Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Muñecas de Tokio para el mundo

Foto: MLT

En Akihabara, Tokio, abundan las mujeres hermosas.

Estas mujeres tienen una estampa espléndida. Sus ojos son grandes negro azabache, azul turquesa y miel, o verdes, violeta y grises, todos con pestañas largas como la crin de las yeguas; la boca está dibujada similar al cuarto de la luna menguante, breve y sonriente, y la piel es tersa y fuerte. Parecen de fantasía con toda su levedad y su grácil figura.

Difiere la opulencia de sus cuerpos, la estatura y la tonalidad y las formas del cabello, claro está, también se distinguen en su atavío heterogéneo. Pero su figura calipigea más allá de la voluptuosidad, parece dos jugosos duraznos juntos o un corazón perfecto donde restregar nuestra humanidad completa. Y la voz, ah la voz, siempre corresponde según el deseo de quienes miramos: delgada como el sonido del riachuelo, rasposa o grave igual a un sobrio gong, y una partitura de tonos traviesos, cristalinos y festivos como cuando a la joven sorprende el agua fría en la espalda poco antes de entrar a la ducha.

No estoy describiendo el arquetipo de Lolita, debo advertir, ni los delirios que genera en los señores, aunque también hay como ellas, con trenzas juguetonas y falda corta a cuadritos azules y negros, que borda al ras de las pantaletas. El prototipo al que me refiero es de veinteañeras aunque muchas rozan los treinta y a veces hasta gladiadoras y heroínas resultan.

Estas mujeres son el signo de los tiempos modernos: artista, escritora, actriz y hasta “ama de casa” como antes se decía de quienes ahora se describen, orgullosas, guerreras madre y padre a la vez; hay lesbianas, trans o simples heterosexuales que reclaman su preferencia en jeans entallados, short, tanga y biquini o desnudas con los labios sin vellosidad.

Entre los grandes edificios apilados en las zonas atestiguo que también están quienes son, como dice la pose mexicana y estadounidense sobre todo, mujeres empoderadas, y aunque para mí sea increíble hay algunas que posan convencidas de su fraseo intelectual que alude al “hombre sacrificable”, el individuo desechable que jamás determinará su felicidad ni completará como media naranja la otra mitad o sea a ellas (aunque ellas no sean naranjas, no, no y más no, jugosas y ácidas), en el peor de los casos el hombre es sujeto de sus venganzas históricas y objeto en el mejor, así como ellas también lo han sido en el decurso del tiempo, nada más que en su versión a eso ahora le llaman feminismo y a veces hasta visión de género, así de pomposas. Muy probablemente estas mujeres integran la primera generación que avista el futuro: independientes de ellos siempre, como signo indudable de liberación incluso aunque ellos participen de sus causas por ser un puñado de odiosos oportunistas.

Foto: MLT

En especial me gustan las mujeres alegres y desenfadadas, sicalípticas que en sus ropas, impetuosas, resaltan los atributos con que fueron esculpidas. Ahí están sonrientes con sus piernas largas, el entresexo marcado y la hendidura limpia y poderosa dispuesta a recibir y aniquilar los ánimos del intruso que ellas permitan dentro.

Hay muchas mujeres como ellas aquí y, estoy seguro, su presencia se expande poco a poco en todo el mundo: son la principal fuente de ganancias de la traducción del anime y el manga en juguetes palpables, por encima de Naruto, Yu-Gi-Oh, Pokémon y Dragon Ball que están entre los más famosos del planeta.

Ahí están, muñecas. Tienen su vestido de tul y la mirada lejana y azul que, como cantará Serrat, sonríen en un escaparate. Entalladas en látex rojo, negro o plateado, inclinadas e invitantes que casi revientan las bragas puestas a la mitad de las nalgas.

Mujeres ausentes, diversas, heterogéneas. Una ilusión mundial que reta al entorno de la política correcta, el buen decir y las proclamas de liberación contra roles, estereotipos y lenguaje. Mientras digo todo esto reparo en que, entre centenas de ellas, una suscitó mis anhelos y ahora en la lejanía, me ha roto el corazón. Por eso solo puedo imaginarla indiferente y feliz, sonriendo a todos desde el aparador de una de las calles de Tokio.

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