Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Mussolini entre nosotros

Absorbente es la lectura de las dos obras sobre Mussolini escritas por Antonio Scurati, “M. El hijo del siglo”, (2018) y “M. El hombre de la providencia (2021), ambas publicadas en español por Alfaguara. El autor hace un acucioso recuento “panóptico y polifónico” del origen y consolidación del fascismo italiano basado en una profunda investigación histórica que incluye cartas, periódicos, discursos políticos, memorias, procedimientos judiciales e incluso conversaciones telefónicas grabadas por la policía secreta. La narrativa es flexible, pero son libros largos, compuestos de una multitud de fragmentos cortos que, en conjunto, se funden en un inmenso mosaico. Se presenta como novela, pero algunos dirán (con razón) que es “historia novelada” porque el autor no selecciona incidentes determinados para dar forma a un relato, sino opta por presentar un alud de acontecimientos en estricto orden cronológico. Tampoco tiene la intención de desentrañar psicológica, moral o personalmente al protagonista. De hecho, la representación que hace Scurati de Mussolini es relativamente plana. No es la historia de un hombre, sino la de un movimiento político, contada con gran destreza mediante un lenguaje rimbombante, enfático y agotadoramente irracional. Tal vez algo más de ironía y de elipsis habría ayudado a hacerlo más digerible. Es para lectores de fondo, no cabe duda. Eso sí, es imprescindible para comprender tanto el surgimiento del fascismo como el auge actual del populismo.

Benito Mussolini en un dibujo infantil italiano // artehistoria.com

En Italia, el libro tuvo una respuesta ambigua. Por un lado fue galardonado, pero por el otro no han faltado quienes la acusan de “humanizar” demasiado a un dictador. Esta interpretación es equívoca. Scurati procura entender no solo de Mussolini, sino también a aquellos que se sometieron alegre y voluntariamente al fascismo para prevenirnos ante las formas de retorno de tal aberración. Ni justifica ni sublima al Duce, pero si una conclusión puede sacarse de su lectura es que hoy Mussolini está entre nosotros. El narra hechos de hace cien años, pero sirve como aterradora guía del presente, esa es la principal razón de su gran éxito. Mussolini es el prototipo del líder populista contemporáneo. Y, aclaro, no quiero decir con esto que nuestros populistas sean precisamente “fascistas”, no lo son, sin embargo utilizan muy buena parte de la metodología mussoliniana para obtener y conservar el poder. No en balde Perón, padre del populismo latinoamericano, reconoció en su momento su enorme deuda con el Duce. El Mussolini actual no es el fundador de la ideología fascista, sino el político polarizador, mentiroso, promotor del discurso de odio, manipulador del resentimiento social y del nacionalismo exacerbado, jefe de movimientos de masas con tintes claramente autoritarios.

Los líderes populistas actuales también tienen en común con Mussolini el cínico manejo de la historia para beneficios políticos personales. El victimismo, la tergiversación, la exaltación nacionalista sirven para los propósitos del líder. Mussolini quería reflejarse en la Roma de los emperadores, pero también recurría al victimismo de “la Italia engañada”, a la que las “grandes potencias” le habían arrebatado en Versalles “las mieles de la victoria” tras el triunfo aliado en la Primera Guerra Mundial. El fascismo le dio un agigantado papel a lo simbólico y a la creación de toda una prosopopeya centrada en el culto al Duce, quien desplegó su ideología exaltando al nacionalismo italiano y basándose en la idea de recuperar el esplendor del Imperio Romano. Nuestros populistas asumen a plenitud las estrategias de hacer interpretaciones maniqueas y manipuladoras de la historia, por eso, entre otras cosas. exponen una imagen idílica, incompleta y parcializada de un pasado prehispánico donde todo parecía ser el edén y el cual fue cruelmente destruido por la apocalipsis de la conquista. En la esencia del populismo encontramos justificar los problemas actuales culpando a un pasado traumático y apelar a visiones conspirativas de la historia. Somos subdesarrollados a causa los “quinientos años de postración colonial”, por eso, ¡Qué nos pida perdón España! ¡A derrumbar las estatuas de Colón!

Los populistas banalizan la historia para evitar una reflexión a fondo de cómo emprender un auténtico proceso de descolonización mental, económica y cultural. La falaz reivindicación indigenista les es primordial porque ven a los indígenas, tradicionalmente los grupos más marginados de nuestras sociedades, parte medular de su clientela político-electoral. Refuerzan la división pueril de la sociedad en “nosotros, los buenos” frente a “ellos, los malos”. El victimismo es un gran generador de mentiras y odio donde los mitos se burlan de la historia, pero se apuntala la idea de un caudillo redentor de los humildes capaz de construir “el Reino” haciendo justicia “desde abajo hacia arriba”. En el populismo latinoamericano actual ello está implícito en la supuesta venganza castillista del Perú de la Sierra frente a la Costa; en Bolivia en el desquite andino de Evo contra la región oriental y mestiza; en Venezuela en la revancha de los llanos de Chávez contra la zonas urbanas y petroleras, incluso en Argentina el peronismo es una especie de desagravio federalista y del interior ante la Buenos Aires europeizada. Y en México en la restauración del maniqueísmo pedestre y de la “historia de bronce” del nacionalismo revolucionario. La tierra prometida de los populistas está en el pasado y tratar de competir con sus embustes es ir contra lugares comunes y prejuicios demasiado arraigados. La gente los cree porque quiere creerlos. ¡Y ay de quienes pretendan desautorizar un mito invocando la complejidad de los acontecimientos humanos! Siempre será mucho más fácil, y muy lucrativo políticamente, utilizarlos.

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