Cinque Terre

Nicolás Alvarado

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Periodista

Meet el presidente

César. Cuauhtémoc. Napoleón. El monónimo es de emperadores. De quienes no necesitan establecer pertenencia a familia o terruño para identificarse. De quienes se asumen más allá de la mera categoría de ciudadanos, allende la institución familiar o burguesa. Pueden conceder a la historiografía la yuxtaposición de un numeral para hacer de ellos Luis XIV o XV o XVI. Puede la pompa religiosa trocárselos por los aparejos de la santidad –en vida, San Luis fue Luis XI– pero su nombre será siempre uno solo –Luis–, para mejor erigirlos en figura icónica, en mito transhumano.

Valentino. Garbo. Marlene. O Dietrich. Pero rara vez el redundante Marlene Dietrich. Agigantados por la pantalla –e incluso enmarcados por el proscenio: Bernhardt, Duse, Barrymore, Caruso, Callas, Tebaldi–, devinieron mitos (estrellas les llaman) los actores, los cantantes, los intérpretes todos. Stokowski, Karajan, Dudamel. O Elvis.

En el pop, el monónimo se hizo deliberado: Cher, Sting, Madonna, Rihanna. Cherilyn acortó su nombre de pila, las señoras Ciconne y Fenty prescindieron del apellido, Gordon Sumner hizo de su apodo nombre para alcanzar el estatuto icónico. Cierto es que parte de la lección la aprendieron de sus pares del teatro, el cine o la música culta pero que también algo abrevaron del camino que les llevaban andado los políticos: Vladimir Ulyanov mutó en Lenin tras una convulsa historia de huidas clandestinas y pasaportes prestados. Pero Iósif Dzhugashvili se decidió Stalin para autoproclamarse hombre de acero. Así Churchill. O Hitler. O, a riesgo de confusión con un homónimo, FDR para distinguir al demócrata Franklin del republicano Theodore Roosevelt. A partir de él, siglas como JFK en su propio país, CDG en Francia y, en México, una lista que cuando menos se remonta a LEA y culmina en CSG.

La costumbre habría de encontrar arraigo en el nacionalismo revolucionario y acaso por ello haya sido suspendida en las campañas presidenciales de Luis Donaldo Colosio y Ernesto Zedillo, quienes habrían de observar la convención monónima pero sólo con su apellido. Lo mismo Fox, envalentonado no sólo por su talante sino por la serendipia de que su apellido contuviera sólo tres letras, y una de ellas fuera una vistosa equis que llamaba a cruzar la boleta. Igual Calderón. Y distinto Peña Nieto –el menos icónico de los presidentes imaginables– cuya campaña optara por consignar sus dos apellidos.

Con el actual, volvieron las siglas, enarboladas como monónimo desde su comunicación de campaña (o campañas: a eso ha dedicado buena parte de su vida política). Conviene al personaje. Lo coloca de plano y de lleno en el terreno de la lid política: lo que más le interesa y donde se siente más cómodo. Las masas lo aclaman –o los ciudadanos le reclaman– pero siempre por sus siglas. E incluso su círculo cercano –incluidos los secretarios de su gabinete– se refiere a él siempre –hasta en tercera persona– por un monónimo, aunque otro: su nombre de pila. ¿Hay que ver en ello talante igualitario? Difícilmente cuando los reprende en transmisión nacional omnímoda, se niega a que cualquiera gane más que él –quién podría alcanzar al Sol–, los priva paralegalmente (y metaconstitucionalmente) de aguinaldo, redistribuye sus funciones o los hace comparsas de sus propios subsecretarios. Cabrá leer entonces afán icónico: un monónimo para el pueblo –el fraseo es suyo–, otro para los subalternos pero siempre un apelativo icónico. Otros pudieron ser El Presidente, como me tocó ver denominar a su jefe a decenas de colaboradores de De la Madrid, Salinas, Fox, Calderón y Peña. Él no. Él es Él.

Pero resulta que es presidente de la República. El presidente. No una estrella sino una función. No un icono sino una investidura. No un candidato sino un funcionario. No El Poder sino apenas el jefe –con bajas– de un Poder de la Unión. Bien haríamos quienes creemos en su ejercicio democrático y constitucional en referirnos a él así: el presidente.

De entrada, para recordárselo.

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