Rebelión en la granja digitalOpinión
La miopía del canal
Fragmentación algorítmica y el despilfarro estratégico de la comunicación pública

La praxis política contemporánea padece un diagnóstico severo de analfabetismo funcional en el uso de la tecnología de la información. En el afán desmedido por conquistar la atención de las masas, la clase dirigente ha incurrido en un error de apreciación estratégico: asumir que el universo de las redes sociales constituye una masa unificada y homogénea donde cualquier contenido, replicado de forma indistinta, surte el mismo efecto persuasivo.
Esta simplificación conceptual no sólo revela una profunda incomprensión de la arquitectura digital, sino que deriva en un despilfarro sistemático de recursos públicos, capital político e influencia institucional. La red no es un foro unificado; es un archipiélago de ecosistemas con gramáticas, incentivos emocionales y expectativas del usuario radicalmente opuestas.
Para ponderar la gravedad de este desatino es indispensable acudir al escrutinio empírico sobre los hábitos de consumo informativo a escala global. Las investigaciones desarrolladas por el Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford y los estudios comparativos del Pew Research Center revelan una tajante división en la funcionalidad que los usuarios otorgan a cada plataforma.
Mientras que redes de microblogging y entornos audiovisuales de larga duración, como X (anteriormente Twitter) o YouTube, continuaron operando como espacios de referencia para la discusión coyuntural, la deliberación sobre políticas gubernamentales y la fijación de agenda política durante los procesos electorales recientes, otras plataformas responden a dinámicas estrictamente evasivas. La presencia de Facebook ha derivado de forma sostenida hacia el intercambio relacional doméstico, mientras que plataformas de video corto como TikTok e Instagram son habitadas por audiencias cuyo motor de navegación primario no es la fiscalización del poder ni el contraste de propuestas, sino la gratificación estética, la evasión y el consumo de entretenimiento liviano.
Ignorar esta distinción funcional conduce a lo que la sociología de la comunicación denomina la falacia de la equivalencia del tráfico. Un millón de reproducciones en una plataforma de entretenimiento masivo no equivale a un millón de voluntades políticas conscientes, ni traduce automáticamente un impacto en la opinión pública deliberativa. Cuando un actor gubernamental transplanta un discurso de rendición de cuentas o una propuesta presupuestaria compleja al lenguaje hiperacelerado y trivializado de una red orientada al espectáculo, no está democratizando la información; está sometiendo el mensaje a un proceso de degradación estructural. El algoritmo de la plataforma de entretenimiento no premia la solidez argumentativa ni la veracidad técnica, sino la retención mediante el impacto visual y la reactividad afectiva. El resultado previsible es la caricaturización de la función pública, donde el funcionario termina actuando para las métricas de vanidad mientras desatiende los canales donde se dirime la legitimidad institucional.
El análisis de las contiendas electorales recientes en Latinoamérica y Occidente ofrece lecciones contundentes sobre los riesgos de esta desorientación. Casos emblemáticos en la región han evidenciado cómo la hiperdigitalización del discurso político no garantiza la consolidación de mayorías informadas. La proliferación de campañas volcadas en la efectividad del formato corto generó picos de interacción masiva, pero efímera, donde la popularidad digital de las candidaturas no se tradujo en una gobernabilidad sólida ni en una base ciudadana comprometida con programas de largo aliento. Por el contrario, la sobreexposición a narrativas hipervisuales provocó un acelerado desgaste de la imagen pública una vez alcanzado el ejercicio del poder, en tanto la gestión real de los problemas sociales no puede responder a la inmediatez ni a la estética del algoritmo de entretenimiento.
Esta evidencia internacional constituye una llamada de alerta ineludible para la reconfiguración de las estrategias de comunicación pública en México de cara al proceso electoral de 2027. La tentación de subordinar la estrategia territorial y el debate sustantivo a la búsqueda acelerada de la viralidad en redes de evasión representa un riesgo sistémico para la calidad democrática del país. Si las fuerzas políticas y los actores gubernamentales abordan el 2027 bajo la premisa equivocada de que la acumulación de interacciones en plataformas de entretenimiento equivale a representatividad política, México se encaminará hacia una contienda electoral desprovista de sustancia, donde la discusión de las grandes reformas de infraestructura, seguridad y política fiscal quedará eclipsada por la producción industrial de contenido superficial.
El costo de esta miopía estratégica es asimétrico y profundo. Por un lado, la saturación de contenidos políticos en redes diseñadas para la evasión genera un fenómeno de rechazo cognitivo y fatiga informativa en el ciudadano común. Las audiencias que acuden a estos entornos digitales en busca de esparcimiento perciben la irrupción del proselitismo o la propaganda gubernamental como una intrusión hostil, lo que acelera el fenómeno de evitación activa de noticias documentado en la literatura científica reciente. Por otro lado, al abandonar o desatender la producción de contenidos con rigor técnico para las plataformas donde se concentra el electorado informado y la prensa crítica, los gobiernos ceden el espacio de la discusión sustantiva a la especulación, la polarización sin filtro y la desinformación.
La comunicación política contemporánea requiere sustituir la intuición del espectáculo por una disciplina de segmentación funcional. Comprender el poder de la información en la era digital exige aceptar que no todas las pantallas cumplen la misma función en la psique del elector. El político que gasta su presupuesto y su tiempo operativo persiguiendo la viralidad vacía en el terreno del entretenimiento no está ampliando su base democrática; simplemente está malgastando el mensaje público en un eco estéril, confundiendo el aplauso efímero de una audiencia cautiva con el ejercicio real de la gobernanza.
Miguel Quintana “El Troll”. CEO de RIDTv

