Cinque Terre

América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

Mamá, sobreviví a la FIL, Vol. LXIX

Para Magaly, Enrique, Osseily, Umair, Adrián, Feli, Víctor, Antonio Calera, Jis, Fernando Rivera, Lluisa y mi marrana, por la prodigiosa peda y el rockabilly.


Destesto asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a trabajar, la última cobertura que tuve la valentía de realizar tuvo lugar en 2013, y si bien me divertí como niño en confitería, la padecí cada día. Todo enterado del tema sabe que acudir a los óscares de la literatura en México en plan de reportero o cronista es una joda harto dolorosa. Es el equivalente cuántico a pintarse el pelo con pipian y trabajar en una pollería. No hay tenis o zapatos que brinden consuelo al sujeto sin alma que recorra de un lado a otro de los 40 mil metros cuadrados con sus casi dos mil casas editoriales que los habitan, no, no lo hay. Ni siquiera reconforta el mezcal gratis del stand de Almadía o el inapreciable aguardiente colombiano de cierta editorial independiente. No es de pulmones débiles soportar los tres diferentes climas de la Expo (calor, sauna y refrigerador del Sam´s). Atravesarlos una y otra vez veinte veces diarias sin sufrir graves consecuencias por ello. La noble intención de cubrir los eventos marcados en rojo como indispensables en el programa general de actividades lo deja a uno en octavos de finales, igualito que la selección mexicana. Este año prometí a la virgen que visitaría la sala de prensa con el propósito exclusivo de recoger mi kit de prensa, beber café y abrazar al Turco Viejo (La Ciudad y otros relatos), a quién diagnóstiqué pulmonía galopante el día de la clausura, lo que confirma a pies juntillas el discurso anterior).


Gracias a la mala suerte que pisa mi sombra desde el noviembre del 88 y a las deudas que acumulo ante el fisco, disfruté nomás la inauguración y la clausura de la feria. Con todo el dolor del corazón perdí los días más emblemáticos como apertura del Salon Literario a cargo de la joya de la corona Salman Rushdie (Dos años, ocho meses y veintiocho noches), la presentación de Méjico, la reciente novela de Antonio Ortuño (La fila India), el Festival de Letras Europeas, la gestación pública del portal BajaLibros.com (el sitio pionero más importante de eBooks en español e inglés para descargar lectura), la mesa de Kevin Brooks (Kissing the rain) o la charla “Dando el rol con Irvine Welsh” con la presencia del icónico escritor británico, entre tantos notabilísimos eventos. A final de cuentas, la FIL significa más el reencuentro con amigos a quienes abrazo una vez al año. Ya no tengo edad para corretear celebridades.


Fin de semana #1:


A menos de diez minutos de haber pisado la entrada principal supe que el escape de esa barbarie sería inminente. Miguel Ángel Mancera presentaba “Del salario mínimo al salario digno” en compañía gangsteril de Raúl Padilla y del Aristóteles Sandoval, lo que convirtió al coloso de Mariano Otero en la extensión jalicience del Altiplano. “Y al rato llega el Bronco, chavos, muévanse” amenazó uno de los agentes federales que nos corrió vilmente de la entrada del pabellón dedicado a Reino Unido, el país invitado. Mi camarada Juan Pablo Becerra Acosta de Milenio se hizo pendejo y pudo manetenerse en primera fila gracias a su argucia de entrevistar con falso interés a uno de los policías federales atraviados con uniforme militar que nos miraban a todos como a la abuelita piadosa que introduce cocaína en la entrepierna al nieto dealer y pedenciero, pero de buen corazón. Huí de ahí para dirigirme a un mundo peor. Soy una mujer de rituales estúpidos, lo reconozco. Comenzar mis andanzas en al Feria del Libro de Guadalajara de la mano de Carlos Velázquez (El Karma de vivir al norte) es una de ellas. A pesar de que reconozco que mis rituales no son brillantes porque profetizo que arrastrarán mis pasos a un ministerio público cualquier día de guardar, considero que a los amigos se les perdona todo, hasta su incesante obsesión por hacer que todo, absolutamente todo valga verga. Lo encontré tirando rostro, castigando a grupis y con hambre de pelea en el stand de SextoPiso. Nos largamos a comer mariscos en compañía de Gerardo Cárdenas (A veces llovía en Chicago) a la sucursal de vicio #35 mejor conocida como El Carnal. A la primera Michelada Carlos nos dejó sentados con el pretexto idiota que iría por cigarros. Ahí nos mantuvo esperándolo 40 minutos en medio de una orgía de mariscos. Ese guey ni fuma. En realidad se escapó a depositarle la mensualidad de diciembre del fondo del retiro a Doña Ofelia, septuagenaria respetable y dealer de confianza del narrador Coahuilense. La crónica de ese memorable momento la pueden encontrar aquí: http://bit.ly/1Qmc7n3


