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Ariel Ruiz Mondragón

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Monsiváis, el mejor caricaturista escrito. Entrevista con Darío Castillejos

Uno de los múltiples ejercicios con los que Carlos Monsiváis hizo la crítica del ámbito cultural nacional fue “El consultorio de la Doctora Ilustración (Ph. D.)”, sección que fue publicada durante los años setenta y la mitad de los ochenta en La cultura en México, suplemento de Siempre! Esa labor la realizaba mediante cartas de lectores que consultaban a la citada especialista (todo creado por Monsiváis), la que era considerada “faro poderoso” en muy diversos asuntos.

Recientemente apareció la segunda recopilación de textos de esa sección, ahora titulado El regreso de la Doctora Ilustración (Ph. D.) (México, Malpaso, 2018), libro que en esta ocasión ha sido ilustrado por Darío Castillejos (Oaxaca, 1974), destacado caricaturista y artista plástico.

Sobre su trabajo en el libro de Monsiváis y otros proyectos conversamos con Castillejos, quien ha colaborado en diversos medios como El Imparcial, de Oaxaca, Foreign Affairs y El Chamuco. Autor del libro Impresiones de un mundo desdibujado y presidente de la asociación de caricaturistas Cartónclub, ha ganado diversos premios, como el Nacional de Periodismo, el José Pagés Llergo y el Rostros de la Discriminación, entre otros.

¿Cómo surgió el proyecto para ilustrar este libro de Carlos Monsiváis?

Yo soy seguidor de Monsiváis y, como caricaturista que soy, es una referencia obligada. Me contactaron de la editorial y me presentaron el proyecto. Yo lo conocía por el primer volumen, que ilustró un maestro personal: Rafael Barajas El Fisgón.

Cuando me propusieron ilustrar el segundo tomo, El regreso de la Doctora Ilustración, ya te imaginarás la satisfacción de seguir los pasos del maestro Barajas. Esto me llenó de emoción y acepté hacerlo de inmediato.

La encomienda ha sido una aventura muy padre.

Antes de hacer este proyecto, ¿cuál era tu conocimiento previo de la obra de Monsiváis?

Esporádicamente yo leía “¡Por mi madre, bohemios!”. He de confesar que yo no era un ávido lector de Monsiváis. Cuando yo estaba muy chamaco y trataba de leerlo, me costaba mucho trabajo entenderlo por el lenguaje que usaba. Después empecé a entender un poco más la ironía y el sarcasmo que él usaba, todas esas figuras retóricas que utilizaba de manera burlona para referirse al poder y criticarlo de manera que este era el menos enterado.

Me empezó a jalar mucho su estilo y comencé a leerlo más y más. Después me enteré de que era un ávido coleccionista de caricaturas, tal vez el mejor, lo que me cautivó.

A pesar de que no lo traté personalmente, debo confesar que siempre ha habido una conexión extraña: él se formó en la iglesia protestante de la colonia Portales, en la cual yo crecí. Yo conocí y fui amigo de Felipe Sánchez Muñiz, su tío, quien era director de la Iglesia Cristiana Interdenominacional, en la calle de Libertad, en la Portales, a la cual él asistía.

Allí creció y se formó Monsiváis. Él comentó mucho sobre las escuelas dominicales, en las cuales yo también me formé y de las cuales soy instructor, por lo que conozco bien las referencias de Carlos al respecto y la manera en que influye el haber crecido en una minoría protestante.

También comparto el gusto por la ironía pues yo soy caricaturista. Entonces todo eso jugaba de manera perfecta.

Ya tienes una labor de caricaturista de cerca de tres décadas. ¿Cómo defines tu propio humor y cuáles son los puntos de convergencia que le encuentras con el de Monsiváis?

Muchísimos. Él admiraba el trabajo de los caricaturistas, de los que decía que eran los mejores para expresar la realidad política del país. Yo digo lo contrario: Monsiváis fue el mejor caricaturista escrito que hemos tenido.

