Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Mano alzada

Las mujeres son mucho mejores que los hombres en la sensibilidad táctil, pero posiblemente solo porque tienen manos más pequeñas y, por lo tanto, una red de sensores más densa. Una cosa interesante sobre el tacto es que el cerebro no sólo te dice cómo se siente algo, sino cómo debe sentirse. Es por eso por lo que la caricia de un amante se siente maravillosa, pero el mismo toque de un extraño se sentiría espeluznante u horrible. También es la razón por la que es tan difícil hacerse cosquillas.
Byll Bryson

De la palma de una mano sale una línea, esa que llaman línea de la vida; corre por la acera y baja por un semáforo. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por las baldosas, remonta el muro, sube por la pared que dibuja un grafiti político: “Me gusta cuando votas porque estás como ausente”, dibuja cada letra y por fin sube un edificio y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle de nuevo. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina. Allí baja por la pierna desnuda, se atora un poco con sus vellos pero logra deslizarse y brinca hasta la rampa y repta y zigzaguea hasta una avenida que la lleva a una sección electoral y allí (pero es difícil verla, solo las ratas la siguen) salva con dificultad las pisadas nerviosas de los votantes formados pero logra entrar a una casilla contigua. Sube por la pata de la mesa y escala lenta hasta la lista nominal, busca por el orden alfabético, el apellido preciso y brinca por la falda de una mujer preocupada con la mirada concentrada en la boleta, escucha la sirena de las patrullas, remonta por la costura, por la blusa de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la caña de una bolígrafo.

Se llegó a la elección en tiempos de pandemia, el año 2021 y por primera vez las filas para votar se presentan con humanos resguardados tras una máscara, medio rostro cubierto como mujeres árabes. La imagen se normalizó, la sensación también, aunque, acá en Guerrero, y en toda zona de calor, es difícil olvidarlo, la cara se llena de sudor y se recurre a la ventilación súbita cuando nadie mira. Hay cosas que celebrar aunque a algunos les de por llorar. Parecen olvidar que nos ha sido complicado ser democráticos, reconocer los evidentes errores del pasado, las disparidades sociales. Todo aquello que logró que el impostor llegara al poder. Lo mismo que lo hará perder todo apoyo: la falta de inclusión y consciencia sobre el complejo rostro plural de nuestro país. Por lo pronto más manos de las esperadas salieron a empuñar esa pluma o crayón.

La participación ciudadana durante la más reciente jornada electoral superó las expectativas de su antecesora, intermedia realizada en la Ciudad de México durante 2015 cuando se registraron 47.72 por ciento de electores en las calles, mientras que el porcentaje de abstención fue del 52.28 por ciento.

A través del Instituto Nacional Electoral, se dio a conocer que del 51.7% al 52.5% de los ciudadanos registrados en el padrón electoral acudieron a las intermedias realizadas el 6 de junio¹.

La mano es sagrada en muchas culturas con sus posibilidades bélicas y sus alcances tiernos de protección. Entre los aztecas en los sacrificios a Xipe Totec el sacerdote al vestirse con la piel de las víctimas desolladas, no podía ensartar los dedos, la piel de los muertos era cortada por los puños y de la manga sangrienta salía la propia mano del sacerdote. No se puede ser un impostor de cuerpo entero, no se puede hablar sinceramente sin usar las manos.

El desfile de pulgares entintados en redes sociales fue una celebración ciudadana única, una salida masiva después de año y medio de encierro. La mano y el brazo, dos protagonistas corporales de mis últimas semanas. En el brazo recibí por fin la dosis completa de la vacuna contra el Covid.

La mano es quizás la más socorrida metonimia del ser humano. Símbolo de actividad, potencia y dominio, justicia. En Cábala la mano izquierda de dios es justicia, la derecha misericordia. Y sabemos perfecto que estas lateralidades se traducen en ideología de la mano de la política. La mano abierta es confianza, mientras cerrada es disimuló y secreto. Nos tomamos de la mano cuando hacemos equipo; o nos dejan de la mano cuando nos abandonan; estar con una mano atrás y otra delante es signo de precariedad; nos frotamos las manos con alevosía o con frío; muchas otras circunstancias, a momentos, nos las atan; 
besamos la mano en signo de respeto o admiración, incluso de anacrónica galantería; nos las damos, sin rencor, después de un desacuerdo; sin ánimo alguno otras veces nos quedamos con las manos cruzadas; pero si un amigo nos necesita, le echamos la mano. Tengo buena mano con las plantas, en eso me echo un mano a mano con la vecina. Alguna vez pidieron mi mano y de tonta me entregué completa. Así permití que me metieran mano y otras tantas evité que me pusieran una sola mano encima, sin llegar al juego de manos porque es de vilanos. Claro que cambié de manos, y aunque a veces me quedé con las manos vacías, siempre traigo algo entre manos. Así de ingeniosa es la mano que mece la cuna.

Las manos hablan y las manos crean, las manos piensan porque pueden anticipar una sensación, una textura. Son capaces de reaccionar con aversión ante lo desconocido. Supongo que la primera mano que tomé en la vida fue la de mi madre, así como lo hacen los bebes, por reflejo. Cierran esos deditos minúsculos en torno a lo único que cabe en esa palma cóncava como jicarita. Reflejo de presión se llama, y se va perdiendo, remplazado por la voluntad de agarrar.

