Cinque Terre

Julián Andrade

Escritor y periodista.

Los narcos no son terroristas, pero hay que combatir su barbarie

Los narcotraficantes mexicanos no son terroristas. La clasificación importa, porque las consecuencias son evidentes en lo que respecta a la forma y a las herramientas para enfrentarlos.

Los grupos terroristas están ligados a ideas religiosas o políticas y sus acciones tienen el propósito de influir miedo y de generar zozobra.

Suelen realizar operativos en zonas civiles, porque de lo que se trata es de escalar en la barbarie y en establecer metas cada vez más elevadas de terror.

El ejemplo más grande de la historia, es el que realizó Al-qaeda en las Torres Gemelas de Nueva York, donde estrelló dos aviones de pasajeros, con un saldo de miles de muertos.

La organización que dirigía Osama bin Laden ha perdido protagonismo para dárselo al Estado Islámico (EI), una agrupación que tiene por objetivo el restaurar el Califato y para ello controlan territorios en Siria. Buena parte de los esfuerzos de las agencias de seguridad occidentales están concentrados en desactivar lo que es el desafío terrorista más complejo en siglos.

El EI es responsable, entre otros muchos, del ataque a civiles en París, como los del centro de baile Bataclán, en noviembre de 2015, donde fueron asesinadas 80 personas, en una jornada que dejó un saldo, en distintos puntos de la capital francesa de 137 muertos.

En los años ochenta, en Colombia, el cártel de Medellín, cuyo jefe era Pablo Escobar, desató una verdadera guerra terrorista para evitar su extradición a los Estados Unidos.

En México, no hemos experimentado, y por fortuna, una situación similar, aunque los cárteles de las drogas han cometido crímenes abominables y que merecen el mayor de los castigos.

Recordemos las granadas lanzadas contra civiles en pleno Grito de la Independencia en Morelia, Michoacán el 15 de septiembre de 2008, con un saldo de ocho muertos y más de 100 heridos. Otro tanto podríamos decir de ataques contra autoridades, como cuando el cártel de Jalisco Nueva Generación derribó un helicóptero del Ejército.

Cuando los jefes de las drogas reclutaron a ex Kaibiles guatemaltecos, empezó a utilizarse la decapitación como medida para dejar mensajes. Alguna vez arrojaron seis cabezas en un centro nocturno y en otra las colocaron en las escaleras de una oficina municipal.

Los asesinatos de decenas de migrantes en San Fernando, Tamaulipas, es otra crónica del espanto, a la que hay que sumar a los torsos humanos regados en la carretera de Cadereyta en Nuevo León.

El asesinato de integrantes de la familia LeBarón, tres mujeres y seis niños, perpetrado por sicarios, es el caso más reciente y con implicaciones que ahora tienen al gobierno de los Estados Unidos estudiando la factibilidad de catalogar a los cárteles de las drogas mexicanos como terroristas.

Donald Trump hará todo lo posible porque esta situación se concrete, lo que le dará puntos electorales y herramientas de intervención, en México, que por ahora tiene vedadas por sus propias leyes.

¿Qué hacer? Lo primero es reconocer la gravedad de la inseguridad y que además se ha elevado en el último año. Ponerse de lado de las víctimas y asumir que la estrategia no funciona y es urgente corregirla. Se tiene que mandar el mensaje de que se terminó la tregua (de algún modo hay que llamar a eso de lo abrazos), dejando claro que quien la hace la paga.

Al mismo tiempo hay que realizar una condena en contra de los grupos de los cárteles de las drogas tajante, sin matices. Y, por supuesto, dar con los asesinos para que sean juzgados y paguen por lo que hicieron.

La posibilidad de que se declare terroristas a los narcotraficantes tiene más que ver con la debilidad que se está mostrando el gobierno mexicano para enfrentarlos, que con información y datos que puedan respaldar la clasificación.

Por supuesto, los narcotraficantes son criminales y de la peor estofa, merecen estar en prisión, pero no los anima ni el fanatismo religioso ni el político, sino una voracidad sin escrúpulos y sin fronteras.

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