarse en celebrar los avances de la refinería de Dos Bocas y el corredor transistmíco es un error mayúsculo.


Twitter: @GerardoFloresR

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