Cinque Terre

Jesús Ortega Martínez

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Hombre de izquierda, impulsor de un nuevo pensamiento y una nueva acción progresista y democrática. Expresidente del PRD. Nueva Izquierda.

Los mandamientos de López Obrador

En la antigüedad, gobernaban los monarcas, y lo hacían a partir de mandatos que, decían, les habían sido entregados por un dios. Así, los tlatoanis, los caudillos, los reyes, los emperadores, los mesías, los patriarcas se asumían como los únicos representantes de alguna de las tantas divinidades con la expresa misión de conducir a la humanidad.

Un ejemplo de esto es Moisés con sus diez mandamientos, que, afirmaba, le habían sido entregados por dios para que fuesen la guía que rigiera el comportamiento de los hombres. Pero a lo largo de la historia de la humanidad han existido personajes que enarbolan otras guías morales y que son radicalmente diferentes. Mahoma, para poner otro ejemplo, se asumió como el único enviado de dios para, igualmente, trasmitir otras normas de comportamiento. Los nombres de Moisés, Mahoma y Jesucristo simbolizan cultos monoteístas; pero en otras sociedades de otros tiempos surgieron seguidores y representantes de cultos politeístas, en los cuales los dioses enviaban, de manera directa o a través de oráculos, sus mensajes a los mortales.

Sería un error suponer que eso sucedió muchos siglos antes, y que ahora, en la contemporaneidad, eso ya no existe.

Tan es errónea esa idea, que apenas en mediados del siglo pasado, en España, Francisco Franco se hacía llamar “Caudillo de España por la gracia de dios” y, con tal potestad, impuso un régimen de terror que mantuvo a ese país, durante décadas, en la ignorancia, el fanatismo y el atraso. De igual manera y ahora mismo, en otras regiones y continentes hay gobernantes a quienes dios, dicen, les faculta para guiar y someter a sus pueblos.

Esto sucede ahora, aunque hace más de tres siglos surgiera la gran revolución del pensamiento que fue la Ilustración. La modernidad cambió al mundo entero y transformó el desarrollo de la humanidad. Sapere Aude es la expresión que sintetiza ese proceso de cambio en el pensamiento, y significa que los hombres y las mujeres deben atreverse a saber, deben decidir el valerse de la razón para dejar de ser súbditos y transformarse en ciudadanos; es decir, en hombres y mujeres libres. Con la Ilustración, la idea de que gobernar era consecuencia de un designio divino se derrumbó estrepitosamente. No son los monarcas, los reyes, los caudillos, los tlatoanis en quienes recae, por algún mandato divino, la facultad de gobernar; es, en sentido contrario, el pueblo en quien, originariamente, se encuentra la autoridad inalienable de decidir cómo, en qué sentido y en quién debe depositarse el ejercicio del gobierno.

Así se establece en nuestra Constitución, en cuyo artículo 39 se lee que “la soberanía de la nación reside esencial y originalmente en el pueblo y se instituye para su beneficio. El pueblo tiene en todo tiempo el derecho inalienable de cambiar o modificar la forma de su gobierno”.

Para hacer esto una realidad, las y los ciudadanos deben apoyar su desarrollo individual y el del conjunto de la sociedad, desde la razón, el conocimiento, la educación, la libertad, la ciencia, las leyes que son, precisamente, elaboradas mediante procesos libres y democráticos.

Lo que nunca debiera ser admitido es que un gobernante pretenda substituir estos principios por sus particulares convicciones morales.

En lugar de la justicia, el perdón; en lugar de las leyes, el amor o el odio; en lugar de la igualdad social, la caridad; en lugar de la igualdad entre hombres y mujeres, el patriarcado; en lugar de la libertad, la redención; en lugar de la ciencia, las supersticiones, etcétera. Por desgracia, esto es lo que está sucediendo, ahora mismo, en México. Andrés Manuel López Obrador está suplantando a la Constitución y las leyes civiles por una guía ética que es una metáfora de los mandamientos religiosos del presidente de México. López Obrador soslaya que México es una república laica que no puede admitir que las convicciones religiosas del gobernante se conviertan en las normas que deben guiar a la sociedad. Somos un país de leyes civiles, no una teocracia absolutista.

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