Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

No existe el periodismo imparcial

Disfruto mucho de esa cadencia reposada de palabras que llamamos matices, es decir, me gusta leer aquello que resulta del pensamiento atemperado y elaborado, sobre prácticamente cualquier partitura temática. Prefiero adentrarme en el lienzo de los grises y sus derivaciones, que no mandan señales tajantes, blanco o negro. Ni enarbolan banderas ni consignas. Ya alguna vez acuñó Dante Alighieri: “No menos que el saber me place el dudar”.

Como cualquier actividad humana, así entiendo al periodismo, sobre la base desde luego de que cada quien lo moldea según sus valores, prioridades y expectativas (eso es lo que visto en conjunto entendemos como pluralidad).

Así comprendo al periodismo repito, como una hechura de contenidos que incentiven al ejercicio razonado del otro; descreo del fanatismo, lo he dicho infinidad de ocasiones, al que considero una de las amenazas más serias para el intercambio civilizado en las sociedades modernas; su esencia es la fe, ya sea laica o religiosa, y la confección de proclamas en vez de ideas; por eso casi siempre tiende a buscar la eliminación de los otros que no creen en lo mismo. Pero también descreo de ese tipo de periodismo que se erige en vocero del poder y que, en tal vocación abyecta, permite que sus contenidos se llenen con los designios de la versión oficial, del juicio en apariencia mesurado sobre las encendidas fauces de las criaturas que se le oponen. Ese perfil acomodaticio y medroso que se expresa en nuestra profesión tampoco nos adentra a la aventura de pensar. Sus notas atufadas con el aliento del poderoso que dicta las letras me parecen una de las expresiones más denigrantes del periodismo.

Desde luego que en el ámbito de las preferencias no aludo a una dimensión desconocida: no existe el periodismo imparcial y, sobre esa base, prefiero el que busca exhibir las falencias del poder del signo que sea al que pretende congraciarse con este o, peor aún, al que solo lo mueve la crítica a los militantes que actúan contra ese poder. Prefiero los matices, lo reitero. Un ejemplo: la transición a la democracia mexicana no se explica sin los movimientos opositores que han existido en el país, por lo menos en los últimos treinta años.

Es imposible no ver las groseras elaboraciones de quienes apenas pueden hilar más de dos frases seguidas para concluir en la confabulación o la conjura de los otros –casi siempre perfecta– para explicar la fuente de todos los males; son grotescos sus enfoques y sus prácticas, en particular es deleznable para mí la forma que tienen para atizar al otro en la hoguera de sus convicciones. Pero no son menos grotescos los aduladores del poder, y dentro de ellos esas pequeñas correas transmisoras que también renunciaron a pensar; sus adjetivos contra el mundo “chairo” se emparentan con el vocabulario de ese mundo opuesto, el de los “chairos”.

Los puentes entre esas formas de ser, está claro, se encuentran rotos, pero existen desde luego, cada uno por su lado, como parte de esas regiones soliviantadas al grito de sostener para sí la única razón posible. Son un mercado y hay medios que los atienden, para decirlo en palabras de Rosa Montero, porque no les importa halagar los bajos instintos de la gente, y eso no lo sabe hacer cualquier persona o grupo de personas, para referirnos a los medios, se necesita un talento especial para la desfachatez.

Dije que me gusta mirar los lienzos claroscuros, los grises y todas las tonalidades posibles de ese color, y creo que lo hallo revisando los medios en conjunto; hay trabajos notables casi siempre, día con día. Me divierto también, con las imprecisiones propias y las ajenas, los deslices de la pasión en todos lados y hasta con las machincuepas que hacen varios para no solo prevalecer sino destacar en el mundo del clic digital, que también aborrece los matices.

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