Contrario a cualquier mala güero, aterricé justo a tiempo a la única presentación agendada del día: BLINDSPOT (obra ganadora del Concurso de Dramaturgia Hispana de Chicago 2014) de Gerardo Cárdenas –bellísima y cruel elegía a los prisioneros de guerra del mundo-, la presentación corrió a cargo de Jorge F. Hernández (Solsticio de un Infarto) y valió cada kilómetro recorrido y angustias pasadas o venideras de aquellos que tuvimos la oportunidad de asistir al salón Alfredo R. Placencia. Compré libros a discreción y evité al máximo la turba youtubera que amenazaba con tumbar el muro de los lamentos del área internacional a causa del furor indignante que provoca un sujeto que guarda la misma elocuencia de mis chanclas de baño: Werevertumorro. Gracias a la amistad inmerecida que prodiga a mi estampa Llu Matarradona pude colarme al festejo de la Editorial Sexto Piso en El Palíndromo, tremendo bacanal que se reserva el derecho de admisión a fauna diversa, pero que aún no ha encontrado un método eficiente para evitar embriagar a sujetos dignos de arresto domiciliario como a un impresentable alemán (al que a efectos literarios llamaremos Holger Ehling) quién goza del privilegio de convertirse en el alimento que nutrirá los chistes xenófobos de Gerardo Cárdenas y de su fiel servidora por el siguiente lustro. La noche fue salvada gracias al abrazo de viejos amigos como Luis Muñoz Oliveira (La fragilidad del campamento) y la grandísima perrita Manuel Dávila Galindo Olivares (Los territorios del libro), flamante luminaria que festejó su cumpleaños entre gente como uno.


 


Fin de semana #2:


El periodo invernal deja bajo el árbol navideño imaginario familiar algunos obsequios inmutables como la influenza estacionaria. Este año no fue la excepción y justo mordió mi yugular tres días antes de la clausura. Viajé de vuelta a Guadalajara el viernes 4 de diciembre con el organismo dopado de la cantidad de antigripales límite que una persona puede comprar en farmacia antes parecer sospechosa de crimen organizado. Hice lo mejor que pude, como por ejemplo permanecer en pie con dignidad durante los tres últimos días de FIL, afortunadamente la gravedad de mi zombificación sólo pudo ser atestiguada por mi marido. Hice la maleta con diligencia intachable, procuré incluir atuendos adecuados para cualquier eventualidad: botas, zapatillas, sandalias, vestido de noche, guayabera hawaiana, pants, jeans vaciladores e incluso chamarra invernal. Fue justo cuando el taxi subía las maletas a la cajuela cuando recordé que no había incluido calzones. Ni uno, ni siquiera el de la suerte, el de los buenos recuerdos. Corrí de vuelta a casa para tomar al azar un puñado de estas indispensables prendas. Los metí en los bolsillos de la chamarra invernal con la nota mental: “en cuanto lleguemos a la estación, los metes con disimulo a la maleta”. Nadie con 37 grados de temperatura recuerda las promesas que se hizo a sí mismo. Eso lo aprendí de un camión Primera Plus Guanajuato-Guadalajara. Dicen que el huevón trabaja doble y el pendejo no alcanza aguinaldo. Todo por no guardar calma, reposo, negarse a pensar en el futuro, como la gente bien nacida, acepté dejar maletas en el hotel de Carlos, total, se hospedaba junto a la Feria, a dos cuadras del que sería mi hotel; ¿Qué podría salir mal? Nada. O todo. Por razones asociadas a una dislexia mal tratada, pero sobre todo a cierta imbecilidad crónica no diagnosticada, no volví a tocar o ver mi chamarra con su precioso cargamento en sus bolsillos hasta que regresé al pueblo. Sé que es fácil pensar que hacerse de un par de calzones nuevos es fácil, cosa de niños, pero pues no. O quizás sí. Más bien no cuando tus últimos dos días los pernoctas entre multitudes, stands y escaleras doce horas consecutivas; peor cuando te topas a un amigo entrañable cada dos pasillos. Time flies, babe, that´s all. Tanto que hacer con tan poquita vida. Llegué una hora tarde a la presentación de “Mongolia” de Feli Dávalos y “Sobras Completas” de Antonio Calera- Grobet, y con dos horas de retraso a la fiesta por la que bien vale perder un cuarto de pulmón y tres partes del hígado: la célebre pachanga del célebre artista tapatío José Ignacio Solórzano Pérez -Jis-. Agradezco al Santo Niño Tarsicio que nadie, ni un alma dentro del Rusty Trombone se pudo percatar que bajo mi sexy vestidito negro, porté con dignidad los calzones de manga larga y bulto enfrente que sustraje de la maleta del mio marito. La enseñanza de este 2015 se resume a que jamás, en todo lo que nos reste de vida juntos, volveré a criticarlo por su manía en empacar obsesivamente 10 calzones extra cada viaje a Zumpango. Prometí llevarlo de compras a Fruit of the loom con mi bono navideño.