Coincidencias: todas. Leí, ahora que me tocó ilustrar este libro, las cartas que escribió con el nombre de la Doctora Ilustración y me matan de risa. La manera en que se burla del político, en que muestra a la sociedad, los hilos que mueven al poder, el teatro y las manos que están dentro de los títeres, es una coincidencia constante con mi trabajo porque yo trato de ser muy irónico.

No puedo negar que hay influencia de Monsiváis en mis cartones, en la forma en que veo la política como un circo, como una gran comedia en la cual los políticos se sirven de los otros haciéndoles pensar que les sirven.

Este es un juego en el que uno debe aprender a descifrar el lenguaje de los políticos, y burlarse a la manera de Monsiváis embona perfecto con mi manera de dibujar.

Efectivamente, como dices, la escritura de Monsiváis no es tan sencilla. En este sentido, ¿cómo hiciste para ilustrarla?, ¿qué problemas enfrentaste al traducir esos textos?

Tengo una trayectoria de casi 30 años haciendo cartón, y he desarrollado cierto carácter irónico. A veces me cuesta trabajo hablar de la política sin ser irónico, sin tomarla como una comedia.

Ahora entiendo mucho mejor que antes a Monsiváis, comprendo su sentido. En el libro hay varias cartas que me causan mucha risa y que me remiten a caricaturas que he hecho; por ejemplo, la del político que se queja porque no es lo suficientemente corrupto, o el que dice que acarreaba multitudes pero no sabía si era por su carisma o por cuál razón, al que de repente acusan de haber hecho dinero a la mala, y él no sabía que eso era un defecto porque lo consideraba una virtud. Ahora, cuando está en la desgracia, se acerca a la Doctor Ilustración y le dice: “Recomiéndeme unos libros porque tengo una biblioteca llena de títulos que jamás he leído”. Esto rompe con la pose del político que pretende estar con la intelectualidad y en todos los círculos en que puede capitalizar algo políticamente.

Cuando leo todo eso, pienso en lo que hacemos a diario: burlarnos de la pose política de la falsa intelectualidad de los políticos y las ganas que tienen de amolar siempre al pueblo.

Hay algunos asuntos que me dan mucha risa; por ejemplo, aparece un tipo que se queja porque quiere dominar el lenguaje políticamente correcto, y la Doctora Ilustración le dice que debe cambiar: por ejemplo, “un académico jamás dirá: ‘He tenido de amigos a pura gente azotada’, o ‘el año pasado mis cuates traían muy mala onda’”. Son frases que no se puede permitir alguien de alta alcurnia intelectual. Un verdadero académico diría en ese caso:

“Mis amigos han sido:

 asperjados por símbolos cupríferos

biselados por dátiles impúberes

confutados por crisis escolásticas

draconizados por homilías horrísonas

embrollados por encantaciones báquicas

extrapolados por círculos daltónicos

flagelados por ímpetus acústicos

granizados por témporas inciertas

homogeneizados por guiños espantables

impelidos por cábalas piadosas

inficionados por líquidos infértiles

lapidificados por lícitos pedrajos

ratonados por momos arcangélicos

regurgitados por hálitos pestíferos

Zaraceados por untos tumultuosos”.

Jejeje, cuando lees eso, ¿cómo lo digieres? Pero ese consejo es una burla a la falsa intelectualidad de pose.

A este trabajo en particular, ¿cómo lo ubicas dentro de tu obra? Tienes libros, has colaborado constantemente en un periódico y has ilustrado muchas otras publicaciones.

Para mí es un momento importante. Me siento muy complacido de este trabajo y con muchas ganas de hacer algo más. He hecho algunas laborea de manera cercana con el Museo del Estanquillo, y me gustaría realizar alguna exposición en torno a la obra de Monsiváis. Hay mucha obra de él que no la conoce ni su misma familia porque está en la hemeroteca. El tipo escribió muchísimo. Hubiera escrito más libros que Rius, pero este se los echaba más de volada. Pero dejó una gran cantidad de obra.

