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Ariel Ruiz Mondragón

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“Lo que se escribe en México sobre música es demasiado fresa”. Entrevista a Carlos Velázquez

Los conciertos de rock, y a veces hasta incluso el propio género musical, parecen ya ser parte de la historia debido a la parálisis que ha provocado la pandemia de Covid-19, por lo que es bueno recordarlos en esta época de aislamiento y sana distancia.

En el ámbito mexicano un recuento de diversas experiencias en vivo es el que presenta Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978) en su libro Mantén la música maldita (Sexto Piso, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2020), en el que reúne 25 textos que dan cuenta de una buena parte de su vida conciertera entre blackouts y escritura, así como de su experiencia personal con el rock desde su adolescencia.

“No me imagino qué habría sido de la juventud que ha pasado horas y horas interminables a solas en su habitación si el rock no hubiese existido”, según expresa el escritor coahuilense en el libro.

Velázquez es autor de al menos una decena de libros de cuentos y de crónicas. Ha colaborado en publicaciones como Milenio, Letras Libres, Replicante, El Universo del Búho, El Financiero, Periódico de Poesía y el suplemento El Cultural de La Razón. Ha obtenido los premios Nacional de Cuento Magdalena Mondragón (2005), Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor (2012) y Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada (2018).

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro como el tuyo, una recopilación de textos sobre tu experiencia con la música, especialmente en los conciertos? Más si tomamos en cuenta que desde la segunda página del libro adviertes que “a nadie le importan las crónicas de un güey que relata cómo fue a un concierto a ponerse otra vez hasta la madre”.

Carlos Velázquez (CV): Allí me burlo un poquito de mi circunstancia. Lo que pasa es que cuando estaba chavo crecí con cierto periodismo rockero que muy pronto se deterioró, y aunque todavía quedan muy buenos críticos (hay que decirlo), en general lo que se escribe en México sobre música es demasiado fresa. Entonces lo que yo quería hacer era mantener la experiencia de la música lo más agreste posible.

Por otro lado, también estaba consciente de que me tenía que burlar de mi propia circunstancia, de mi propia persona porque quizá no todo mundo está interesado en leer las mamadas que hace cualquiera que va a un concierto.

Lo que me ocurre no es exclusivo, pero tengo la posibilidad de llevarlo a la página. Hay muchísima gente que sufre una gran cantidad de aventuras en los conciertos, y eso de alguna manera nos hermana, nos une. La gente de los conciertos va a disfrutar el espectáculo, pero padecemos los mismos problemas: lo caro de las entradas, lo caro y caliente de la cerveza, malos servicios, lo pésimo del regreso a casa después de un concierto.

Para mí la crónica es un antes, un durante y un después del concierto, pero no quería tampoco glorificarlo, sino también entender que va a haber quien se pueda burlar de todo este tipo de tonterías.

AR: Todo el libro está atravesado por la vinculación que haces entre la música y las drogas, desde tus reuniones de adolescente con ya viejos rockeros. ¿Cómo has unido tus experiencias con la música y las drogas?

CV: Para mí las drogas son un vehículo para la recreación. Mucha gente que conozco se acerca a ellas y terminan por tener una vinculación con ellas bastante tortuosa.

En mi caso no ha sido así y, sobre todo, a la hora de acudir a un concierto las drogas me ayudan mucho a potencializar mis sentidos. Esto no quiere decir que no pueda ir sobrio a un concierto, pero ese es para mí el lugar ideal donde uno puede explayarse y meterse lo que se le antoja.

Es eso: tomar a las drogas como un vehículo de placer, y la verdad es que me ha ayudado mucho, he disfrutado muchisísimo más la música en vivo bajo los efectos de las sustancias que en la sobriedad.

Es utilizar esta herramienta para vivir más intensamente los conciertos, pero también ha habido una que otra vez (muy pocas) en las que las cosas no se dan de manera tan venturosa, pero tampoco he tenido un mal viaje en un concierto.

Entonces es juntar en un mismo lugar, en un mismo instante, el placer que me producen las drogas con el que me produce la música. Es una sensación que tiene muy poca comparación con otras en mi vida.

Cuartoscuro

AR: En varias crónicas haces un retrato muy crítico de los públicos mexicanos del rock, como lo haces, por ejemplo, en la del concierto de Iggy Pop y Metallica, del Vive Latino y el Hell & Heaven.

