Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

Música para bodas

El doctor Johnson, que rara vez se equivocó, dijo que quien se vuelve a casar confirma “el triunfo de la esperanza sobre la experiencia”. He vivido lo suficiente para asistir a las bodas de un amigo que se refiere a la más reciente como su “cuarta transformación”. Un colega periodista comenta que esos matrimonios no deben ser mencionados en la sección de Sociales sino en la de Deportes.

El tema salió a colación en una cena donde se hablaba del “romance del año”. La información se ha vuelto ambiental, a tal grado que algunas vidas ajenas forman parte de la nuestra. Incluso quienes no han visto sus películas, están en condiciones de saber que Jennifer López regresó con Ben Affleck. El asunto carece en sí mismo de relevancia editorial, pero permite explorar una de las más singulares variantes de la cultura popular: la música para bodas.

La frase de Samuel Johnson atañe a quien se casa de nuevo con otra persona, pero también a quien reitera su afecto, haciendo que la añoranza supere a la decepción.

Los actores se enamoraron por vez primera en 2002. Como los mosqueteros, vuelven veinte años después. Muchas cosas han cambiado en ese tiempo. Sin embargo, algo perdura aun con mayor constancia que el estupendo aspecto de JLo y Ben. Lo supe en la cuarta boda de mi amigo, cuando la pista de baile fue asaltada por esas canciones que no tienes en discos ni sueles buscar en Spotify, pero sabes de memoria. Y algo aún más importante: no sabes que las sabes.

La repostería de pasteles de tres pisos y la escultura de cisnes de hielo son oficios para las bodas. En cambio, las melodías que “crean ambiente” no fueron concebidas con fines conyugales. No se trata de un repertorio propositivo; pertenece a la azarosa dinámica con que la cultura popular define a una época.

¿Cómo clasificarlo? Acudamos a un método de probada utilidad, con el que D’Alembert definió la magna Enciclopedia que coordinó con Diderot. En su Discurso preliminar escribe: “Se pueden dividir todos nuestros conocimientos en directos y reflexivos. Los directos son los que recibimos inmediatamente sin ninguna operación de nuestra voluntad; que, encontrando abiertas, por decirlo así, todas las partes de nuestra alma, entran en ella sin resistencia y sin esfuerzo. Los conocimientos reflexivos son los que el entendimiento adquiere operando sobre los directos, uniéndolos y combinándolos”. Se diría que la cultura pertenece, necesariamente, al orden de los conocimientos reflexivos, pero no siempre es así. El ejemplo evidente es la música para bodas, que activa el organismo y trae recuerdos al margen de nuestra voluntad. Este artículo pretende convertir un “conocimiento directo” en “conocimiento reflexivo”.

Aunque los grandes de la canción popular (Lara, Manzanero, José Alfredo o Juan Gabriel) aparecen a veces en la playlist, no son músicos de eventos sociales. Si una novia baila la primera pieza al compás de “Bésame mucho”, no por ello esa canción de rango clásico se convierte en standard de las bodas.

Toda corriente artística tiene sus colados y sus oportunistas. Cada tanto, una melodía procura triunfar como “canción del verano” y suele ir acompañada por un baile que concibe la alegría como una oportunidad de perder el sentido del ridículo.

El amigo del que hablé al principio no puede ser criticado por haber contraído matrimonio con varias mujeres formidables; además, es un estupendo ex marido. Pero no le perdonamos que en su segunda boda nos haya hecho bailar “No rompas más mi pobre corazón”. “¿Y todo para qué?”, pregunta el colega que lo acusa de convertir un convenio civil en un deporte.

Esas piezas se escuchan durante unas temporadas y son sustituidas por otras igualmente efímeras. El verdadero enigma está en las canciones que mi amigo bailó de su primer a su cuarto matrimonio, o que JLo y Ben bailan en su reencuentro. Los cisnes de hielo se derriten, pero ciertos ritmos permanecen.

A reserva de lo que digan los historiadores de la música, en México el predominio de ese género pertenece a Timbiriche. Concebida como música adolescente, perdura más allá del gusto individual y se inscribe misteriosamente en el espíritu de la época. Es posible que su atracción secreta derive de la juventud que convoca. Su momento siempre es futuro; no es una realidad sino una promesa: “el triunfo de la esperanza sobre la experiencia”.


Este artículo fue publicado en Reforma el 06 de agosto de 2021. Agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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