Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Mujeres

Una proclama extendida en estos días, y que se enfatizó el 8 de marzo, es que no debemos felicitar a las mujeres en el Día Internacional de la Mujer. Yo lo hago, pero no en la connotación del Día del Padre o el Compadre y esas habichuelas cursis sino por lo mucho que nos ha ido dejando su lucha, desde aquellas 129 mujeres víctimas de un incendio en una fábrica textil de Nueva York donde protestaban para obtener los mismos derechos laborales de los hombres, en 1908. Porque la envergadura es mundial, dígalo sino aquellas mujeres de Petrogrado que, en 1917 se levantaron contra la guerra y lograron no sólo la renuncia del Zar sino, principalmente, su derecho al voto.

El reporte preciso de las manifestaciones en el globo se halla en los medios de comunicación desde muy temprana hora. También en México, nuestro programa del mediodía hoy, enfatizó al respecto. Las cifras de la violencia y el abuso son conmovedoras y brutales. También lo es la inequidad laboral aquí y en China, y en los más diversos confines del mundo. Pero junto a ello también hay avances y emblemas de inspiración para seguir en la ruta de la construcción de civilidad que será junto con las mujeres o simplemente no lo es.

Hace 67 años las mujeres votaron por primera vez. Hay que honrar su esfuerzo, se llamaron Luz Vera, Margarita Robles de Mendoza, Matilde Montoya, Columba Rivera y Julia Nava de Ruíz Sánchez, entre otras. Ahora se dice fácil pero años antes de esa resolución histórica ni el mismo general Lázaro Cárdenas estuvo de acuerdo. Continuar por ese sendero es tarea inútil porque es inconmensurable el aporte de las mujeres al desarrollo del país en todos los ámbitos. Pero hay que decirlo así sea de manera general.

La Malinche jugó un papel extraordinario en la construcción de nuestro país y pronto llegará el tiempo en que tenga un reconocimiento que vaya más allá de los discursos oficiales sobre el nacionalismo y la promoción del resentimiento frente a procesos históricos. Leona Vicario también es clave para comprender el proceso de independencia de México igual que Sor Juana Inés de la Cruz, la misma que proclamó “Al trato de amor, hallo diamante y soy diamante al que de amor me trata”. Y quien también proclamó:

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Es parte de nuestra historia Dolores del Río y Lupita Vélez. A la primera seguro la recuerdan, a la segunda no lo sé, por eso anoto rápido que es una de las primeras mujeres que, en el siglo pasado, despejaron el camino para que las mujeres incursionaran en el cine siendo la imagen de un ser humano libre y que puede reír de manera estentórea, porque sabemos que hubo un tiempo en que era indecente que las mujeres rieran a carcajadas o que se dejaran mirar las piernas. Ah, Frida Kahlo, aquella traviesa y brillante mujer, no muy creativa frente al lienzo en mi opinión, pero con una inteligencia tan seductora que marcó el ejemplo a muchos de nosotros. Sí, dije de nosotros, en primera persona del plural, para referirme a ellos y ellas sin emplear el arroba o atropellar mi lengua con balbuceos inentendibles para quedar bien con el respetable. “Enamórate de ti, de la vida y luego de quien tú quieras”, enalteció Frida, también se comprometió: “Y una cosa puedo jurar: yo, que me enamoré de tus alas, jamás te las voy a querer cortar”.

Qué decir de aquellas mujeres que con solo existir, es decir, con solo ser como ellas eran, le dieron a nuestro país lo mejor de ellas mismas y lo mejor de nuestro patrimonio. Ana Luisa Peluffo abrió el camino en el cine como Consuelo Velázquez en la música y la extraordinaria Ángeles Mastretta en la literatura. Su actividad es pública y por ello concentran las miradas nuestras. Pero también hay mujeres que desde siempre nos han marcado la vida aunque su carácter sea anónimo. Son nuestras tatarabuelas que la inquisición pretendió callar pero que no sólo no lo hicieron sino que nos siguen susurrando ahora a través de aquella brujas que siguen el vuelo porque, como escribiera Virginia Woolf: “No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.”

No olvido ni por un instante las cifras de la violencia, las experiencias de vida conmovedoras ni la tragedia de los feminicidios que el gobierno desdeña. Tampoco ignoro los desplantes del presidente que minusvalora los reclamos de las mujeres ni de quienes las criminalizan. Estoy al tanto de que Claudia Sheinbaum calló cuando uno de esos merolicos que aparentan ser periodistas les llamó “Feminazis”. Tampoco ignoro el manto autoritario y conservador que se opone a la despenalización del aborto. Las mujeres tienen, como sociedad todos tenemos, el enorme desafío de seguir persuadiendo sobre la libertad y el rechazo a quienes pretenden dictar la moral. Porque la inquisición también tienen nietos. Esa inquisición se opuso a que las mujeres no aceptaran casarse o no aceptaran que les dijeran con quién casarse, es la misma que condenó a las mujeres pintoras o escritoras. Por eso hay grandes obras maestras que tienen seudónimo de hombre pero que fueron concebidas por mujeres y, si no, que le pregunten a Zelda Fitzgerald por poner nada más un granito de sal en la mesa del anonimato creador.

Ustedes tienen los reportes informativos de este día en las redes sociales y el portal de este proyecto editorial. Aquí nada más hago un homenaje a esas mujeres que, en el fragor de su vida nos han ido legando un mundo mejor. Por eso concluyo diciendo junto con Simone de Simone de Beauvoir:

“Que nada nos limite. Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia”

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