Cinque Terre

Luis Antonio García Chávez

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¿Maquillaje o transformación nacional? La alianza PRIMOR

Cuando era niño, como muchos (tal vez la mayoría de mi generación), veía caricaturas. Había dos que particularmente, a pesar de mi corta edad, llamaban mi atención, a saber: Superman y He-Man. Mientras que otros héroes como el Spider-Man o Batman usaban máscaras para ocultar su verdadera identidad, a Clark Kent le bastaba con quitarse los lentes y cambiarse la ropa y, pum, nadie lo reconocía. En el caso del Príncipe Adam, sacaba una espada, pronunciaba unas palabras mágicas y cambiaba su atuendo y su piel se ponía un poco más morena pero, igual era exactamente el mismo rostro, los mismos trazos, y ya nadie sabía quién era.

Eso que de niño me parecía falto de lógica hoy me parece aún más escandaloso cuando se ve en la vida cotidiana.

Si nos atenemos a las encuestas, con mayor o menor medida, el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador, encabeza, a menos de un mes de las elecciones, las preferencias por mayor o menor margen. Parece que, al menos hasta el momento, dieciocho años de campaña ininterrumpida y miles de millones de pesos en la promoción unipersonal de su imagen le han rendido frutos.

Pero más allá del tiempo y el dinero, a Andrés le ha dado éxito una idea que ha tratado de posicionar con fuerza: la del cambio. Generó desde hace ya mucho tiempo y con un tesón que hay que reconocerle, la concepción en el imaginario colectivo de la existencia del PRIAN, y posteriormente la “mafia del poder” como un bloque único y homogéneo que era el responsable de la tragedia nacional, que impedía el desarrollo a todos los demás y que era el único beneficiario de la gran riqueza y grandeza de nuestra patria.

Este discurso fue prendiendo en la visión de millones de mexicanos, pues vivimos en una sociedad donde la mayor parte de la riqueza se concentra en un porcentaje ínfimo de la población, mientras la inmensa mayoría vive carente de los elementos más básicos para una vida digna. Así, resultaba fácil vender la idea de que “ellos”, los que todo lo tienen, trabajaban juntos para destruir los sueños e ilusiones de “nosotros” y en ese nosotros se incluía Andrés.

Pocos se han puesto a reflexionar en lo claro que resulta que Andrés no se puede poner aparte de esa clase política, de la que ha sido miembro y beneficiario. Ha vivido toda su vida dentro del sistema y al menos los últimos treinta años en la cúspide del mismo. Proclamarse como candidato antisistema es una mala broma, pero tenemos un país de corta memoria.

Por ejemplo en Nuevo León, el símbolo de los candidatos independientes, quien por cierto viola la ley en cada oportunidad, Jaime Rodríguez Calderón, el “Bronco”, rechazó el “sistema de partidos” después de al menos tres décadas de ser parte de la cúpula del PRI en su estado, y beneficiario por parte de dicho partido de diferentes cargos de elección popular. De un plumazo, como cuando Clark Kent se quita los lentes, el Bronco se quitó la playera del PRI y dice que todo es culpa de los partidos. Todo esto ocurre mientras el respetable aplaude a raudales.

Andrés se dice antisistema, aunque fue beneficiario del PRI en la primera etapa de su vida y no rompió con el partido de Estado en el sisma democrático que sacudió a la nación con el FDN en 1988. En aquella elección del 6 de julio, Andrés todavía era priista y, como tal, seguramente operó y votó por Carlos Salinas de Gortari, después convertido en su villano favorito. La ruptura, como suele pasar con Andrés, vino al no recibir en contraprestación por sus servicios la candidatura a Gobernador de Tabasco, misma que sí le ofreció el FDN y, unas semanas después de la elección de Salinas, Andrés “se da cuenta” que el PRI no representa los intereses populares (o los de él) y migra de partido, no por convicciones personales, sino por la búsqueda de una aspiración personal, como ha sido su vida. El candidato que dice que no lo mueven ambiciones vulgares y que, sin embargo, cada momento definitorio en su carrera política no ha estado marcado por planteamientos ideológicos o programáticos, sino por la búsqueda de espacios de poder para su persona.

Sin embargo, decía unas líneas más arriba, Andrés construyó un discurso de “ellos” contra “nosotros”, que logró posicionar como parte fundamental de su crecimiento.

Un sector importante de la gente, defraudada por malas decisiones de la clase política, por el incremento de una corrupción rampante en todos los partidos, por la ausencia de oportunidades generalizadas de desarrollo, por un país con pírrico crecimiento económico a lo largo de más de tres décadas, se incorporó masivamente al nosotros y comenzó a gritar “es un honor, estar con Obrador”.

Pero Andrés, pragmático como pocos y gran operador electoral, se dio cuenta que el “nosotros” le resultaba insuficiente para conseguir su objetivo: dos derrotas electorales daban prueba de ello, y empezó a incorporar al “ellos” a su nuevo proyecto.

Sabedor que en Morena la democracia es sólo una palabra decorativa que significa unanimidad en torno al líder comenzó a sumar poco a poco a la mayor cantidad de “ellos”, de esos que eran “la mafia del poder”, de los que criticaba y acusaba con el dedo flamígero, a su proyecto, porque el “nosotros” se convirtió en “él”, así surgen las autocracias.

Pero más aún, no los incorporó como una suma al proyecto, sino como capitanes de su nuevo ejército electoral. Les “quitó los lentes”, les puso una playera guinda que dice Morena y atrás quedaron pasados y afrentas. Está logrando lo que para cualquier persona con sentido común parecería imposible, qué con el simple cambio de playera la gente vote por los que los han gobernado, y que en el discursos son sus adversarios, para esperar que las cosas se transformen. ¡Votar por los mismos para cambiar de rumbo!

