Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Martes con mi querido profesor

“A medida que creces, aprendes más. El envejecimiento no es solo descomposición … es crecimiento. Trasciende lo negativo de morir, también es lo positivo de comprender que vas a morir y que gracias a ello debes vivir una vida mejor “.

                                              Mitch Albom

Morrie era un profesor alegre, amado por sus alumnos y amante de su profesión, un día se percata que está enfermo y va a morir; ante el escenario decide hacer lo que mejor sabe: observar y aprender sobre su proceso rumbo a la desaparición, compartiendo la experiencia con un alumno y su familia. Sus rutinas cotidianas incluyen permitirse llorar su muerte cada mañana, no más de una hora dado que la vida sale con el sol y hay que vivirla; de forma periódica come helados y todo manjar que le apetece, también celebra alegres funerales a su persona y cada martes conversa con un ex alumno sobre la vida y la muerte.

A grandes rasgos este es el argumento del libro Martes con mi querido Profesor y cuando Marco Levario Turcott me dijo que debo formalizar mis entregas, le pregunté día y frecuencia, a lo que respondió “Cada Martes”. No pude más que pensar en este libro que quiero tanto y titular a esta entrega de ese modo. Mis razones son muchas y en esta ocasión inauguro una nueva etapa de mi entrañable relación con etcétera explicando mis intenciones para este espacio.

“Jeanne la Rousse”, de Jules Joseph Lefebvre

El mapa de mis intenciones tiene inevitablemente como coordenadas mis muy subjetivos intereses. En el centro de la plaza como si fuera el quiosco, se encuentra todo lo relativo a la máquina creadora de historias, es decir nuestra mente. Mi obsesión hace que casi todo lo relacione con ello, y por eso, creo firmemente que los destinos humanos se ven favorecidos o perjudicados, en esencia, por la calidad de las historias íntimas y colectivas que la mente articula. Tal vez por ello frente al quiosco, situaría la catedral de la verdad, monumento a la certeza de saber que no es de esta Tierra, pero buscar su proximidad nos obliga a constantes visitas, misas y oraciones, para pedir se nos revele y no abandonar su búsqueda. Con ello sólo quiero apuntar que el tema de la ficción versus verdad, de los sesgos cognitivos, de la sugestión, las fake news y post verdades, son temas que me animan. Sé cómo cae la gravedad, que no todo es historia, hay verdades ineludibles como los más de 50 mil muertos por coronavirus en nuestro país. El dolor es el límite de cualquier historia, nos dice Yuval Noah Harari, he aprendido a repetirlo como mantra.

En la acera de enfrente se encuentra la universidad de mi pueblo, por ello Morrie es uno de mis personajes de ficción favorito, hago honor a mi apasionada profesión. Mucho de cuanto escribo tiene que ver con la educación, la tecnología educativa y su incierto destino.

Como toda comarca decente, tengo interés por la vida política, expreso mis convicción, fobias e ilusiones en mucho de lo que escribo; no pararé de insistir que el cliché de que no hay que discutir ni de política ni de religión, es un freno de mano en despropósito que no nos permite desarrollar uno de los papeles sociales más importantes: el de ciudadanos. En todo caso debemos aprender a dialogar cortésmente sobre esas dos pasiones de toque que modelan gran parte de la historia que somos ¿En qué creemos? ¿Por quién votamos? Direcciones claras del puerto que llamamos futuro compartido.

Por la avenida principal del mapa de todo cuanto escribo, hay un cementerio, un salón de fiestas y el monumento a una cama matrimonial (tal vez podemos imaginar a John y a Yoko ahí, a los padres primigenios o a nosotros mismos como protagonistas con la pareja de nuestro antojo) esto para decir que no soy nada original, que como hija de mi especie me apasionan los temas que conciernen a la muerte, la vida, su algarabía y, desde luego, el sexos y sus pasiones. Todo mi pueblo está interconectado por pantallas, cámaras y celulares, redes sociales, es decir medios de comunicación que dibujan la historia más compleja de todas, que tiene como protagonista a la colectividad, al ser de mil cabezas que somos cuando estamos juntos.

Como maestra he aprendido que la única forma de aprender es el intercambio dialógico sin superioridades, sin temor a la vergüenza de arriesgar la palabra que a momentos es torpe, así que en estos textos no pretendo más que, como dijera Montaigne, ensayar mis precarios pensamientos en busca de enlazarlos con los de los demás para lograr con ello el prodigio de no estar tan solos y atrevernos, en nuestra pequeñez, a mirar más allá de las estrellas.

Si en la comarca de mis intereses situé a la entrada la estatua de un personaje de ficción, me gustaría cerrar con una plaza dedicada a una mujer real, la filósofa Hannah Arendt. Con ello confieso que me interesan los temas de género, la importancia de la equidad, pero aún más allá, Hannah establece el concepto de la banalidad del mal, un tema que me parece indispensable para contar la historia de lo que somos y seremos.

Muchos científicos explican que si hemos logrado ser los “amos de la Tierra” no es porque seamos más listos que otras especies, sino porque somos capaces de conformar sistemas de pensamiento, convertirnos en la inteligente colmena que une a sus sujetos para crear eso que llamamos la inteligencia colectiva. Esa capacidad de ensamble que nos posibilita interactuar en sistemas, como toda virtud, posee su maldición. Nos lleva, en mi opinión, a obedecer reglas sin reflexión, en aquello que se llama efecto de conformidad.

Hanna se percató de que la mayoría de los individuos obedecen las reglas impuestas por una figura de autoridad dentro de un sistema, lo que les conduce a actuar justificando su proceder a partir del cumplimiento de las órdenes. Así que un sistema en el que imperan reglas que ignoran el dolor humano, es un lugar del mal, y esa maldad (la más frecuente, pienso) nos dice Arendt, la cometemos los seres humanos “normales”, no obedece a una patología, sino a la pura y llana subordinación sin reflexión.

Escribo en medio de esos sesgos, intereses y prejuicios; escribo en medio de una pandemia, coordenada histórica ineludible; escribo entre palmeras y con vista al mar; escribo abiertamente enojada en un país muy triste, inmerso en el hambre, la enfermedad y la muerte. Escribo indignada contra un gobierno que practica la banalidad del mal, y el endiosamiento de un solo hombre.

Escribo para contar mi historia aquí y ahora, para celebrar la vida y aprender a amarla con todo y su muerte.

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