Recuerdo que mi madre era mala para agarrar, no le gustaba tomar la mano con fuerza, entre tímida y reticente. Pero sus manos frías eran consuelo aun cuando me quejé siempre de que me las daba a medias, sin apretar, sin firmeza. Las de Tomás eran cálidas y de “torta” como solía decir, las manos más tiernas que he tomado nunca. Mi pequeño hermano, me daba la mano para cruzar calles en nuestros viajes o me pedía que le diera masajes. Mi gran amigo, mi manito. Igual que mi mamá tenían una necesidad mágica y les gustaba que les leyeran la mano o cualquier artilugio que les adivinara el destino.

Nos dice Bryson que la punta de los dedos contiene algunas de las zonas con más terminaciones nerviosas del cuerpo humano; son la principal fuente de información táctil sobre el entorno, por eso el sentido del tacto se asocia inmediatamente con las manos. Como en los otros órganos pares (ojos, oídos, piernas), cada mano, está controlada por el hemisferio del lado contrario del cuerpo. Siempre hay una dominante sobre la otra. Las manos de mi Mai son grandes y rugosas porque le gusta trabajar con ellas. Desde la primera vez que las tomé las sentí propias y las encuentro siempre atractivas y cuidadoras aunque él siempre sospeche de mis afectos. Las manos de quien amamos tienen la cualidad de sentirse extrañas pero propias; un inquilino aceptado en las comarcas de la piel, anhelado sería el adjetivo más correcto. Los poros memorizan la temperatura, su particular presión, me parece que cada una de mis células se manda tuits para comunicarse donde queda cada una de sus cicatrices, lunares, líneas y surcos de su huella digital. Siempre pendientes de cada cambio que sufran esas manos que las frecuentan.

Alphonse Bertillon, fue el criminalista que inventó un sistema de identificación que llamó antropometría, de él quedó la toma de huellas digitales para identificar criminales. Según Bryson la idea de que todas las huellas dactilares son únicas es en realidad una suposición porque nadie lo ha probado. Las líneas de arado que forman nuestras huellas se llaman crestas papilares. Se supone que ayudan al agarrare, como el dibujo en las llantas de los coches, eso tampoco ha sido probado, como tampoco, el hecho de que sirven para drenar mejor el agua.

MEXICANLI, BAJA CALIFORNIA, 06JUNIO2021.- Una ciudadana muestra su pulgar con tinta indeleble tras emitir su voto.
FOTO: VÍCTOR MEDINA/CUARTOSCURO.COM

Recuerdo la primera vez que me hizo gracia que las manos se hicieran de “viejito” en la tina. Era muy niña y me lo dijo mi papá. –Ya salte del agua ya tienes manos de viejita. Mientras María (la chica que trabajaba con nosotros nos vestía a mis hermanos y a mi, nos bañaban a los tres juntos). Mi papá nos contó uno de sus cuentos favoritos, “La mano” de Guy De Maupassant. Lo resumo con las propias palabras de su autor:

He cazado mucho, al hombre también, afirmó Sir John Rowell. En su sala, “…en el centro del panel más amplio, una cosa extraña atrajo la mirada. Sobre un cuadrado de terciopelo rojo se destacaba un objeto rojo: era una mano, una mano de hombre. No una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra reseca, con uñas amarillas, los músculos al descubierto y rastros de sangre vieja, sangre semejante a roña, sobre los huesos cortados de un golpe, como de un hachazo, hacia la mitad del antebrazo. Alrededor de la muñeca una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a aquel miembro desaseado, la sujetaba a la pared con una argolla bastante fuerte como para llevar atado a un elefante. Era la mano de su peor enemigo, la había cortado con un sable y arrancado la piel con un piedra cortante, y secado al sol durante ocho días. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban atados por enormes tendones que sujetaban tiras de piel a trozos”.

La historia nos aterraba, lo mismo que una cabeza falsa de jibaro que mi papá guardaba en su biblioteca. Creo que su forma de amarnos era asustarnos. A veces era divertido. El cuento concluye con la mano que se escapa de su terciopelo rojo y mata al cazador como venganza. Mis hermanos y yo gritábamos despavoridos cuando ese final se hacía acompañar por la mano aún más torta de mi papá que nos perseguía para hacernos cosquillas. Así mi mente echa mano de miles de recuerdos mientras escribo, añorando todas esas manos; las manos delicadas de Andrea mi hija, manos de pintora o de pianista; las manos grandes y poderosas de Mariana, más grandes que las nuestras que denotan su fuerza y su temperamento.

Siempre que viví en la Ciudad de México lo hice en la delegación Coyoacán o Álvaro Obregón. Uno de los paseos obligados de mi niñez era ir a ver la horrible mano de Obregón que me parecía ser la misma que la del cuento de Maupassant. Cuenta la historia que un médico militar Enrique Osornio la reconoció en la repisa de una cantina en avenida Insurgentes. Como el cazador del cuento, él la había cortado y metido en formol luego de que una granada lanzada por León Toral, lastimara el brazo de don Álvaro, la versión más atractiva cuenta que una prostituta la robó y finalmente apareció. Lázaro Cárdenas le construyó el flamante monumento donde se alojó hasta ponerse amarilla y repulsiva. Salinas de Gortari finalmente decidió terminar la mórbida exhibición e incinerarla en 1989. Ese mismo año nació mi primer hija, Andrea. Con mis hijas en mente empuñé la pluma en mi casilla, convencida de que las líneas de la mano de México, esas en las que se lee el destino, las estamos dibujando paulatinamente, a mano alzada.


1 https://www.infobae.com/america/mexico/2021/06/07/ine-registro-la-cifra-mas-alta-de-participacion-ciudadana-en-intermedias-desde-1997/

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