Resulta increíble y sólo se entiende en una nación con una paupérrima cultura democrática y vocación ciudadana. En prácticamente la totalidad de los estados de la República la mayoría de los candidatos de Morena tienen muy poco tiempo que estaban en las filas del PRI, el PAN o el PRD.

Al fin, Andrés Manuel invocó su demonio y logró que se materializara, hoy sí podría hablar de la existencia del PRIANRD al que tanto le gusta invocar a sus bases. Ese PRIANRD se llama Morena y opera unánime bajo su batuta.

Mientras esto ocurría, México padeció quizá la generación de políticos más corruptos de su historia. O tal vez la transparencia antes inexistente nos hizo posible apreciar lo que antes sólo intuíamos. Los gobernadores, principalmente priistas, saquearon sus estados con descaro delante de todo el mundo.

En paralelo también, la pluralidad democrática llevó a la construcción de una coalición electoral sui géneris entre los que antes eran adversarios. En diferentes estados, precisamente la necesidad de poner fin a la voracidad de los gobiernos del saqueo, comenzaron a existir alianzas entre el PAN y PRD, que hoy suman en lo federal a MC y que tuvieron importantes éxitos electorales. Ante el disgusto de la gente por la corrupción, los gobiernos emanados de estas coaliciones propusieron un alto a la impunidad y, con dificultades, han ido cumpliendo su promesa metiendo en la cárcel a muchos de los responsables de dichos delitos.

Así llegó el proceso electoral actual. El gobierno de Peña Nieto completamente desprestigiado sabía (y sabe) que tenía ante sí la imposibilidad de ganar, pero podía tratar de influir en quien debería ser su relevo. Andrés, estupendo lector de escenarios, pronunció aquel primer discurso en Acapulco, ante empresarios, donde sin pudor habló de amnistía a políticos corruptos, ofreció el perdón como si la República y su justicia le pertenecieran al caudillo.

Dio señales. Incorporó a su primer círculo a dos personeros del sistema. Dos amigos de los que antes eran “ellos”, “la mafia” para que pudieran dar tranquilidad al bloque dominante de que con él llegaría el “cambio” para seguir igual. Alfonso Romo y Esteban Moctezuma fueron las primeras muestras claras de su nuevo pacto con el statu quo.

Poco a poco, recorriendo el país, Andrés fue sumando actores representativos de esa otrora mafia. No importaba si para lograrlo tenía que relegar a los fundadores de su partido, esos han demostrado una tolerancia al maltrato a toda prueba, no en balde les llamó incluso solovinos. Cada nuevo acercamiento de Andrés se transformaba en mayor confianza de un sector del poder político establecido.

Así, Peña Nieto y su administración se vieron en la disyuntiva, al considerarse imposibilitados para ganar, de tratar de inclinar la balanza por el Frente, que proponía acabar con el pacto de impunidad y que, en la vía de los hechos, había metido ya presos a muchos de sus ex gobernadores, o apoyar a Andrés, el candidato “antisistema” nacido y crecido en el sistema, que ofrecía amnistía y los apoyaba en temas trascendentales como el fiscal carnal, el fiscal anticorrupción, etc.

Por cuestiones de espacio obviaré las decenas de ejemplos que existen al respecto y me iré a los tres más recientes, altamente representativos.

Primero Yeidckol Polevnsky afirmando que Alejandro Gutiérrez es un preso político. Gutiérrez es operador cercanísimo de Manlio Fabio Beltrones y actualmente preso, acusado de ser responsable del desvío de cientos de millones de pesos de gobiernos estatales a las campañas del PRI. La respuesta inmediata fue un tweet que muestra una foto de Yeidckol con Canek Vázquez, otro de los hombres más cercanos a Manlio y en donde éste afirma que López Obrador Ganará.

Yeidckol también desviviéndose en elogios a Raúl Cervantes, quien Peña quería como fiscal y que la sociedad civil y el frente frenaron en su nombramiento.

Finalmente, hace unos días, Andrés diciendo, textualmente, que apoyará a Peña Nieto hasta el último minuto de su sexenio. La señal directa del jefe máximo de Morena, sin posibilidad de mala interpretación o deslinde.

Hemos visto en últimos meses a la PGR atacar, sin elementos pero con furia mediática a Ricardo Anaya, con la inmensa mayoría de los medios de comunicación respaldando el ataque aún sabedores de la ausencia de pruebas. Este tipo de cosas se operan desde el poder.

Hemos visto también a los medios y al gobierno actuar sumamente complacientes con AMLO, dándole prácticamente un trato de jefe de Estado y con entrevistas tan generosas y a modo que harían ruborizar a Jacobo Zabludovsky.

Así, en la elección en México que está marcada por una ferviente necesidad de cambio por la ciudadanía, la gente tiene ante sí, y a un mes de distancia, la opción de elegir el maquillaje del sistema o un cambio sustancial que, hoy, claramente, representa Anaya. No es casual el apapacho constante desde el poder político y mediático a Morena y su candidato.

El pacto PRIMOR está a la vista de todo aquel que quiera abrir los ojos. Las encuestas dicen que el ataque de Estado contra Anaya y la unión de ese mazacote que hoy es Morena, amorfo y sin mayor elemento de identidad que la búsqueda del poder, sumado ya también al gobierno federal, es imparable.

La vida ha demostrado que las encuestas fallan y fallan de maneras estrepitosas. Más en México donde son más aparatos de propaganda que instrumentos de medición científica.

La vida ha demostrado también que la voluntad ciudadana se puede interponer a los acuerdos cupulares. El tiempo dirá que ocurre. ¿Cambio o maquillaje? El primero de julio lo sabremos.

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