CV: Lo que pasa es que es una noción que tenemos desde hace mucho tiempo: la certeza de que somos el mejor público. Siempre las bandas que vienen de fuera se quedan anonadadas ante la respuesta de los mexicanos, lo cual a mí, la verdad, me llena de orgullo, porque esto habla de que vivimos intensamente la música.

La relación que el mexicano promedio ha establecido con el rock desde sus inicios hasta el momento es algo que me da mucho orgullo, y me gusta como parte de nuestra idiosincrasia. Pero, por otro lado, eso nos ha llevado a una actitud muy poco crítica; entonces somos siempre los que aguantamos todo, lo pagamos caro, nos tragamos los espectáculos sin chistar y somos los que siempre aplaudimos. Creo que en ocasiones habría también que preservar cierta conciencia crítica.

Por ejemplo, recuerdo haber salido verdaderamente decepcionado la última vez que vinieron los Red Hot Chillipapers al Palacio de los Deportes. El boleto estaba carísimo, 2 mil 500 pesos, que para ver a ese grupo es demasiado, pero va. Sin embargo, resultó que la banda no tocó casi nada de sus éxitos sino puras canciones de los últimos discos, y dio una hora y 10 minutos de concierto. Salí con la sensación de haber sido estafado, y no hay nadie que te defienda. ¿Quién lo va a hacer?, ¿Ocesa?

Ocurre que dices: ¿cómo puede ser posible que haya pagado esa cantidad de dinero, el grupo haya dado un concierto de porquería y la gente no se queje, no diga nada ni se pronuncie al respecto?

Ese es mi problema con el público en general. Necesitamos ser más críticos y más duros, no ser tan complacientes con los servicios que se nos ofrecen porque luego pasa, por ejemplo, como en 2019, cuando en la última fase para comprar boletos para el festival Corona estaban en 5 mil pesos, lo que, por dos noches de concierto, es un robo.

Yo recuerdo que entre 2013 y 2015 el abono para el Vive Latino costaba 400 pesos, y las bandas que traían no se comparan con los carteles tan raquíticos de ahora.

AR: En algunas crónicas dices que el rock es igualador, aunque en la del Heaven & Hell afirma que hay gente de Iztapalapa que sigue a algunas bandas que no pueden acudir por el precio del boleto. Tus crítica contra Roger Waters también van por allí. Pero dices que hay que rechazar la jerarquización y el clasismo en una expresión que debería ser anticlasista, como el rock. ¿El rock es un igualador social?

CV: No sólo el rock. Excepto la música que se escucha en círculos de élite, la música tiene que ser democrática. En el caso del rock me parece que, sobre todo en México, el concierto es un lugar donde las clases se mezclan. Eso es algo que nunca he visto en otras partes: por ejemplo, cuando he viajado a Sudamérica, las clases no se mezclan. En México sí: en las calles, en los restaurantes, en los bares y, sobre todo, en los conciertos de rock.

Aunque sabemos que existe cierto racismo y cierto clasismo en México, también hay una actitud bastante relajada en cómo se mezclan las clases sociales y cómo tienen ciertos roces que en otras partes de Latinoamérica no suceden. Por ejemplo, cuando estuve en Perú, la clase blanca dominante no se roza ni por error con la clase baja indígena trabajadora.

Pero ocurre que empiezan todas estas nuevas modalidades de las fases y de las localidades VIP, lo que está haciendo OCESA. Eso es segregar y poner barreras entre el público, y entonces la experiencia colectiva del rock pierde significado porque ya no se está en igualdad de circunstancias porque ya estamos otra vez divididos y separados por, básicamente, el dinero. Así, entre más posees mejor acceso tienes al concierto.

Antes no ocurría eso: comprabas un boleto con un precio y si llegabas temprano tenías derecho de agarrar un buen lugar y poder ver el show desde la primera fila. Pero ahora la situación ha cambiado, lo que me parece que, como público, no deberíamos permitir.

AR: En las crónicas hay mucho del posconcierto, pero también son aventuras las llegadas al concierto: viajes, pasar a tomar un whisky, surtirte de droga, por ejemplo. ¿Qué nos dices del before?

CV: El viaje empieza a veces incluso desde que compras el boleto, cuando comienza a crecer cierto maremágnum dentro de ti porque la expectativa se va formando. En ocasiones lo que ocurre antes determina mucho el talante del concierto; es decir, por supuesto es más importante lo que ocurre arriba del escenario y la retroalimentación que se da entre el público y el artista, pero a veces el espectáculo resulta ser otra cosa debido a lo que haces antes.