La FIL no es lo que era antes, claramente. Como le pasa a todo, hasta ustedes o a mi. Es un negocio, la puta de Babilonia donde vendedores de baratijas, esas luminarias desechables que tanto indignaron a los puristas de la literatura: Yordi Rosado, Gabriel Montiel -aka Werevertumorro-), o Raiza Revelles, la booktuber que paralizó 7 pasillos de la sección internacional con una turba de adolescentes desquiciados tuvieron mayor reflector y discusiones bizantinas en redes sociales que el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural otorgado a Sergio González Rodríguez en el auditorio Juan Rulfo. Si a una persona le interesara saber cuáles fueron mis momentos favoritos, contestaría que tres. El primero: descubrir que la FIL Niños tiene ahora su propio espacio así como programa de actividades independiente. Sus talleres, stands y eventos lograron maravillarme una vez más. Descubrir a cientos de chiquillos correr como si los persiguiera una enfermera con la vacuna contra la risa en los dedos con una bolsa llena de libros, le brinda esperanza hasta a una canalla como yo. El Segundo: la presentación del libro y documental “Música y Coexistencia” del británico Osseily Hanna. Conmovedora recopilación de material musical donde el autor muestra el valiente trabajo de músicos que componen en territorios arrasados por conflictos bélicos, o en situaciones sociales extraordinarias. Gran documento y testigo de las limitaciones políticas y económicas que enfrentan los músicos, ya sea dentro de las barreras limítrofes de un campo de refugiados en Jerusalén, los combativos cantos de un guetto serbio, el conmovedor caso del ex niño soldado Camboyano que intenta revivir la música tradicional de sus ancestros tras el genocidio sufrido por su pueblo en la década de 1970, la valentía sin parangón de los músicos albinos de Tanzania, quienes padecen la atroz persecución de los chamanes locales que buscan sacrificar su sangre por considerarlos “sagrados”, o el dulce canto de los arrabales Turcos donde los marginados luchan contra la discriminación e injusta represión lingüística. Corran por la cinta o el libro, el trabajo de Osseily Hanna es una obra única y notable que toca a cualquiera que reconozca a la música como lenguaje universal y cicatrizante. Tercero: la magnífica ponencia sobre subculturas de los bajos mundos que ofrecieron el inglés Phillip Hoare (Leviatán o la ballena), la escocesa Val McDermid (Wire in the blood) y el mexicano Mauricio Montiel Figueiras (Ciudad Tomada). Toda una delicia al paladar de cualquier ser humano que se precie de amar el punk inglés de los setentas tanto como su revolución ideológica y literaria. El escritor y periodista Phillip Hoare atacó con lucidez entrañable a un salón a reventar con dos balazos: ¿Cómo puedes hablar de subversión en un tiempo donde tus padres oyen la misma música que tú y sobre todo: ¡se visten cómo tú!” ¿Cómo encontrar un subversivo contemporáneo? ¡La subversión de este tiempo somos nosotros, es la FIL donde aún se reúnen seres humanos a comprar libros, objetos tangibles, poderosos. Eso es subversión. Nosotros ahora, la estamos ejerciendo”. Pum. Eso es la FIL, camaradas…a eso acudimos un puñado de románticos perversos. A comprar libros 20% más caros que al Sótano, a soplarnos la baratija inmamable de temporada, pero también a extender las manos a tomar puñados de epifanía líquida, de la pura, indolora e incolora. Y gratis.


Termino estas líneas con un apunte de Benito Taibo: “El libro es capote de torero, paraguas para el sol y la lluvia, escudo contra las flechas de la estulticia, de la imbecilidad que inundan el cielo. El libro es la almohada para tener los mejores sueños, cama de clavos para tener las más chidas pesadillas, el libro es pañuelo para las lágrimas, bálsamo para las heridas, el libro es este ladrillo que construye ciudadanía, casas, muros, universos. Somos lo que hemos leído; por el contrario seremos al ausencia que los libros dejaron en nuestra vidas”.


Y nosotros, tan entusiastas, los que aún no bajamos la guardia seguimos acudiendo a encontrar uno nuevo hasta tierras jaliciences porque somos necios: somos lectores.

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