Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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El mundo unido por un… ¿valón?

Bélgica tiene una estupenda selección de futbol. No se olvide que hablamos de un país con una grave crisis de identidad nacional, acosado durante años por fuertes tendencias secesionistas. De hecho, muchos piensan que una reconciliación entre flamencos y valones es irrealizable. Pero el éxito futbolero puede convertirse en un poderoso elemento de cohesión. Cuando juegan los llamados “diablos rojos” los belgas olvidan sus diferencias, para disgusto de los líderes del Partido Nacionalista Flamenco, el cual ha adquirido mucha presencia política en el país enarbolando la bandera del separatismo y que se empeña todos los días en tratar de demostrar que Bélgica solo es una farsa. Pero el futbol es el perfecto pretexto para crear un vínculo. En el equipo nacional juegan flamencos, valones y migrantes luchando por un mismo objetivo bajo la dirección de un director técnico español. Esta diversidad es aceptada y admirada por los aficionados y se ha convertido en un posible antídoto contra el secesionismo.

Evidentemente, el futbol no bastará. Pero que no cunda el pánico, amantes de la cerveza de alta fermentación, Bélgica no va a desparecer. Este país nació gracias a necesidades geopolíticas concretas y se mantendrá en virtud a conveniencias económicas todavía más concretas. En el siglo XIX las potencias europeas necesitaban un “Estado colchón” y los flamencos y valones precisaban unirse para subsistir en una Europa conflictiva e inestable. Lo que hoy son Bélgica y Holanda eran una sola nación hasta su separación en los siglos XVI y XVII, consecuencia la disputa religiosa entre el norte (protestante) y Flandes (católico). Más tarde sobrevino la proclamación de los “Estados Belgas Unidos”, en 1790, que sólo sirvió para disimular el dominio austríaco sobre esos territorios durante los siete años siguientes, hasta que Napoleón se apoderó de Bélgica. En 1815, el famoso Congreso de Viena conformó los llamados Países Bajos, uniendo de nuevo a Bélgica y Holanda de una manera muy artificial. En 1830 los belgas obtuvieron la soberanía como un Estado neutral. Este matrimonio de conveniencia entre flamencos y valones funcionó a las mil maravillas pese a las diferencias lingüísticas y étnicas. A fin de cuentas, la alianza ayudo al país a sobrevivir a las contantes guerras y tensiones internacionales, a pesar de haber sido invadidos y ocupados dos veces por sus amables vecinos alemanes.

Los belgas no sólo sobrevivieron, sino que hicieron dinero, y mucho. La expansión económica comenzó hacia 1885 con la explotación criminal del territorio del Congo, donde se perpetró uno de los genocidios más pavorosos de la historia, el cual que costó la vida a unas diez millones de personas, además de que otros tantos millones fueron mutiladas y torturadas sin piedad por sus crueles opresores, eso sí, sin distinción de que fueran flamencos o valones. El principal responsable de este latrocinio sin castigo fue el rey Leopoldo I, de quien todavía pueden verse lindas estatuas en varias ciudades de Bélgica, tanto flamencas como valonas. La falta de escrúpulos no conoce diferencias de ningún tipo lingüístico o étnico, de eso ni hablar. Después vendría la Segunda Guerra Mundial y la represión a los colaboradores de los nazis. Contrariamente a lo que se pretende, dicha colaboración no se situó solo en Flandes sino también en Valonia, donde el famoso Léon Degrelle (quien peleó en México al lado de los cristeros) creó el movimiento fascista Rex. Pero los castigos se ensañaron más con los flamencos y de ahí una de las fuentes del actual descontento. El escritor Hugo Claus analiza este proceso en su magnífica novela La Pena de Bélgica. Decenas de millares de flamencos fueron privados de todo derecho civil y sobrevivieron a partir de entonces bajo penosas circunstancias.

Esta Bélgica tan “próspera y humanista” fue clave en la creación de la Comunidad Económica Europea (Hoy Unión Europea) y se convirtió en un socio muy activo de la OTAN. Pero al final de la guerra fría los flamencos empezaron a ver a los relativamente más pobres valones como una lacra, como unos “mantenidos buenos para nada”. A final de cuentas, el gran y honestísimo negocio de la explotación de los diamantes africanos tiene su sede principal en Amberes, ciudad flamenca. Es así que los ocultos conflictos étnicos que habían sido soterrados por los años de progreso y de peligros externos eclosionó con fuerza para debilitar a la estructura nacional. Desde los noventas, los gobiernos del país han sobrevivido a base de acuerdos de convivencia siempre provisionales, los cuales han concedido a los flamencos cada vez mayor autonomía. Pero los valones empezaron a hartarse de consentir y de conferir cada vez más prerrogativas a sus encantadores “paisanos”, quienes lejos de tratar de conciliar se dejan encantar con fruición por demagogos de extrema derecha que encandilan con discursos cada vez más soberbios y egoístas.

Según un reciente artículo de The Economist, en cierto modo la secesión ya ha ocurrido. “Desde la cuna hasta la tumba, las vidas de las comunidades divididas de Bélgica apenas se superponen, con diferentes escuelas, medios de comunicación, idioma y estilo de vida”. Y como lo señaló en su momento el historiador Tony Judt la secesión sería simple, pero inútil. “Bélgica ofrece una lección de estabilidad a través del caos, es el Estado fallido más exitoso del mundo”. Pero más allá de todas estas consideraciones de como Bélgica funciona a través de su disfuncionalidad, el país persistirá como entidad política internacional, y por lo tanto como equipo de futbol en Eurocopas y mundiales, por una sencilla razón: el complejo estatus de Bruselas, la capital del país y -más importante- asiento de la burocracia europea. Bruselas es la única región auténticamente bilingüe del país, cuyo estatus, en caso de separación, sería muy difícil de definir. Ahora bien, ser sede de las euro instituciones ha sido un negocio redondo para los belgas, uno que no se querrán perder almas tan caritativas como las que han demostrado tener los flamencos a lo largo de su tierna historia, y ni siquiera los valones, tildados de “ingenuos” no sólo por los mamones flamencos, sino por buena parte de Europa (¿El idiota de la familia?).

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