Por ejemplo, cuando fui a ver a los Who a la Ciudad de México mi plan original era estar lo más sobrio posible para poder recordar todo el concierto en pleno. Pero justo cuando iba arriba de la camioneta que nos iba a llevar al Palacio de los Deportes recibí un rayo, algo como una iluminación por la que dije “puta, ya estoy como no quería estar”.

Eso me llevó a tener una entrada y un concierto accidentados; sin embargo, sí lo disfruté. A lo que me refiero es a la expectativa que a veces te rebasa y no puedes controlar porque estás tan emocionado de que vas a ver a bandas que nunca has visto o que son tus favoritas. Eso empieza a incidir en el clima de la noche.

Además, a veces ese ambiente no termina con el concierto: cuando concluye el show tienes dentro tal cantidad de adrenalina que no te puedes ir a tu casa a dormir. Entonces debes continuar la noche y, a veces, embriagarte para poder mitigar toda esa energía para que pueda bajar y para que en algún momento todo se pueda dar por terminado.

AR: También en varias ocasiones relatas que en los conciertos has perdido a tus acompañantes. ¿Por qué ha sido así?

CV: Cuando voy a un concierto por lo general elijo con quién quiero ir a ver a tal o cual banda, pero a veces los planes no se pueden sostener hasta el final. En el caso de los festivales, como voy con otros y cada uno quiere ver una banda distinta, pues nos tenemos que separar y siempre hacemos acuerdos para vernos en tal punto y ver a tal banda en tal escenario, para volvernos a reunir, para para el regreso, etcétera.

Pero en ese trance a veces las cosas no ocurren como lo planeo porque cuando llego al concierto entro con cinco o seis personas, pero ya adentro, por ejemplo en el Vive Latino, hay 80 mil cabrones. Entonces termino por extraviarme, por perder a mis acompañantes y me quedo a solas. Eso también es parte de todo el proceso, aunque, en ocasiones y si tienes suerte, encuentro a la gente al final para regresar.

En ocasiones he tenido que volver solo, pero esto es parte de todo el viaje; por ejemplo, cuando ya no encuentro a la gente y regreso solo, termino después viéndolos en la Condesa, en la Roma o en alguna otra parte.

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En una ocasión, al salir de un Corona Capital me quedé en una tiendita que está frente al Foro Sol a echar una chela, y fue una gran aventura porque nunca me había puesto una peda banquetera hasta las tantas de la madrugada, pero no había manera de que yo fuera a meterme a una cama porque sencillamente no me iba a poder dormir.

La mayoría de estos textos, si no es que todos, nunca fueron diseñados para una crónica; simple y sencillamente fui al concierto y escribí lo que pasó, pero nunca me dije: “Voy a ir, voy a hacer esto, me voy a empedar, me voy a quedar tirado y voy a escribirlo”. Todo se fue dando, y a partir de allí fui escribiendo las crónicas, pero nunca está planeado. Todo ha sido de manera espontánea.

AR: ¿Cómo y cuándo escribes sobre los conciertos? En varios de los que relatas terminas en blackout, en el apagón. Cuentas que en un Vive Latino no hiciste la crónica de Happy Mondays que te habían encargado porque ya no sabías de ti y no sabías qué había pasado en el concierto. ¿Cómo y cuándo escribes sobre los conciertos con estos blackouts?

CV: Todo el mundo cree que todo el tiempo estoy en el pedo, pero sí le dedico mucho tiempo a la escritura. Lo que hago es que voy a los conciertos, después continuo la noche y en un momento dado, dentro de los siguientes tres días, me siento y empiezo a escribir todo tal como lo recuerdo.

En esa crónica del Vive Latino cuando fui a ver a los Happy Mondays, muchas de las cosas que están allí me las contó la persona que iba conmigo; yo no lo recuerdo porque estaba hasta mi madre de pedo porque me había tomado un mezcal adulterado y yo lo no sabía.

Los sucesos que recuerdo los narro como tal, pero hay otros que me han tenido que contar porque yo no estaba consciente.

Ocurrió que llegó un momento en que me entró la obsesión por ir a conciertos, por lo que empecé a ir a la mayor cantidad de shows posibles y, además, comencé a publicar y a escribir sobre todos a los que iba.

EL ROCK, PRÁCTICA Y DISCIPLINA

AR: Hay tres textos que llamaron mi atención porque hasta cierto punto son distintos, por supuesto con la crónica pero que tiran a ensayo, como son los dedicados a Lou Reed, a El Muertho de Tijuana y a Roger Waters. ¿Cómo pensaste estos tres textos?

