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Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

AMLO dobló a la UNAM

A Gustavo Díaz Ordaz le importaba un rábano lo que se enseñara en la UNAM o su forma de gobernarse; lo que le irritaba era que la Máxima Casa de Estudios de México le fabricara rijosos que armaran disturbios socialistas en las calles durante su Olimpiada. Luis Echeverría tenía una relación complicada con la Universidad Nacional por todos los agravios que cometió en su contra y porque esperaba genuflexión, pero las ansias de control se le acabaron a la primera pedrada. José López Portillo sacó la banderita universitaria cuando le fue útil, y sus sucesores no tenían problemas con la autonomía de las instituciones de educación superior. Hasta el politécnico Ernesto Zedillo buscó el momento menos violento para desactivar el secuestro de la UNAM.

Antes del diazordacismo, la historia fue bastante estable en este tema: después de que Emilio Portes Gil promulgara la Ley Orgánica de la Universidad Nacional, los presidentes no se metieron con el gobierno universitario, e incluso Miguel Alemán le otorgó la hermosa sede que actualmente engalana a la institución. Si bien las universidades locales tuvieron procesos diferentes, principalmente por culpa del socialismo cardenista, algunas instituciones tuvieron autonomía de facto y otras no. Un ejemplo lamentable de la falta de respeto a la vida universitaria lo proporciona la clausura de la Universidad de Guadalajara en 1934, o que el gobernador de Jalisco Everardo Topete vendiera en 1937 la sede histórica de la UdeG, proveniente de la Colonia… para pavimentar la carretera a Chapala.

Este 5 de enero de 2022, Andrés Manuel López Obrador logró algo que no pudo ningún predecesor suyo: que la UNAM se doblara. Esta mantendrá clases presenciales, a pesar del aumento de casos de la Covid-19 y la llegada de la variante ómicron a México, como quería el jefe del Ejecutivo, que se cree jefe de todos los poderes. Al presidente le funcionó el ataque mediático de 2021 contra la UNAM, en el que la acusó de neoliberal y conservadora.

Hay miedo en la casa de Justo Sierra y José Vasconcelos. Y cómo no: este gobierno trata como criminales a los científicos, ningunea a los académicos y estudiantes de su centro de excelencia en ciencias sociales (el CIDE) e intenta encarcelar a los consejeros del INE. Eso explica el exceso de prudencia del rector Enrique Graue, aunque no la justifica. Hoy también hubo ataques presidenciales al Tec de Monterrey y a las universidades que no consideran adecuado regresar a la presencialidad: “Ya se pasaron”, sentenció el señor que se tituló horroris causa de la licenciatura después de 14 años, con promedio de siete, múltiples extraordinarios y una tesis sosa, poco digna del nivel educativo e institución en el que estuvo inscrito: summa cum dedecus. Es el presidente que dice haber escrito 18 libros, aunque ya fue agarrado en curva y tuvo que reconocer que le redactan los textos. El mismo que se cree cultísimo y que diariamente da lecciones de historia a la Nación, pero confunde a Margarita Maza con Carmelita Romero Rubio, sigue diciendo “votastes” y que, ni por correspondencia, ha tomado un posgrado. Ese onagro, graduado por usucapión, quiere decirle a los académicos y estudiantes qué estudiar y cómo.

Ni Díaz Ordaz ni Echeverría se atrevieron a dictarle la agenda a las universidades mexicanas. Les mostraron el garrote cuando los universitarios se salían de los campi para protestar, o los halagaban con dinero y prebendas, pero nunca pretendieron decidir contenidos académicos, modalidades educativas o calendarios. Como sucedía entre el Estado y la Iglesia antes del salinato, el gobierno se contentaba con que las universidades no le dieran problemas. Para el presidente López Obrador eso es insuficiente: busca definir los medios y fines universitarios. Como muestra del tremendo contraste entre el PRI y el pejismo, basta con recordar la huelga bianual de la UNAM, tolerada por Zedillo: en circunstancias similares, Andrés Manuel ya la habría intervenido, con Guardia Nacional por delante e impuesto a un rector títere que bailara al son del macuspano.

En conclusión, el único que se pasa es López Obrador. Y ya es hora de que deje de insultar a la UNAM, a la UdeG, al CIDE y a las demás instituciones que crean conocimiento en México: ellas siempre serán más grandes que él.

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