Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Mi tía Chucha y la vida fugaz

Aún era joven el otoño pasado cuando la tuve frente a mí como tantas veces durante mi infancia. Pero esta vez María de Jesús, mi tía, no nos llamaba a la mesa a sus hijos y mis hermanos para la comida o la cena de café con leche y torta de frijoles. Tampoco lo hacía para que nos laváramos los dientes y a dormir, como lo hacíamos en dos camas matrimoniales juntas cinco niños traviesos: Mario, Víctor, Óscar, mi hermano Vinicio y yo, por allá en las casas viejas de Popotla de la Ciudad de México.

Esta vez, al tenerla de frente, María de Jesús apenas balbuceaba, quién sabe qué sonidos porque palabras no eran, como respuesta al ánimo que le daban para recordar sus dos hijas, Irma y Lupita, que la atendieron durante los últimos años hasta para cubrir sus necesidades más esenciales. “Es Toño, Chucha”, le decía mi tío Ranulfo con una sonrisa impostada, para que ella al menos registrara que ese día había llegado para decirle cuánto la quería y le agradecía por un pedazo feliz de niñez que tuve gracias a su comida deliciosa y a sus atenciones sobre mis sueños de futuro.

La esperanza ll (1907-08), Gustav Klimt

Chucha me veía como miramos cuando todo está a oscuras o cuando miramos a través de unos lentes que no son de la graduación que requerimos. Con los ojos saltando entre maleza o divisando el horizonte, con los brazos vencidos y el rostro inerte con restos de papas fritas que había comido además de dos piernas de pollo rostizado y refresco de limón.

Di unos pasos más frente a mi tía y recogí su mano izquierda, a la que besé con labios de pajarito como lo hice tantas veces desde hace 45 años. Le dije que no se preocupara por no recordar, que nosotros éramos la encarnación de sus recuerdos (Irma y Lupita caminaron a la esquina de la sala y desde ahí nos veían, Ranulfo seguía de pie con su estática sonrisa).

Quiero agradecerte tía, por lo que hiciste por todos nosotros, continúe. Por el cobijo que nos diste a mi y a mis hermanos cuando varias veces salimos de casa apenas a los siete u ocho años de edad. Poco a poco mi tía definió la mirada y dibujó una sonrisa tenue. “Toooñito”, dijo entre susurros, y entonces mi tío le pidió la bendición para mí y así fue como, por un instante, Chucha entendió que había ido a verla también para despedirme de ella. Y entonces levantó el otro brazo y, cargando a las palabras como si cargara un tonel de agua, inició la liturgia que tan feliz me hizo en la infancia y ahora lo volvía a hacer. Yo besé su mano y ahí enjuague mis lágrimas mientras ella dejaba de hablar como si fuera una muñeca a la que se había acabado la cuerda. Y entonces la abracé y me despedí de todos ellos.

Hoy me entero de que mi tía murió. Terminó su ciclo como sucederá con todos nosotros porque la inmortalidad no existe más que como metáfora de la trascendencia que tienen nuestros actos en los otros. Por eso estoy seguro de que Chucha trascendió en mi vida, tanto, que ahora almuerzo café con leche y torta de frijoles, antes de ir abrazar a sus hijos y a recordar desde ahora y para siempre, mientras tengamos vida.

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