CV: El de Waters sí me parece muy distinto de lo que hago comúnmente. Mi idea era hablar del poder que tiene el rocanrol de movilizar a gente, en este caso de cómo hablar de Waters pero no directamente sino a través de uno de sus fans y de cómo se ha volcado sobre el artista dejando de lado cualquier tipo de sensatez y de conservadurismo.

Yo quería un texto que reflejara lo que siente ese fan por Waters pero desde su propia experiencia. Tuve la gran oportunidad de conocer a esa persona, de estar en su casa, de conocer su colección de discos, de entrevistarlo y de llevarlo a la página. Tuve que corroborar los datos que me mencionó y resultó que era cierto: todos los conciertos a los que dice que asistió, las ediciones de discos de las que habla, todo está documentado.

Eso fue un trabajo un poco más periodístico en el sentido de que había que corroborar información porque un par de veces he cometido el error de no hacerlo y luego resulta que hay pifias. Pero no en esta ocasión porque la información está bien respaldada.

El Muertho de Tijuana es una personalidad muy apabullante, muy fuerte. Se prestó poco para hacer este registro que trata de indagar de dónde viene, e incluso no creo que lo haya conseguido, pero al menos es una tentativa de dar una explicación sobre el fenómeno que significa.

A mí me parece una personalidad sensacional. No es gran músico pero las canciones que hace con los elementos que tiene me parecen increíbles. He visto miles de bandas pequeñas y medianas hacer y deshacer, ir y venir, tocar y tocar, y no pueden hacer una melodía tan básica y tan sencilla como las que hace El Muertho de Tijuana.

Por ello ese texto resultó de esa manera, que es una especie de ensayo-crónica sobre uno de sus conciertos. A El Muertho de Tijuana lo escuchas y todo, pero también es una experiencia verlo en vivo.

El texto de Lou Reed lo escribí justo la semana en que murió; fue una noticia que no me esperaba y que fue como un balde de agua fría. Es una especie de recuento personal sobre cómo empecé a establecer una relación con la obra de Reed desde mi adolescencia.

Algo que nunca voy a poder dejar de hacer es escuchar a Lou Reed.

AR: Hay otros textos sobre grupos y personalidades más cercanos a ti. Además de Reed, también recuerdas que alguna vez te habló Bon Scott. ¿Qué te han dicho?

CV: El caso de Bon Scott está muy cabrón. A mí me gusta AC/DC y soy su fan, pero no es mi banda número uno. Sin embargo, para mí Bon Scott es como la representación máxima en la Tierra de lo que es el espíritu del rocanrol.

La manera en que el bato afrontó su vida, en que encarna la triada de sexo, drogas y rocanrol creo que nadie, ni siquiera Keith Richards, la representa a la perfección.

Eso es para mí muy importante porque lo que está detrás es una gran vitalidad; lo que me dice la música de AC/DC con Bon Scott en la voz es precisamente todo lo vital que tenemos al alcance y cómo debemos explotarlo y vivir de ello.

También he escuchado a AC/DC de manera obsesiva, y resulta que hubo una temporada en la que no sé qué pedo traía, andaba medio bajón, con broncas, y una noche soñé con mi barrio (en el que ya no vivo desde hace 20 o 25 años), en el que yo caminaba y me vengo topando con la figura de Bon Scott, que caminaba hacia mí en el sueño. Cuando desperté dije: “¿Qué pedo?”. Lo que entendí es que Scott es como una especie de ángel de la guarda que tengo, que me da mucha energía y me da para arriba. Eso me gustó mucho y me hizo sentir mucho mejor después de ese periodo de bajón que traía.

El asunto con Reed es que lo conozco bien porque he leído bastante. Es un tipo que fue en contra de lo que se supone que tenía que haber hecho. Por ejemplo, cuando publicó Transformer, que fue un éxito, lo que siguió fue que la disquera quería que Reed continuara haciendo discos glam y siguiera así su carrera para irse encumbrando y hacerse una gran estrella. Pero lo que hizo Reed fue, en lugar de eso, publicar Berlin, que se convirtió en un fracaso comercial, al grado de que la disquera lo acusó de autosabotearse, Pero Reed se mantuvo tan fiel a sí mismo y dijo que hizo el disco que él quería hacer, no el que la disquera le imponía.

