Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Más espacio al autoritarismo

La respuesta que el presidente y sus simpatizantes dieron al desplegado En defensa de la libertad de expresión que firmamos 650 mexicanos es más peligrosa de lo que parece. Primero el presidente dijo que no sabía por qué la queja, que ignoraba “cómo se les afecta” si el desplegado “salió en todos los periódicos”, prueba inequívoca de que la libertad de expresión está más sana que nunca. Luego sus simpatizantes, de mano del propagandista El Fisgón, recabaron firmas en una respuesta titulada Contra los privatizadores de la palabra donde se acusa a los firmantes del desplegado de exagerar, pues desde que inició este gobierno “nadie ha sido presionado al silencio por el Ejecutivo Federal, ningún informador u opinador ha sido hostigado, despedido, detenido, procesado, torturado, desaparecido o asesinado por consigna de la Presidencia.”

Fíjense nada más. Ahora resulta que tendríamos que ver esas atrocidades para poder advertir el semblante autoritario. Habría que ver persecuciones y detenciones de periodistas –peor aún, asesinatos y tortura por consigna presidencial– para poder emitir una advertencia. Porque, en efecto, cualquier ingenuo concedería el sofisma al régimen al constatar que México no es Bielorrusia o Arabia Saudí. Habría entonces que llegar hasta ahí, habría que ver represión sanguinaria y exilio, para poder asustarse.

La trampa en realidad tiene dos objetivos conexos. Primero, hacer pasar lo que ya ocurre como algo normal y ajeno al “verdadero autoritarismo”: volver admisible el uso cotidiano del templete presidencial para enjuiciar sumariamente a críticos y comunicadores; quitarle el aura autoritaria a la intimidación, a la difamación y a la calumnia; autorizar los linchamientos digitales y la cultura de la cancelación; anular la gravedad de equiparar a periodistas críticos con “enemigos del Pueblo” en uno de los países más peligrosos para el periodismo y encima en tiempos de demagogia.

Y segundo, lo más grave, es abrirle un poquito más de espacio al autoritarismo, darle un poquito más de cancha. Si el régimen es quien define qué constituye una amenaza a la libertad de expresión y qué no (irónica señal de su pulsión autoritaria) deja muy claro que hasta no ver “hostigados, despedidos, detenidos, procesados, torturados, desaparecidos o asesinados por consigna de la Presidencia” no hay nada que temer, y que cualquier ejercicio hasta entonces, es perfectamente válido.

Sobra decir que así es precisamente como avanzan los autoritarismos. La técnica se conoce como gaslighting (hacer luz de gas) y consiste en “hacer dudar a la víctima de su memoria, de su percepción o de su cordura” (Wikipedia). Su intención no es sólo desacreditar el testimonio de la víctima ante el público sino ante sí mismo, de modo que desconfíe de su propio juicio. Así, la emplean los regímenes autoritarios para desacreditar las tempranas alarmas de vigilantes, de ahí que se utilice en las etapas iniciales, pues una vez establecidos los márgenes de lo permisible a favor del régimen, y desarticulados ya los veladores, el autoritarismo tiene rienda suelta.

Sin embargo, es probable que nada de eso ocurra. El autoritarismo a la mexicana siempre ha sido light, en parte por la ingobernabilidad que garantiza el territorio, y en parte por nuestra propensión a la colaboración voluntaria. En palabras del maestro Miguel Ángel Granados Chapa, siempre se ha tratado de una “censura ambiental”, donde los gobernantes establecen las líneas de lo permitido, premian o castigan a los medios con prebendas o miedo, y ahí se van moviendo juntos autoridades y súbditos en una larga danza de connivencia. Esperar un despotismo carnicero de López Obrador es tan descabellado, que justamente le conviene al régimen como contraargumento. No se verán campos de concentración, pero sí tal vez el regreso de aquella hegemonía perfecta que durante décadas pasó desapercibida justamente porque no mostraba las peores caras del autoritarismo. Por eso el desplegado advertía: “esto tiene que parar.”

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