Estaré muy pendiente de lo que se vaya sacando a la luz porque me encantaría volver a ilustrar algo de Monsiváis. Para mí es trascendente ilustrar obra de alguien a quien admiro tanto.

Quedo con ese sabor de seguir probando más de los consejos de la Doctora Ilustración y demás.

¿Cómo separas tus trabajos, cómo preparas específicamente tus distintas labores? Por ejemplo, tu trabajo en El Imparcial y para publicaciones como Foreign Affairs, e ilustras lo mismo un libro de Monsiváis que de Fernanda Tapia. Es muy variada tu producción.

También he de confesar algo: ahora en Oaxaca estoy muy metido en la gráfica y en la pintura, además de que estoy trabajando en algunos proyectos editoriales.

Es versatilidad, por supuesto relacionada con el dibujo. Pero si tiene algún hilo conductor es la crítica, que caracteriza mi obra tanto en la gráfica como en la caricatura y en la ilustración. Desde luego, en los proyectos en los que participo siempre tienen que llevar ese elemento.

Pero ahora me está dando por empezar a ilustrar también publicaciones infantiles, aunque me cuesta trabajo; por ejemplo, mi niña me dijo “dibújame un gato”, y me di vuelo, pero acabó por ser una crítica a la clase patronal. Me dice comentó mi hija: “¿Y por qué el gato está subido tan campante en la bicicleta mientras los pobres ratones están metidos en las ruedas impulsando la bici?”.

Creo que lo que me hace falta para ser un poco más versátil es aprender más a separar las cuestiones temáticas. Pero estoy en el intento; lo que ocurre es que esa característica han tenido mis trabajos: la visión crítica.

Comentabas el trabajo de Fernanda Tapia, que es un bestiario: convierte a los políticos en bestias, lo cual ya tiene un mérito porque ¿cómo marcas la diferencia entre uno y otra? Después vino el libro que publiqué en Almadía, que es Impresiones de un mundo desdibujado, en el que critico muchos tópicos, no solamente de política. Un estigma que tenemos los caricaturistas es que se nos encasilla en el humor político, pero el gráfico es muy vasto: abarco desde la caricatura personal hasta la de temas sociales, de pareja, etcétera.

Esa versatilidad es la batalla de todos los días.

Una buena parte de tu trabajo es justamente sobre política. En ese sentido ¿cómo te defines?

Políticamente incorrecto. Asumo el trabajo del caricaturista editorial desde la posición de la crítica. No puedo concebir a un caricaturista que no sea crítico; ahora en las redes está en debate la cuestión de que, ahora que llegó la izquierda al poder, qué vamos a hacer quienes siempre estábamos criticando a la derecha.

Insisto en que el caricaturista, desde su concepción, es crítico; no puede asumirse como defensor del poder. Asumo mi trabajo desde esa posición (hablo, desde luego, de la caricatura editorial; la pintura, el grabado y la ilustración son diferentes).

¿Quiénes han sido las tres más grandes influencias para tu trabajo?

En la caricatura, Rogelio Naranjo, Helioflores y Rius. Hago una disección personalizada de cada uno: el trabajo de Naranjo tuvo como virtud llevar la caricatura a las grandes ligas del arte: cada uno de sus dibujos es una obra de arte en detalle, en concepción. Era un genio para resolver el cartón, y su trabajo pisaba con mucha honra las galerías más importantes.

Él me dijo en una ocasión que su dibujo le gustaba mucho porque tenía mucha poesía. En eso coincido con él. Tiene varios libros, pero hay uno, Elogio de la cordura, con unos dibujos maravillosos, exquisitos en la línea.

Sobre Helioflores: destaco su manera de jugar con el concepto del dibujo, y su ironía es de academia. Es un tipo que tiene una puntería finísima para pegar donde tiene que hacerlo; no divaga en el cartón, sino que es conciso, concreto y con buena pólvora.