Veintitantos años después resultó que Berlin es recibido y apreciado como una obra maestra, que incluso se volvió a grabar completa en vivo.

Eso es lo que siempre me ha gustado de Reed: jamás se ha traicionado a sí mismo. En varias ocasiones, cuando le decían “saca este disco comercial” jamás hizo caso y siempre hizo los que él quiso y al final han permanecido como clásicos.

Por ejemplo, cuando salió el disco con Metallica le fue muy mal, pero a mí me parece que está muy subvalorado. No soy fan de ese grupo, pero creo que es un buen disco. Sin embargo la crítica lo hizo mierda, pero vas a ver que en cinco o 10 años va a resultar que no es verdad, que Lou Reed tenía la razón y que ese disco vale más de lo que la crítica quiere asumir.

AR: Vamos sobre la que llamas “tu banda favorita” y que fue la que nos acercó hace poco más de cuatro años. De todos los conciertos de los que haces crónica en el libro, sólo en uno de ese grupo es donde incluso has tirado golpes. Allí, en una mención a Roger Daltrey, dices que la música es que no te jodan. ¿Qué pasa con The Who?

CV: Es mi banda favorita. Es muy difícil no rendirse a los pies de una banda que tiene al que es, para mí, el mejor guitarrista de la historia (bueno, después de Hendrix), que es Pete Townshend; al mejor bajista de la historia, sin duda, que es the Ox; el mejor baterista de la historia, que es Keith Moon, y un cantante que a mí me parece bastante competente, como es Roger Daltrey (no sé si escuchaste su último disco de solista muy, pero muy bueno, As Long as I Have You, de 2018).

Es difícil no rendirse a eso, a las canciones, a esas obras maestras como Quadrophenia. Ha habido temporadas muy largas de mi vida en las que cada mañana, al despertar, lo primero que hago, después de salir de la cama, es darle play a Quadrophenia y escucharlo de manera obsesiva.

En general a mí la música de los Who me sacude muy cabrón. Entwistle es el mejor bajista que yo he escuchado nunca. Y cuando se dio la posibilidad de hacer este libro lo primero que pensamos fue en rendir un homenaje a los Who porque también a mi editor le gusta mucho. Entonces decidimos poner a Townshend en la portada, en esta foto que a mí me gusta mucho porque es más punketa, con un corte de pelo de Townshend más punketo, una foto más ochentera que obedece a una etapa donde ya no estaba Keith Moon pero que fue cuando hicieron una de mis rolas favoritas, “Eminence Front”.

AR: En una parte del libro dices que el rock le ha salvado la vida a millones de desamparados que en la música han logrado encontrar consuelo para su alma. ¿De dónde sale este rasgo que le atribuyes al rock? ¿A ti cómo te salvó?

CV: Una discusión que he tenido últimamente se debe al auge que existe por el reguetón y otras músicas. Alguien me decía que el reguetón es el nuevo punk y no sé qué. Está bien, no me parece mal, y tampoco es mi trabajo estar rebatiendo ese tipo de cosas.

Pero yo preguntaba: no he visto que haya alguien que siga a Bad Bunny como este tipo que refiero en el libro anda siguiendo a Roger Waters por todo el mundo. Eso es algo que no se consigue fácilmente nada más por la música.

El rock produce ciertas sensaciones que ninguna otra cosa es capaz de despertar. ¿En qué consiste esa magia? Eso sí no lo puedo responder. No lo sé, pero sí es muy identificable que exista esa magia y que solamente te la puede proveer el rock.

Así como aquella persona sigue a Roger Waters hay otra gente que sigue a otros grupos, pero te aseguro (aunque me puedo equivocar) que no hay nadie (y que incluso no va a llegar el día) que alguna persona de 40 años esté persiguiendo a Bad Bunny por el mundo.

Yo nací en un contexto bastante desafortunado: en un barrio pobre, una familia medianamente ignorante, y el rock me proveyó, primero, de una experiencia estética y, después, intelectual.

Aparte, me salvó de horas y horas de aburrimiento pues, al no tener nada qué hacer, el rock se convirtió como en una especie de práctica, de disciplina porque se convirtió en una suerte de ocupación. Creo que es una de las mejores que me pudo haber tocado.

Simple y sencillamente, para yo poder escribir, trabajar, bañarme o hacer lo que sea, siempre tiene que estar sonando música de fondo.

 

Playlist de Carlos Velázquez en Spotify para Mantén la música maldita

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