Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Mentiras de colores

Entre los recuerdos que todos conservamosde nosotros mismos,
hay algunos que sólo se los contamos a nuestros amigos.
Otros, ni siquiera a nuestros amigos se los queremos confesar
y los guardamos para nosotros mismos bajo el sello del secreto.
Y existen, en fin, cosas que el hombre no quiere
confesarse ni siquiera a sí mismo.
En el curso de su existencia todo hombre honrado
ha acumulado gran cantidad de estos recuerdos.

Fiodor Dostoievski

 

No es posible vivir sin mentiras. Las contamos para protegernos, para seducir, para variar, para ganar o para salir del paso.

Leonor recuerda las mentiras amorosas, esas hipérboles que son evidente falsedad: te quiero hasta la luna; contigo conocí el amor; sin ti no vivo

Son fáciles de creer, las potencia el ego, el deseo, el pacto de confianza que se establece entre los amantes. Leonor revisaba muchas cosas de su propia vida y pensó que inspeccionar el closet de las mentiras que acepta y profiere, que descifra y que ignora, era poner orden indispensable. Así que, siguiendo el método Mary Kondo, sacó del armario todas las prendas y las echó sobre la cama sin miramiento ni distinción.

Volaron al unísono piezas de todos tamaños y colores hasta que todo quedó expuesto. Recordó haber leído alguna vez que la mentira tiene sus colores, que van del blanco al negro hasta llegar a la tela invisible con la que el emperador se hizo el último traje, aquel que lo expuso desnudo ante sus súbditos.

Esas mentiras transparentes son perceptibles por el ojo ajeno e inadvertidas por el propio. Son hallazgos que escinden y confrontan, sorpresas que descubren fantasmas que habitan la propia casa.

Somos historia andante. En aras de construir la escena que sigue, rescatamos al protagonista a partir de diversas estrategias que articulan la “versión”, que ensamblan las palabras que proferimos y las que guardamos en intimidad.

¿Somos héroes o villanos? ¿Agentes o pacientes? Al contar tenemos el poder, somos la lente que privilegia al objetivo. Leonor sabe que es momento de clasificar, irá del blanco al invisible, entre lo totalmente inconscientes, lo parcialmente conscientes, aquellas mentiras ventajosas que contó cínicamente. Busca llegar al corazón de lo dolorosamente inconfesable.

Fue fácil doblar y apilar lo blanco: todas esas frases de bondad, palabras amables de reconocimiento: “Te quedó delicioso” “Muy bien, gracias” “No pasa nada, no te preocupes” “A mí no me importa”.

Fue aquí donde, del blanco al crema, al beige, el tema se fue volviendo complejo, se acordó de todas las veces que se calló la incomodidad por estrategia de seducción, por parecer tan amable y relajada. Comenzaron a aparecer los alfileres de las pequeñas traiciones a sí misma, la vez que pasó por alto los miles de detalles merecidos, los regalos o ceremonias ignorados; las atenciones omitidas por su pareja y familiares. Ante ellas sonrió sin despeinarse y guardó la desazón para paladearla sola. Lo que no calculó es que se haría añeja y se juntaría con otros ácidos que regurgitaba ocasional, pero cíclicamente.

Sin advertirlo llegó a los grises, sentencias ventajosas que se visten de altruismo, de martirio o chantaje, como cuando le dijo a Arnulfo que le había sido infiel por haberse casado tan joven o porque se sentía deprimida, pero realmente era para seducirlo mejor. O cuando le contó a Roberto que lo llevaría a su reunión de excompañeros para no dejarlo solo, pero reamente quería disipar sus celos. Cuando le prestó dinero a Maricela “desinteresadamente”, previendo con ello abrir una línea de crédito. Dobló también la docena de falsos “cuentas conmigo” que usó de picaporte.

Aunque las tonalidades no se asemejan, del gris al rojo se deslizan fácilmente. Aquí encajan las mentiras amorosas que afianzan relaciones, que prometen finales felices, vidas eternas. ¿Cuántas veces dijo “eres tú” y se equivocó? ¿Cuántas de ellas fueron intencionales y cuántas no? Algunas, tal vez, se decoloraron con el tiempo. Recuerda las veces que negó una pasión por conservación, que ocultó un delito para evitar el castigo. A medida que avanzaba, el rojo se trasladaba a sus mejillas.

Toma entre sus manos la primera de las negras: su cara arde por completo. Recuerda los hurtos en centros comerciales, aquellos vestidos que usaba para presumir y robaba con la coartada embustera de que en casa no había dinero suficiente. Las mil veces que fingió inocencia para hacer sentir al otro un truhan. Las palmas comenzaron a tiznarse cuando tomó las frases con las que inculpó a su madre, o con las que se defendió ante sus hijas.

Fotografía: Shutterstock

En tono azul están las veces que quiso establecer una constante. ¿Se le subieron las copas ayer? No señor, yo no bebo. Una verdad parcial que determina al personaje, pero cuya admisión lo compromete, una excepción que derriba el edificio de credibilidad. Afirmaciones como “jamás he pagado una mordida” o “soy incapaz de hablar mal de ti”.

Estas generalidades parecen inocuas, piezas que apuntalan la personalidad, pero es acá donde comienza a contaminarse la verdad que advertimos con la que inventamos. Aquí nacen las tramas subterráneas que ocasionan sismos en la historia y nos llevan por desenlaces sorpresivos.

Las cosas que las personas nos ocultamos a nosotros mismos son mentiras incoloras, son invisibles para quienes las pronuncian. Leonor las busca afanosa, pero como se puede advertir, los tejidos invisibles son difíciles de hallar, se esconden ágiles entre las demás prendas de colores, son impostoras que echan mano del camuflaje, como las veces que se ha contado que ella puede sola y la circunstancia le devuelve un karatazo.

Los hilos de estas mentiras son el miedo y el encaje antiguo de los sucesos de la infancia. Leonor quiere encontrar el hilito que la lleve a la madeja, claro que es temerosa de que, al jalar, otros tejidos se vengan abajo. Leonor no para de llorar, es una niña que teme a la oscuridad, sólo ahí se percibe lo invisible. Recuerda otra frase de Dostoievski, de Los hermanos Karamazov: “El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir la verdad dentro de él y por tanto pierde todo respeto por sí mismo y por los demás. Y al perder todo respeto, deja de amar”.

Amar es lo suyo, piensa y siente que necesita valor para dejar de exigir verdades a otros y enfrentarse a las propias.

Apaga la luz.

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