¿Qué se puede decir de Rius? Tiene escuela en todos los sentidos. Yo lo estuve viendo en Oaxaca y tuve oportunidad de compartir algunos proyectos con él. El tipo era, de verdad, incansable; no por nada publicó ciento y tantos libros, y todavía tiene la virtud de seguir publicando después de muerto. Entonces parece que no se fue al más allá a descansar.

La influencia plástica: José Clemente Orozco, Francisco Toledo, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Para hablar de grabadores: Leopoldo Méndez, José Guadalupe Posada y, del Taller de Gráfica Popular, Francisco Mora y Elizabeth Catlett.

En tus 30 años de trabajo te ha tocado vivir cambios políticos. ¿Cómo se ha manifestado esto en el ámbito de la libertad de expresión, especialmente en materia del cartón político, en tu trabajo?

Habrá coincidencias o no, pero creo que todos estamos percibiendo un cambio no sólo en las formas sino en el fondo, sin duda. Desde luego hay mucha expectativa porque se están tratando de cambiar inercias que se daban por sentadas desde hace ya muchas décadas.

Para mí es inédito lo que está pasando porque había una manera de hacer prensa; decía Rius que en este oficio te pagan o te pegan. Había esas dos sopas.

Todos esos dogmas están cayendo. Para muchos el reto es adaptarse a esa nueva realidad que estamos viviendo. Hay mucho pesimismo, entendible, en la expectativa, pero por otro lado también el optimismo de que las cosas cambien.

Naranjo decía que los caricaturistas no podíamos ser muy optimistas sino que teníamos que ser pesimistas. Desde luego asumimos con ese pesimismo la expectativa del cambio, pero no podemos negar que hay cosas que están sucediendo y que son muy positivas, democratizadoras, y estoy de acuerdo. Por ejemplo, el hecho de que el gobierno escuche la voz popular, el clamor cuando se hacen nombramientos y se toman decisiones, es inédito.

Nosotros los caricaturistas tenemos la encomienda siempre de ser la voz de los que no la tienen y llevar el mensaje a los que no quieren oír. Es una tarea difícil, porque ahora resulta que aunque les cuesta a algunos todavía (hasta los que están siendo estrategas del cambio les cuesta adaptarse a éste porque ellos fueron criados en este mismo sistema), están empezando a abrir los oídos, y eso es muy interesante.

Nosotros los dibujantes, sobre todo hablando de los caricaturistas editoriales, desde la trinchera de la crítica estamos esperando a ver cómo se desarrolla todo esto.

Para volver a lo que dices de Rius de “te pagan o te pegan”, en este país se sigue agrediendo a los periodistas. En tu tarea crítica, ¿qué riesgos has enfrentado?

Nosotros somos beneficiarios de toda una lucha. Es cierto que la prensa está bajo asedio en México y es uno de los lugares más peligrosos para hacer periodismo, pero si hablamos de la caricatura que, sin duda, también sufre los embates de las mafias y de los intereses más oscuros, sí habría que decir, por justicia, que el camino para nosotros es un poco más llano.

No nos ha tocado sufrir, por ejemplo, lo que Rius con un simulacro de fusilamiento al que fue sometido. Él celebraba dos cumpleaños: el natural y el del día que lo soltaron, cuando volvió a nacer. Ese tipo de problemas nosotros no los hemos enfrentado.

Sin embargo sí nos han tocado intentos de censura, sobre todo de personajes políticos que de repente se sienten agredidos, y que “sugieren” a los editores que manden a descansar unos días al dibujante.

También siguen sucediendo las tentaciones del poder por cooptar a los opinadores y a los críticos mediante mecanismos que antes eran muy evidentes, como el famoso “chayote”. Hoy se trata de manejarlos con otras estrategias, pero a fin de cuentas el intento del poder sigue siendo tratar de cooptarnos.

Pero somos beneficiarios de una herencia de lucha y de refriega (en todos los sentidos) de los caricaturistas de la vieja guardia.

 

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