Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

Mirar el mundo

El Museo Nacional de Culturas Populares presenta una exposición sorprendente: “Toledo ve”. Durante décadas, el artista juchiteco ha renovado la pintura, el grabado, la cerámica y la escultura con distintiva originalidad. Sus colores terrosos y sus trazos de espina se han convertido en huellas únicas.

En esta ocasión, Francisco Toledo muestra la influencia que ha recibido de la cultura popular, lo que encuentra al entrar a una cocina, un mercado o un taller, o al atravesar una calle o una milpa, la vida que transforma en obra propia.

No faltan las alusiones políticas. Al alzar la vista, el espectador encuentra 43 papalotes con los rostros de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos desde 2014. Ese cielo provisional aún aguarda una respuesta de la tierra. Al fondo de la sala, una pared exhibe carteles contra el uso de los transgénicos. El elocuente proselitismo de esas piezas alterna con un objeto, un ataúd con el cadáver de una mazorca de maíz.

Toledo explora la gramática de todas las cosas; no hay material que se le resista. Por sus manos pasan mosaicos, maderas, papeles, joyas, relojes, tapices, radiografías, textiles, bejucos, herrerías, cucharas y otros utensilios de la vida diaria. Si no se da abasto, pide ayuda a los insectos y deja un trazo de azúcar para que las hormigas recorran la pintura, otorgándole un último matiz.

No se “apropia” de los objetos; los transfigura. Con dos erizados troncos de pochote crea un crucifijo. Las espinas de este patíbulo no están en la corona de la víctima sino en el cuerpo de la cruz.

Una vitrina revela que los alquimistas se equivocaron al querer transformar el plomo en oro. La materia que mejor emula al metal precioso es otra: el papel. Toledo recorta adornos con sutileza de orfebre y crea joyas que responden a un peculiar sentido del ornato: seducen y protegen; atraen la mirada y previenen de no acercarse demasiado. Quien lleva un collar de delicados alacranes confirma que la belleza es atrevida.

Los principales protagonistas de Toledo son los animales. Su bestiario no rinde tributo a la dañada biósfera contemporánea, sino a una ecología ajena a la presencia humana. En su edén subvertido, el erotismo no se somete a las normas de las especies sino de las pasiones.

Si Plinio el Viejo ordenó la enciclopedia de la flora y la fauna, y Borges imaginó criaturas de una nueva mitología, Toledo se ocupa de una naturaleza donde los animales se describen a sí mismos con saltos, lenguas ásperas, garras y caricias. “Viéndolo bien, el sapo es todo corazón”, escribe Arreola. Toledo adopta la misma lógica para crear iguanas, tortugas, cangrejos, gatos, grillos y liebres que hacen lo que les viene orgánicamente en gana.

La muestra, curada por el propio artista, combina más de cien obras con cosas comunes (una silla de mimbre, una rama de árbol, resorteras guatemaltecas, una caja con jitomates). Estos “objetos hallados” confirman la idea de Duchamp de que los enseres que vemos con indiferencia adquieren otro sentido al cambiar de contexto. Al mismo tiempo, al dialogar con las obras de Toledo, borran la frontera entre arte y artesanía.

El rasgo más audaz de “Toledo ve” es que carece de cédulas. A diferencia de las exposiciones en las que se exhibe un plumero y una larga parrafada explica la importancia política, ontológica, transexual y ditirámbica de ese gesto, Toledo prefiere que las obras hablen por sí mismas y diluye las nociones de autoría y anonimato. Su estética es reconocible, pero al excluir su nombre y los títulos de las obras, y al incluir objetos comunes que lo han estimulado, revela la productiva condición de lo anónimo. El ignorado inventor de la tijera es tan relevante como Picasso. La artesanía requiere de utilidad práctica; el arte puede prescindir de ella, pero no existiría sin los enseres que emblemáticamente llamamos “útiles”.

La trayectoria de Toledo en defensa del patrimonio y los derechos de los pueblos originarios, y como fundador de numerosos museos, un jardín botánico y una biblioteca para ciegos, ha inscrito el arte en la vida colectiva.

Neruda rebanó un tomate de este modo: “La luz/ se parte/ en dos/ mitades”. Toledo pinta tomates en una pared y complementa su cosecha con una caja que contiene el fruto colorado.

Nada es tan perfecto como un tomate.

Pero sabemos esto gracias al arte.


Este artículo fue publicado en Reforma el 2 de agosto de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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