Cinque Terre

Jesús Ortega Martínez

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Coordinador Nacional de Nueva Izquierda del PRD.

No al miedo

Infundir temor ha sido, en la historia de las sociedades, un instrumento del poder. El poder autoritario siempre se aprovecha del temor de la gente a ser castigada por confrontar una costumbre, por transgredir un dogma, un símbolo. Las mitologías, por ejemplo, están copadas de leyendas en donde los transgresores son sometidos a los castigos más crueles. En la mitología griega, por ejemplo, es notable el castigo que Zeus infringe a Prometeo por haber entregado el fuego a los mortales.

En la mitología bíblica, el castigo por desobediencia es el más pavoroso: el sufrimiento y el dolor por la eternidad. Y como en esta, en otras mitologías, la existencia del poder, sea político, religioso y económico, se encuentra unido, casi de manera indisoluble, al temor que se infunde entre los gobernados.

En tiempos más recientes, esta fórmula fue aplicada de manera implacable por los regímenes absolutistas. Las monarquías, las teocracias, los gobiernos despóticos, los totalitarismos han infundido temor, miedo, terror entre la población para mantener una hegemonía, para preservar un poder.

Sobre esto poco ha cambiado, pues en pleno siglo XXI, la fórmula de atemorizar sigue siendo de mucha utilidad para los déspotas. Podría poner muchos ejemplos que ahora mismos se suceden en otras partes del mundo, pero me centraré, por ahora, en el caso de México, en donde es notable como el gobierno de López Obrador, día con día, aplica esta regla totalitaria.

Ha logrado –aquí sí con gran eficacia– el que la mayoría de los grandes empresarios vivan atemorizados por las diarias amenazas de Santiago Nieto. Acobardados, asisten a Palacio Nacional a manifestar su obediencia a López Obrador, antes de que el inquisidor oficial mencione su nombre dentro de una “investigación” de la oficina de inteligencia financiera. Y lo mismo sucede con los medios de comunicación que, salvo excepciones como las de Reforma y Etcétera, manifiestan a diario su miedo a no ser contemplados en la distribución de la publicidad gubernamental. Jesús Ramírez, el encargado de prensa de López Obrador, es como Francisco Galindo Ochoa, aquel encargado de controlar los medios de comunicación durante el viejo régimen priista.

El miedo también invade a buena parte de los gobernadores, que silenciosos, esperan la gracia del presidente en la distribución del presupuesto. El miedo circula entre los pasillos de las universidades públicas, en donde los rectores, sumisos, solo esperan el momento de ser liquidadas. El miedo aparece, estacionado, entre los funcionarios de las instituciones de cultura y entre los propios creadores, que, en lugar de reclamar derechos, suplican favores. El miedo transcurre, silencioso, entre los líderes sindicales, entre muchos políticos que intentan pasar inadvertidos a la vista del presidente y solícitos aprueban sus locuras y caprichos; el miedo silencia a algunos diputados y senadores que vergonzosamente aprueban los más grandes desatinos, pero, sobre todo, el miedo aparece en una buena parte de la población que se auto petrifica para “que no le quiten el apoyo que le da el presidente”.

El miedo está paralizando al país, y a partir de ello, es que López Obrador puede violentar la constitución de manera impune; puede dilapidar miles de millones de pesos por un capricho; puede permanecer inconmovible ante los reclamos de las madres de los niños con cáncer que se quedan sin medicamentos; puede hacer chistes con las cifras de decenas de miles de muertes violentas; puede burlarse de quienes protestan por sus groseras imposiciones; puede, como lo está haciendo, conducir al país a una crisis económica que empobrezca, aun mas, a la mayoría de las y los mexicanos.

En estas circunstancias, lo sabemos por la historia, son pocas las oportunidades para desprenderse del miedo, y si se dejan pasar, se instalan por mucho tiempo las dictaduras.

Este 1 de diciembre es una es esas oportunidades: Salgamos sin miedo a manifestar nuestro rechazo a las injusticias, a los caprichos del presidente, a los abusos de sus funcionarios. Salgamos a defender nuestros derechos a una vida de bienestar, nuestras libertades; salgamos a poner un alto a la violencia que pone en riesgo la seguridad de nuestras familias. Salgamos, apoyados en nuestra constitución, a garantizar un futuro mejor a las nuevas generaciones.

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